II EXALTACIÓN MARIANA EN HONOR

DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LOS DOLORES (1-ABRIL-2006)

a cargo del Rvdo. D. ÁNGEL CAMUÑAS SÁNCHEZ,

ex-consiliario de la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores de Huéscar, Subdirector Titular del Colegio Diocesano "Santísimo Cristo de la Sangre", Vicario de la parroquia del "Santísimo Sacramento" y Capellán del convento de las Madres Concepcionistas de Torrijos (Toledo). Juez Diocesano en el Tribunal Eclesiástico de Toledo.

 

Rdvo. Sr. Cura Párroco

Rvdo. Sr. Vicario parroquial

Sr. Alcalde de Huéscar

Sra. Presidenta y Hermanas de la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores

Hermanas y hermanos en Cristo: Paz y Bien


            Quiero comenzar agradeciendo esta posibilidad que la Hermandad de la Virgen de los Dolores me da para poder dirigir mi palabra en este tiempo santo de la Cuaresma, un tiempo de preparación y de encuentro especial con el Señor Crucificado, muerto y sepultado que nos conduce a la pascua, al paso definitivo de la muerte a la Vida. Un tiempo en el que está presente especialmente la Virgen María. Con diversas advocaciones nosotros veneramos el dolor, la angustia, la soledad y la esperanza de María Virgen. Gracias, aunque estoy seguro de que mi palabra no podrá ensalzar a la Señora, Reina de los Dolores y de nuestros corazones, como Ella se merece; y no lo podré hacer porque en mis venas no corre sangre de poeta; pero de lo que sí estoy seguro es de que intentaré llevar a mis palabras los sentimientos que Ella, la Virgen María, produce en mi corazón de hijo, es verdad que muchas veces pródigo y mal hijo de tan grande Madre, pero realmente sé que soy hijo de la Santísima Virgen por el amor que un día Cristo me tuvo en la cruz y por la espada que mis pecados clavaron en el corazón de tan buena Madre.

            Un lejano 17 de septiembre de 1997, cuando mi madre estaba acabando sus días en esta tierra, vine muy de mañana a esta diócesis accitana; tenía la intención de conocer el lugar al que el Obispo me había destinado en el nombramiento que firmó un 16 de julio de 1997 (fiesta de la Virgen María del Carmen). Llegué a esta ciudad acompañado por un sacerdote oscense, aquí conocí a D. Francisco, a D. Juan Bautista, a D. Jaime, a D. Horacio, a D. Antonio Triguero y a D. Rafael Carayol (q.e.p.d.). Aquel día visité de manera fugaz los lugares donde poco después empezaría a trabajar como sacerdote. Conocí el Puente de Duda, el Pantano, los Morales, San Clemente, las Cuevas, y, después de comer, vine a visitar este templo de Santa María la Mayor. Recuerdo que le comenté a D. Jaime: “esta Iglesia necesita una buena restauración”. Y recé ante el Santísimo Sacramento, y visité admirado la Iglesia. D. Jaime me presentó a las Santas. Confieso que en aquel momento no me aprendí sus benditos nombres, pero ahora, nueve años después, ellas forman parte de mi vida y cada día me encomiendo y os encomiendo a las Santas Alodía y Nunilón. Seguimos visitando la Iglesia y…, admirado, me paré frente al altar de la Virgen de los Dolores; me sorprendió aquella bendita talla de la Virgen María, su rostro, su expresión, no parecía una imagen, parecía una mujer dolorida, sufriente, esperanzada, serena, confiada. Aquella tarde, seguramente a la hora de nona, cuando el Señor expiró en cruz, yo rezaba un Ave María ante aquella, esta maravillosa Señora de los Dolores. Y cuando volvía camino de mi casa, para acompañar a mi madre en su agonía, en el coche iba pensado en la Virgen de los Dolores, vuestra Virgen de los Dolores, y le decía: “Virgen Santísima, cuando vuelva a esta tierra ya volveré huérfano de madre, espero y confío que tú me guíes y protejas”. Todo esto sucedió un 17 de septiembre de 1997; poco después, el 4 de octubre, me incorporaba como sacerdote de esta comunidad parroquial; tras cumplir con mi deber de hijo, vine a estar con vosotros cumpliendo mi deber de cura. Aquí comenzó mi relación con este mi querido pueblo de Huéscar, y mi devoción a esta hermosa Señora de los Dolores.

            Queridas hermanas de la Virgen de los Dolores, he querido comenzar este acto de exaltación recordando la primera oración que a los pies de la Virgen de los Dolores, porque estoy seguro que muchas de vosotras, en infinidad de ocasiones, os habéis acercado hasta su altar para rezar, agradecer, suplicar y confiar a la Madre vuestros sufrimientos y dolores. Y creo que Ella, la Santísima Virgen, sonríe y agradece nuestras plegarias, las escucha y siempre nos concede lo mejor.

