AQUEL PRIMER VERANO

 

 

El tráfico empezaba a ser denso a aquella hora de la tarde. Salió del Anatómico más tarde de lo normal porque tuvo un día de los que ellos califican “mortal de necesidad”, y para colmo ahora tendría que aguantar los atascos de las autovías y circunvalaciones antes de llegar por fin a su casa en Tres Cantos. A su cansancio se le empezaba a sumar el mal humor de tener que soportar seguramente casi una hora de coche. Lo que más deseaba era llegar, darse una ducha y prepararse una buena cena antes de ver una película antigua, de esas en blanco y negro que tanto le gustaban. Encima empezó a caer una ligera lluvia, lo cual empeoraría aún más el tráfico. Terminaba el mes de octubre y esa lluvia anunciaba la llegada irremediable del otoño. Pensaba, entre continuos cambios de marcha de velocidad y de carril, que siempre por el día de su Santo el verano dejaba definitivamente paso a la nueva estación.

 

Su mente empezó a vagar y se dio cuenta de que lo que deseaba era que por fin le concedieran el traslado a una de las pequeñas capitales de provincias que había solicitado. El traslado a Madrid, que tanta ilusión le hizo al principio, ahora empezaba a pensar que fue un tremendo error. El ritmo de vida que le imponía la gran capital no era lo más adecuado para su idea de lo que es una buena calidad de vida, y pese a que también se encontraría con asuntos desagradables, era lo que menos le importaba. Sabía que esos asuntos eran parte de su trabajo de forense, gajes del oficio, y que en todos lados se toparía con gente desalmada, o que no encuentran ningún sentido a su vida. Pero al menos la ciudad a la que fuera no sería tan destructiva como Madrid.

 

Entre esos pensamientos no se dio cuenta de que se había pasado el desvío de la Autovía de Colmenar Viejo hacia su barrio de Tres Cantos. Esto ya si que terminó de ponerla de un humor de perros. Tuvo que coger la siguiente rotonda y dar la vuelta. Ya estuvo concentrada totalmente en la conducción y en coger el desvío hacia la zona residencial en la que vivía. Como siempre fue por la Avenida de Mariano Aragón García, y en la Glorieta de Ventamoros giró hacia la Ronda del Águila. Allí tomó por fin el desvío a su calle, la Calle del Cuco. Siempre se acordaba que en su pueblo había también una calle con el mismo nombre, aunque no tuviese la categoría propia de calle y le pusieran el humilde título de Callejón. Siempre eso le hacía sonreír algo. Ya faltaba poco para poder imbuirse por completo en lo que había planeado durante el viaje de regreso, lo único que no había decidido todavía era cual sería la película, dudaba entre “Historias de Filadelfia” o “Con faldas y a lo loco”. Ya lo decidiría cuando se hubiera quitado el olor al desinfectante industrial y formol y tuviera el estómago de nuevo en funcionamiento.

 

Cuando se disponía a entrar en su casa, la voz aguda y penetrante de su vecina le hizo presagiar que nuevos contratiempos le esperaban. Todo se volvería a retrasar. Se rindió por completo a lo que le deparase la conversación que le diera su vecina, la viuda Doña Paca. Se prometió, como siempre, no volver nunca a hacer planes ni futuros ni inmediatos, sabía que todo saldría al revés, como pasaba en la mayoría de los casos.

 

-Hola, Alodía, ¿qué tal ha ido el día?- saludó su vecina con gran énfasis.

 

Aquella tonadilla, con la rima fácil, la ponía antes totalmente descompuesta, pero había terminado por acostumbrarse a ella. Aunque eso no era lo peor. Lo peor era que ahora tendría que darle algunos minutos de conversación a su vecina, eso, si no la invitaba a entrar para que comprobase cómo iba evolucionando su último puzzle de cinco mil piezas y que le ocupaba toda una habitación. No recordaba cuál era el tema elegido por Doña Paca, que de esa manera se presentó la primera vez que fue a vivir en su casa. El caso es que nunca había visto ningún puzzle terminado en la casa, con su marco, colgado y expuesto en algún sitio privilegiado. Siempre se le olvidaba preguntarle qué hacía con ellos una vez terminados. Desde luego hoy no sería tampoco el día en el que le preguntara tal cosa.

