A LA MEMORIA DE CIPRIANO


Gonzalo Pulido Castillo

 

Su voz era rotunda y poderosa, privilegiada e inolvidable. Tenía una sonoridad brillante y, al mismo tiempo, aterciopelada que sabía modular con una maestría que nadie le había enseñado, que había aprendido él solo oyendo a su padre y, sobre todo, dejándose llevar por su instinto y por su corazón. Porque además de una extraordinaria voz, Cipriano poseía un corazón como pocos. Era amable, comprensivo y bonachón. Nadie lo vio nunca de mal humor. Tenía facilidad para alegrar los malos momentos con su sonrisa y su serena simpatía.

Para los que lo hemos conocido y apreciado, Cipriano era uno de los puntos cardinales de Huéscar. Era la voz de la tradición oscense. Y su recuerdo brotará en nosotros cada vez que evoquemos las plegarias y las novenas en la iglesia de Santa María, las noches de zarzuela en la Plaza o la procesión del Corpus por las calles vestidas de primavera.

A lo largo de muchos años, a lo largo de toda una vida, Cipriano y su voz acompañaron los acontecimientos religiosos y musicales de Huéscar. En 1954 cantó en el Teatro Oscense el papel protagonista de dos zarzuelas que no han olvidado quienes tuvieron la suerte de presenciarlas: "¡Al agua, Santas benditas!", de D. Vicente García Lacal, y "En la tierra del Quijote", de D. Enrique Pareja Bosch. Siempre nos pareció que Juan María Guerrero había escrito sus sentimentales melodías para que Cipriano las cantase: el Stabat Mater de la novena a la Virgen de los Dolores; "Allá en la Tebaida", de la de San Antón; "La noche triste", villancico del Corpus; y tantas otras.

Cuando cantaba al Cristo de la Expiración, o al del Consuelo, o a la Virgen de la Soledad, se notaba en su voz un temblor conmovido que nos hacía sentir escalofríos de emoción. Era como sentir el aleteo de la belleza intemporal rozándonos el alma. Una sensación inolvidable.

Entre mis recuerdos personales guardo el de la primera vez que contemplé la procesión del Corpus en 1981. Los sonidos del armonio, tocado diestramente por Samuel, y de la garganta de Cipriano se fundían admirablemente en una nube sonora que, de forma milagrosa, nos transportaba a otras épocas. Desde entonces, cada vez que escucho alguno de aquellos villancicos viene a mi memoria inevitablemente el aroma del pasado, el incienso por las calles, la primavera recién nacida, la claridad de este cielo limpio. Y me digo: "Esto es Huéscar. El de ayer, el de hoy, el de siempre".

Ya no está Cipriano. Ya nunca más podremos oír su voz luminosa. Afortunadamente deja un heredero de sus cualidades y de sus afanes. Que Dios bendiga al padre en el hijo.

Hoy está Huéscar de luto

porque ha muerto un hombre bueno.

En su voz privilegiada

Dios puso sones de cielo.

 

Cuando cantaba, era como

si se detuviera el tiempo

y los ángeles leyeran

dulces romances de ensueño.

 

Ya está la noche en sus ojos,

ya está su voz en silencio,

pero las Santas benditas

seguro que están oyendo

su plegaria, hecha con notas

de pentagramas eternos.


Nosotros, aquí en la tierra,

lloramos con su recuerdo.

 

(publicado como editorial, sin firma, en el programa de la Federación de Cofradías de Huéscar, en marzo de 2003).


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