            Pero, hermanas y hermanos, los acordes musicales me han recordado que mi misión es exaltar a la Virgen Madre de Dios y Señora de los Dolores. Ya os he dicho que no soy poeta, ni tampoco un gran juglar, por ello permitid que mi exaltación no sea amplia de piropos y de calificativos para la Madre y Señora de los Dolores; mis pobres palabras quieren crear en quienes me oís un pequeño altar de cultos en vuestros corazones, convencido que esa será la mejor exaltación que recibirá la Madre del Dolor.

            “En el augusto templo

            de Dios es presentado.

            Aquel Hijo adorado,

            con tan tierna ilusión.

            Pero el santo Profeta,

            por Dios iluminado.

            el puñal acerado

            clavó en su corazón”


            Así canta el primer dolor compuesto por el maestro Guerrero. Aquel puñal que el anciano Simeón anunció a la Madre debió causar un hondo dolor en el corazón de la tierna doncella Inmaculada. Seguro pensó la Madre que el ‘Hágase’ que respondió al ángel llevaba implícito el dolor. Todas las que sois madres sabéis bien que junto al hijo que os nace dais a luz el dolor que nace del amor por ese hijo. Hoy, Virgen Santa de los Dolores, queremos compartir contigo este primer dolor en el Templo. También, Madre, nuestro Templo se ha vestido de gala, se ha adornado para que tú no estés sola en los dolores sufridos por tu Hijo. Mirad, sí, mirad el corazón traspasado de María, y decid y preguntad si alguien, si alguno de vosotros sabe el porqué de esta espada. Decid: ¿por qué adornáis el dolor de la madre? ¿Decid, si alguna de vosotras sabe por qué vuestros mayores os transmitieron esta devoción y este amor por la Virgen del Corazón traspasado, del puñal clavado? ¡Mirad a la Virgen, sí, mirad y veréis cómo ella también os pregunta. ¿Por qué después de tanto tiempo sigue existiendo el dolor en las madres? Y sobre todo ¿por qué en nuestro mundo hay madres que han perdido la capacidad de amar, de sufrir, de entregarse, de dejar que el hijo que viene les clave una espada de amor en su corazón? Ella, la Virgen Santa, camina para encontrarse con sus dolores, frutos de su amor; y vosotras, sus hijas y hermanas, ¿queréis caminar con ella, seguir sus pasos, sufrir como ella? Sólo así podremos ensalzar el amor de Maria: tomando nuestra cruz y siguiendo sus pasos.

Señora de los Dolores:

            “Lleváis la osada planta

            por montes y por breñas.

            La selva no os espanta,

            los riscos ni las peñas.

            Si le robáis su presa

            A aquel rey inhumano,

            Que de rugir no cesa,

            Cual fiero tigre hircano”

            Y la Virgen camina, huye del malvado rey, como bellamente nos describe el Maestro de Capilla en su canto. Y por ello, cuando contemplamos a María de los Dolores, la vemos caminando, siempre caminando. Caminó hacía Aín Karin para ayudar a su prima, caminó a Belén para dar a luz al hijo, caminó hacía Egipto para salvar al fruto bendito de su entrañas, caminó hacia el Calvario, hacia el sepulcro, hacia el Cenáculo. Y sigue caminando. Y ella caminó hacia este nuestro pueblo de Huéscar y en su huída encontró aquí un refugio, no sólo un altar, unos cantos, unas bellas procesiones. Ella ha encontrado aquí, en Huéscar, como un día en Egipto, un lugar donde vivir; ese lugar son nuestros hogares, nuestros corazones. Sólo seremos hijos, y podremos ensalzar a nuestra madre de los Dolores, cuando dejemos que ella viva en nuestros corazones.


            Virgen de los Dolores, atormentada porque no encuentras a tu divino Hijo:

            “¿Do está mi cariño?

            ¿Do te ocultas?, di.

            Tan bello, tan niño,

            y ya te perdí.

            ¿Habéis encontrado,

            hijas de Sión,

            al Hijo adorado

            de mi corazón?

            Tres días la aurora

            he visto asomar

            llorando cual hora

            sin poderlo hallar.”

            -“¿No sabes, Madre, que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?”, respondió el hijo a la Madre. María de los Dolores, de los caminos, de las posadas, de tantos lugares donde se ocultan hoy tus hijos, y como entonces se pierden. Oh gran Señora, oh Virgen de los Dolores, mira con piedad a todos los hijos que se nos pierden. Los hijos que han olvidado que son hermanos de Cristo, los hijos que han despreciado tu amor, tu comprensión y ternura, los hijos que se han buscado otros templos, otros cultos y que nada quieren saber del Dios bueno y misericordioso. Oh Madre de los Dolores, oh Virgen del Manto azul, mira a tus hijos, cada uno de nosotros somos como una estrella de tu precioso manto. Oh Mujer de corazón traspasado, fíjate en cada uno de los que te hablamos somos parte de ese puñal que ha herido de amor tu corazón. Oh mujer caminante, llorosa, abatida, Virgen Santa que buscas a tu Hijo, míranos a nosotros, tus otros hijos, y concédenos la gracia de no perderte, ni olvidarte, ni hacerte sufrir. Mira, Virgen de los Dolores, a tantos como en los caminos quedaron tumbados y sin fuerzas, abatidos por los engaños de los ídolos, y detente, Virgen, tómanos de la mano y llévanos contigo a Nazaret, tu casa y nuestra casa, para aprender junto a ti.