 

-Los ha habido mejores, Doña Paca- fue la respuesta lacónica de Alodía. Ya que no se atrevía a preguntarle nada más para que la conversación no se alargase y terminaran hablando de trivialidades, o que tuviese que contarle algún aspecto escabroso de su trabajo.

 

-Hoy me he acordado todo el día de ti...- dejó la frase en suspenso para que Alodía siguiera la conversación preguntando por qué. Estaba claro que Doña Paca no quería terminar en ese saludo la conversación.

 

-Y eso, ¿qué me he dejado puesto hoy, Doña Paca?- siempre había alguna cosa que Alodía se dejaba encendida, abierta, o enchufada, y no sería la primera vez que hasta las llaves las dejaba puestas en la cerradura, puesto que con las prisas de última hora se ponía a revisar si llevaba todo y se le olvidaba incluso cerrar la casa.

 

-Hoy nada, mujer. Pero, ¿es que no sabes en qué día vives, zagala?-

 

Claro que lo sabía, era lunes, el peor de los días de la semana de trabajo, siempre y cuando no le tocase la guardia del fin de semana, entonces hasta recordaba con nostalgia la tranquilidad de los lunes. ¿Y llamarla con ese calificativo hoy, precisamente hoy? “Zagala” lo utilizaba Doña Paca para iniciar algún debate o una historia sobre el pueblo de Alodía. ¿La estaba invitando a que le contase algo sobre el origen de su nombre? ¿O de su pueblo? Era bastante raro, ya que había tenido muchas oportunidades para contarle una y otra vez las mismas historias. ¿Qué tramaba Doña Paca para impedir que Alodía entrase a su casa?

 

-Hoy es 22 de octubre. El día de tu Santo, zagala- terminó de añadir triunfante Doña Paca.

 

“Acabáramos”, se dijo para sí Alodía.. Hoy es lunes, llegaba tarde a casa después de un día infernal, para colmo era su Santo y encima ¡no se había acordado de él! Ni ella, y lógicamente ninguno de sus colegas en el Anatómico. Esto último no le ocasionaba ningún trauma o tristeza, ya que todavía a algunos de los nuevos hasta les costaba trabajo pronunciarlo bien, por lo tanto, aún menos se iban a acordar de cuándo era su Santo.

 

-¡Vaya! Pues sí que es verdad. Hoy es el día de mi Santo, pero sinceramente no he tenido tiempo de pensar en ello. ¡Ya sabe la cabecica que tengo!

 

- Es que estás siempre tan ocupada en los asuntos del trabajo que no sabes ni en el día en que vives. Pero no te preocupes, ya nos tomaremos algo a tu salud otro día, y con más calma.

 

¿Esa frase significaba que ya le había contado todo? ¿Que tal vez pudiese dar por concluida la conversación? No creía que pudiese ser tan fácil poder entrar por fin a su casa y acabar el día con los planes que había estado pensando hacer mientras regresaba del trabajo.

 

-Hoy es muy tarde y lo único que quería, aparte de felicitarte, era darte este paquete que te han traído esta mañana, puede que sea importante- continuó Doña Paca.

 

Efectivamente, la conversación no había acabado aún, y lo más probable es que ahora lo más importante a discutir fuera lo que le reservaba Doña Paca.

 

-¿Un paquete para mí?- preguntó Alodía.

 

-Pues sí. Lo que pasa es que el muchacho de la paquetería, al ver que no estabas, llamó a mi casa para preguntar si sabía quién era la destinataria, o dónde la podía localizar, ya que era muy urgente la entrega. Y al final yo lo acepté, con la promesa de entregártelo en persona, lógicamente. ¡Hasta tuve que firmar el resguardo de entrega!

 

Seguro que no fue así, dedujo Alodía. Seguro que ella estaría pendiente de lo que ocurría y se asomó para indagar y “golismear” que pasaba. Sonrió al pensar en el vocablo que se le acababa de ocurrir, siempre se le colaba alguno, y lo peor era que no solamente se colaban en sus pensamientos, sino que a veces incluso los pronunciaba en voz alta.

 

-Tómalo, es de tu pueblo. Mira, compruébalo.

 

-Efectivamente, es de mi pueblo-. No quiso entrar en discutir que pocas veces había estado allí, y que era más bien el pueblo de sus antepasados, de sus bisabuelos maternos sobre todo, y por último de su abuela que había decidido pasar su jubilación allí hasta que falleció en el pasado mes de abril.

 

-Bueno, mañana lo abriré con calma, hoy estoy demasiado cansada para tener que enfrentarme a más problemas-. Quería dejar zanjada la conversación lo más rápidamente posible, porque de lo contrario sus planes para terminar el día... Bueno, con esos ya no contaba. Esto había dado al traste definitivamente con ellos.

 

-En fin, ya me contarás mañana qué noticias te trae de nuevo el pueblo. Espero, eso sí, que sean esta vez agradables- sentenció Doña Paca.

 

-Eso espero, pero cualquiera sabe...- respondió Alodía.

 

-Pues que pases un feliz día, o lo que queda de él.

 

-Gracias, Doña Paca. Hasta lueguiño- Así le gustaba a Doña Paca que terminasen las despedidas, y Alodía lo utilizó adrede. Sabía que esta viuda, gallega de nacimiento, añoraba una tierra en la que casi nunca había estado desde que su padres emigraron a la capital. En eso se parecían las dos. Al menos tenían algo en común.

 

-Hasta mañana, zagala-. Ella también le devolvía la despedida con una palabra que le agradaba a Alodía y que imaginaba le hacía ilusión.

 

Abrió la puerta y por fin se introdujo en su hogar. Lo primero que sintió fue un escalofrío al ver quién le mandaba el paquete. Aunque pasados unos segundos, su mente funcionó con la lógica a la que estaba acostumbrada y se dio cuenta de que ese frío era fruto de que se le había olvidado otra vez cerrar el ventanal del salón.

 

En grandes caracteres y con el logotipo dominando todo el paquete aparecía el remitente, Banca Granadina. ¿Por qué le mandarían ese paquete? Pensaba que todo el tema de la herencia había terminado y que no había ningún asunto legal más que aclarar. ¿Puede que fueran más problemas los que se escondían en ese paquete?, o tal vez ... Lo mejor, pensó, sería abrirlo de una vez por todas y salir de dudas.

 

Se dirigió a la cocina, el lugar más agradable de una casa, según opinaba su abuela, y que ella compartía totalmente. Allí era donde estaba el motor de la vida de una familia, de una casa, el sitio donde uno reponía sus fuerzas después de un día agotador, y casi siempre, el lugar más calentito. Pero todo eso hoy no era así de perfecto. Estaba claro que cualquier idea mínimamente agradable acababa convirtiéndose en todo lo contrario. El aspecto de la cocina no podía ser más deprimente. Multitud de cacharros por todos lados sin orden ni concierto. El fregadero hasta arriba de platos y vasos sin lavar. Esto le ocurría cuando las prisas dejaban a un lado el orden y la calma para hacer bien las cosas.

 

Abandonó esos pensamientos y volvió a dirigirlos hacia el paquete que le había entregado Doña Paca. ¿Qué traerá? El peso del mismo le indicaba que tendrían que ser más documentos que aclarar. Rápidamente despejó la mesa y depositó el paquete. El arreglo de la cocina podía esperar un día más, pero lo que contenía el paquete era lo que en esos momentos la tenía más intrigada. Ya hasta sus ideas de una ducha y una buena cena las tenía aparcadas en un rincón de su mente.

 

Se sentó y empezó a abrirlo con mucha calma. Tal vez fuera con respeto, incluso reverencialmente, porque se imaginaba que tendría que ser algo relacionado con su abuela y para ella eso era casi sagrado. Al fin y al cabo era la que la había cuidado casi toda la vida, desde aquel desafortunado día en el que sus padres murieron en un accidente de tráfico cuando ella tan solo contaba con seis años. ¿Cómo podía cambiar la vida de una persona porque alguien no había respetado una señal de tráfico? ¿Cómo hubiera sido su vida si esa persona, tal vez por las malditas prisas, hubiese esperado un minuto? Tal vez menos. Podía haber realizado ese adelantamiento en discontinua y no justo en la salida de la curva cuando todavía marcaba la línea continua. Todo eso se le agolpó en su mente mientras lo abría.

 

El contenido no podía ser más misterioso. Una hoja oficial firmada por el Director del Banco, un sobre color verde pálido y otro paquete envuelto en terciopelo con un lazo que lo sujetaba.

 

Se dispuso a leer la carta firmada por el Director. Al fin y al cabo era la primera pista del misterio y la que seguramente le desvelaría todo lo demás. Con el típico preámbulo, el Director le volvía a dar las condolencias por la pérdida de su abuela y su disposición a solventar cualquier problema que tuviese. Luego le informaba de que por expreso deseo de su abuela, tenía en su poder un sobre y un paquete, que le debería entregar a su nieta Alodía, y todo ello cuando se hubiese producido su fallecimiento. Le pedía disculpas por el retraso, debido a las típicas legalidades que tenía que haber ido sorteando para mandarlo y deseaba que esto no hubiese ocasionado ningún problema. Sin nada más, se despedía con las formalidades de rigor.

 

Tenía ante ella una carta de su abuela y un paquete envuelto como si fuese un regalo. Un regalo póstumo para su nieta. Aunque no era la única nieta que tenía su abuela, siempre la nombraba así, mi nieta. En cambio a sus primos, o a sus primas, los nombraba con mi nieto Luis, o mi nieta Antonia. Nunca lo hizo así con Alodía, esta era “su nieta”, a secas. Cogió un cuchillo del cajón. Se dio cuenta de que ya solo quedaba uno limpio y eso le hizo recordar lo urgente que era que se dedicara algo más a los menesteres de la limpieza. Rasgó el sobre por el lado, como era su costumbre, y saco dos folios del mismo color que el sobre. En ellos vio la escritura típica de su abuela. Esa caligrafía, que tenía y, que siempre quiso imitar, pero que nunca pudo conseguir. Solo las personas mayores tenían esa caligrafía tan perfecta, fruto de las innumerables planas, como decía su abuela, que habían tenido que hacer de niños siguiendo el modelo de los cuadernos Rubio. Vio en esas letras a su abuela y los ojos se le empañaron. Ella, que había visto tantas cosas para llorar por la maldad inconcebible que puede alcanzar a veces el ser humano, y que en ninguna había sido capaz de derramar una lágrima, ante estas letras no podía contener sus sentimientos y después de aguantar un nudo en la garganta, no pudo evitar que se le saltase alguna lágrima.

 

Empezó a leer lo que tal vez fuera la última conversación que tuviese con su abuela, aunque ella no pudiera interrumpirla como siempre hacía, y, por primera y última vez, sería su abuela la que tendría las últimas palabras:

 

Querida nieta.

 

Imagino que cuando leas esta carta yo ya no estaré. Habré abandonado este mundo y me encontraré con los nuestros de nuevo, reunidos en torno a una higuera frondosa y de tamaño celestial. Disculpa que empiece así, pero sabes lo melodramática que soy, o era... no sé cómo utilizar los tiempos verbales en esta situación. Puede que sea por haber leído tantas novelas como sabes que hacía. En fin, esto es lo de menos. Lo más importante es que es a ti a la que dejo este legado. Su valor no es cuantificable económicamente. Es más, tal vez no tenga ningún valor. Pero para mí es uno de mis tesoros más preciados y, por lo tanto, quiero que lo disfrute la persona que más apoyo me brindó para hacerlo. Esa persona eres tú, aunque seguramente ahora no caigas en qué medida me ayudaste a realizarlo. Pero cuando lo veas estoy segura que sabrás a lo que me refiero. Paciencia, zagala.

 

Cuando a los diez años llegué por primera vez a Huéscar, como se suele decir, mi vida cambió. Tal vez es que también el mundo empezaba a asomarse a mi vida con toda su intensidad, y lo de menos es el sitio en el que me encontrara. Si hubiera sido en otro lugar estaría hablando de lo que me cambio ese sitio y no de Huéscar. Pero así fue. Fue en aquel primer verano que pasaba en Huéscar cuando me di cuenta de lo aburrida que había sido hasta entonces mi vida. Aburrida puede que no sea la palabra correcta, lo que si viví en aquella época de mi vida fueron las experiencias más apasionantes que una niña podría nunca imaginar.

 

Después de varios traslados de mi padre por diferentes Comandancias, ese año decidieron que me vendría bien pasar una temporada con mis abuelos del pueblo. Ya sabes que mi madre, uú bisabuela, era de Huéscar, y de una familia podríamos decir que bien acomodada para lo que en aquellos tiempos había. Agricultores todos, pero con unos buenos ingresos y en una casa en donde lo más necesario nunca faltaba. Pero la ruleta de la fortuna en el amor hizo que a mi madre no le gustase ningún mozo de los que la pretendían y en cambio se fijase en un muchacho recién llegado, casi un crío, pero destinado como Guardia Civil en el pueblo. Y a él fue al que le entregó su amor. Todo ello como podrás imaginar en contra de los deseos de sus padres, que no vieron con buenos ojos esa relación. Ellos pensaban en algo más sólido y menos arriesgado para su hija, y no en un Guardia con un sueldo más que justo y con un trabajo poco reconocido y todavía peligroso. Pero para testaruda no había quien ganara a tu bisabuela. Así que se casó con él, y lógicamente le siguió por los destinos que su profesión le deparaba. Y algo más tarde, yo con ellos. Por eso, en ese verano pensaron mis padres que bien podría pasar unos días con mis abuelos, y así de paso me conocerían, pues desde que nací no me habían podido ver, ya que los destinos de mis padres habían sido muy lejos de Huéscar.

 

El día que llegué tenía delante a toda la familia materna, casi como si se tratara de una atracción extraordinaria que no podían dejar de perderse. ¡Viene la zagala pequeña de Alodía! Si, ¡la de Alodía y el Guardia! Todos vinieron a recibirme al Correo y allí se encontraron con una niña que no conocía a nadie de su familia.

 

A partir de ese momento, todos me estudiaron y me examinaron como si de un bicho raro se tratara. Y la cosa empezó a ponerse mal cuando les hablé y les saludé. Todos se quedaron atónitos antes de pasar a una risa contenida. Yo pensé en esos momentos cuánto odiaba a mis padres por haberme enviado allí. Pero luego, más tarde, mi abuela me lo explicó. Hasta ese día nadie había escuchado hablar tan fino y con tantas eses a una persona, y mucho menos a una criatura tan pequeña, lo cual los dejó al principio estupefactos.

 

A partir de ese día, y de los siguientes que transcurrieron, me fui acostumbrando a ellos, y supongo que ellos a mí. No fue fácil, he de admitirlo, adaptarme a las costumbres, las comidas, las calles, los animales que aparecían hasta por medio de las calles como si tal cosa. Todo me sorprendía. Hasta la casa de mis abuelos, un verdadero palacio para aquellos ojos que estaban acostumbrados a miserables pabellones en cuarteles decrépitos. Aunque lo que más me sorprendió de todo fue el habla y las palabras que solían utilizar. Prácticamente de cada dos palabras solo entendía una, incluso ni una si hablaban deprisa. Y es que, como tú muy bien sabes, en Huéscar han tenido una manera muy peculiar de hablar. Lástima que ya eso se esté perdiendo. Bueno, se están perdiendo tantas cosas...

 

Ese verano pasó, y al principio he de reconocer que bastante despacio. Yo deseaba abandonar aquel lugar y todo lo que le rodeaba y regresar con mis padres. Pero ahora, lo vuelvo a repasar una y otra vez y, me doy cuenta lo rápido que se fue. Al final, las lágrimas en la despedida hicieron su aparición en todos y cada uno de los miembros de la familia. Me quedó el consuelo de la invitación que tan formalmente me hizo mi abuelo: “El próximo verano yo me encargaré en persona de que vuelvas a estar con nosotros, con tus padres o sin tus padres”. La verdad es que hablaba poco, pero, cuando lo hacía, sentenciaba. Esa promesa se cumplió, y seguí volviendo al pueblo más veranos. Incluso en otras épocas del año. A veces con mis padres, a veces sola. Y en cada una de ellas siempre descubrí algo nuevo. Un color, un olor, una palabra que añadir a mi vocabulario. Y en esto es donde tú entras en juego. En el vocabulario.

 

Desde que tus padres tuvieron ese desgraciado accidente tú has estado a mi cargo. Te he cuidado, educado, consolado. He intentado ser la madre que perdiste, a pesar del dolor que me producía el que no fuese mi propia hija la que hiciera lo que de forma natural la vida le dio, una hija a la que criar. Así que desde pequeña te inculqué los valores y los principios que a mi hija les di. Y todo ello aderezado con ese vocabulario tan rico que aprendí en aquellas épocas de estancia en Huéscar. Al principio fue como un juego, pero más tarde me di cuenta de que tú estabas deseando que siempre te hablase y contase cosas de Huéscar. No has ido allí tanto como yo hubiese deseado, sobre todo desde que empezaste a trabajar. En fin, a pesar de eso, creo que tú, de mis nietos, eres la única que ha tenido mucho, verdaderamente mucho, interés por las cosas que contaba tu abuela de su pueblo. Por eso al final de mis días, cuando la jubilación me apartó del mundo activo, pensé que no me quedaba ya prácticamente nada por hacer. Pero la que me animó a emprender un nuevo reto fuiste tú. Y gracias a eso ha tenido sentido cada día que Dios me daba.

 

Por lo tanto, a nadie más que a ti es a la que le corresponde tener ese legado que dejo tras de mí. Espero que, cuando lo abras, veas en él a tu abuela. A tu gente. A tu pueblo. Eso espero, porque parece que has salido a mi padre, siempre con un destino nuevo, de acá para allá. Sin un sitio de referencia para responder si te preguntan de dónde eres: ¡soy de Huéscar! Es mi último deseo, que te sientas de un sitio, que tengas un lugar donde buscar y ver tus raíces. Espero que con lo que tienes al lado lo consigas, y que te sientas con él como en tu pueblo.

 

Besos para mi nieta. Para mi Alodía.

 

Al terminar de leer aquella carta las lágrimas arrasaron por completo los ojos de Alodía. No las pudo contener por más tiempo. Volvió a recordar todos los momentos que pasó con su abuela. Los buenos y los malos. Los tristes y los alegres. Los divertidos y los aburridos.

 

Después de serenarse volvió la mirada hacia aquel legado que, de forma tan rocambolesca, había llegado a sus manos y que le enviaba su abuela.

 

 Lo abrió con calma.

 

Ante ella apareció un libro encuadernado de forma primorosa. Cubiertas de cuero y letras en oro. El título aparecía en el lomo, y aquellas tres palabras, junto a lo último que le había contado su abuela, no dejaban ya dudas de lo que se trataba. Era un libro. Su título era: “Aquel primer verano”.

 

La primera página era de nuevo una manifestación clara de los sentimientos que profesaba su abuela hacia ella. La dedicatoria era corta, pero emocionante: “A mi nieta”.

 

Empezó a leer el relato, y vio cómo se plasmaba en él la vida de sus parientes, de sus bisabuelos, de su abuela. Contaba lo que ya, de una forma resumida, había leído en la carta de su abuela. Pero todo con más detalles, todo de una forma más emotiva. Leyó las peripecias de una niña que llega a un pueblo y conoce nuevas personas, nuevas cosas, nuevas formas de relacionarse. Le contaba las sorpresas que se llevaba cuando sus familiares le mandaban alguna cosa para hacer. Cómo, aquella vez que le dijeron que fuera a la solana y trajera el cedazo y un cuartillo de caricas. Lo cual, evidentemente, no supo hacer. Le relataba cómo pasaban las tardes recogiendo el panizo y echándolo en espuertas de pleita. Las explicaciones que le daban de diversas prendas de los primos pequeños como el meteor, o los zaragüelles.

 

Vio desfilar ante sus ojos las costumbres pasadas de antaño, y otras que aún se conservaban. Recordó nombres de calles y de gentes. Se le agolparon de nuevo palabras de las que utilizaba ella, como “entelerido” para expresar el frío que se tenía, o el “anafre” para calentar las comidas que se avivaba con el valeo. El cocio para lavar la armilla o las tocas. El roete y las trébedes. La rescordina. El celemín. Y así, una y otra. Una peripecia nueva y un descubrimiento por hacer.

 

Su abuela había dedicado los últimos años de su vida a escribir sus anécdotas y experiencias en el pueblo. Relataba con profusión de detalles todo lo que de bueno le proporcionó su vida en Huéscar. Sus primeros amores, sus primeros desengaños. Las procesiones, los rincones frescos y tranquilos. Las excursiones de verano para bañarse en alguna de la balsas. Todo iba desfilando, poco a poco, como debe ser. Con el ritmo vital que tienen los pueblos, marcado por el sonido de las campanas de la iglesia, del paso de los rebaños, del habla de la gente. Hasta que un sonido persistente la sobresaltó.

 

¿Qué podía ser aquello que la sacaba de su ensimismamiento? Comprendió que era el ruido insistente y pertinaz del despertador. Era imposible. No podían ser las seis y media. Era increíble que hubiese pasado toda la noche en vela, que no se hubiese canteado de la cocina ni para ir al baño. Había estado viajando por un mundo de recuerdos. Por unos lugares que añoraba. Había escuchado de nuevo el deje y la forma de hablar de Huéscar. Aquel maldito despertador la había traído de nuevo a la realidad.

 

Cuando se levantó se dio cuenta del dolor de espaldas que tenía y rápidamente empezó con los preparativos para iniciar un nuevo día. De nuevo la rutina, la cotidianeidad, se apoderaron de ella. Otra vez se encontraba en su coche de camino al trabajo. Otra vez los mismos paisajes de hormigón, acero y cristal. Otra vez los atascos y los nervios en los rostros de los ocupantes de los demás coches. Entonces se dio cuenta de que la vida no podía ser eso. Que la vida debería de ser como la que se tiene en un pueblo. Empezó su mente a hacer planes. Esta vez los planes que estaba ideando no podían quedarse trasconejados por el torbellino de la ciudad y del trabajo. Esta vez nada ni nadie se los arrebataría. Esta vez conseguiría el último deseo de su abuela, volver a las raíces

 

Para ella el próximo verano sería como para su abuela: aquel primer verano.

 

 

[Esta pequeña historia la presenté al Concurso de Relato Breve en el verano de 2005. Se decía -yo desde luego no lo creo y por eso no sé en qué orden van- que un hombre en la vida ha de hacer al menos tres cosas: plantar un árbol, ser padre y escribir un libro. Lo primero lo he hecho en muchas ocasiones. Lo segundo me va a ocurrir dentro de poco. Espero que lo tercero no esté muy lejano y escriba ese libro del que habla la abuela de Alodía. Por ello, con la ilusión del que espera el nacimiento de sus hijas, y con la misma ilusión de que en un futuro ellas no olviden las pequeñas cosas que dan sentido a la vida de nuestro pasado, presente y futuro, si a alguien he de dedicar esta narración es a Inés y África, mis hijas, que muy pronto verán la luz.]

 

Carlos Fernández Olivares

 


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