            Camino del Calvario, en la calle de la Amargura:

            “Oh Madre amorosa,

            que ves a tu Hijo

            llevando en sus hombros

            el peso fatal,

            sentir nadie puede

            dolor tan prolijo,

            cual el que padece,

            tu alma virginal,

            ¡Virgen Purísima,

            Madre amorosa,

            lirio violado,

            fragante rosa,

            también llevaste

            la dolorosa

            de nuestras culpas

            la carga penosa!”.

            Sí, María, la Virgen de los Dolores, corre en pos del hijo amado, y nosotros, mejor dicho, vosotras, que formáis esta gran hermandad, queréis ser la compañía que tiene la madre en sus dolorosos trances. También cada Viernes de Dolores, sale María de los Dolores por las calles de ciudades, pueblos y aldeas, y su presencia soberana, dolorida y esperanzada sobrecoge y acongoja a sus devotos. Y cuando en su paseo procesional por nuestras calles, la miramos y ella cruza su mirada con nosotros, creemos, soñamos, pensamos por un instante que ella, la buena madre, la noble doncella, la señora del Dolor, ha querido venir a buscarme a mí, a buscarte a ti, en nuestras amarguras y soledades. Cuando ella nos contempla, al igual que un día en la primera calle de la Amargura contempló a su Hijo, nos regala su fuerza, su gracia, su mirada serena y hermosa que nos anima para llegar a la cumbre, para ofrecer nuestras vidas con sus cruces y con sus luces al Padre del Cielo, como un día lo hiciera su divino Hijo. Por ello, hermanas, no dejéis que en estos tiempos descreídos y materialistas se encierren los pasos hermosos y serenos de María de los Dolores que sale al encuentro de cada uno de sus hijos e hijas en la calle de la amargura, del dolor, de la soledad, del sufrimiento, de la pobreza. Sí, hermanas, María Santísima de los Dolores quiere que la acompañéis por los caminos de nuestro pueblo y por las sendas de nuestros corazones, para que vuestras velas y vuestros rezos alumbren de esperanza a quienes caídos en su dolor no pueden llevar la cruz junto a Cristo. Sí, hermanas, además de acompañarla con vuestras mejores galas en su salida grandiosa del Viernes del Dolores, llevadla en vuestros corazones y hacedla presente en el corazón de los que caminan por su calle de amargura.

            Al llegar al monte Calvario, la madre contempla y escucha el sonido del martillo que clama, amarra, y aprisiona al Hijo del Amor:


            “¡Cuan negra, cuan horrible

            y atroz será la pena

            de que tu alma está llena,

            oh Virgen sin igual,

            al ver clavar desnudo

            cual un criminal fiero

            en el fatal madero

            a tu Hijo celestial!”

            Los clavos hundidos en manos y pies amarran, Madre, a tu Hijo al madero de la cruz. Aquellos clavos, cada martillazo ahonda el puñal clavado en tu purísimo corazón de Madre. Al contemplar este dolor, Madre bendita, no dejo de pensar en mis desprecios, en nuestros desprecios, nuestros martillazos, que también, oh Señora, clavamos y amarramos a tu Hijo en la cruz. Y pienso, Madre, que a menudo somos farsantes y comediantes, nos dolemos contigo y, al mismo tiempo, damos firme y fuerte al martillo para que penetre en los pies y manos del Redentor. Oh, Señora del manto azul, oh Virgen Dolorosa, oh Virgen con cara de mujer, con expresión que parece que nos quiere hablar… Hoy déjanos escuchar tu palabra, déjanos que al mirarte, al sentir tu dolor, al ver traspasado tu corazón, cada uno de los que aquí estamos, cada mujer que forma tu hermandad, sienta que las estrellas de este manto, el precioso bordado, las flores que anuncian la primavera y que adornar tu altar, no son nada, nada valen sin la ofrenda de nuestro corazón. Oh Madre dolorosa, oh Virgen Santa, tú nuestra esperanza y dulzura, vuélvenos tus ojos y obtennos el perdón.

-¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!

-¿Por qué lloras?,

¿por qué suspiras,

si entre tus brazos

a tu Hijo miras?

-¿No veis su rostro

lívido y frío?.

¿No veis que ha muerto

el Hijo mío?

Sus mustias mejillas,

al lirio parecen,

ni jazmín ni rosa

en ellas florecen.

Con lívidas tintas

la muerte colora

la frente divina

del que mi alma adora.

           Un silencio envolvió la tierra cuando el Hijo de Dios expiró. Aquella muerte produjo una confesión de fe, el centurión romano, al ver la muerte de Cristo, exclamó: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”. El silencio de la muerte de Cristo sólo fue roto por el ruido que hacían las lágrimas de la Virgen al caer al suelo. En aquella hora de nona, la lanza traspasó el corazón del Hijo de Dios. En aquella hora, la Madre dolorosa comenzó a ser madre de todos los hombres, y comprendía que este nuevo parto, el de humanidad nueva, era para ella la espada de dolor que el anciano Simeón le predijo. Y allí está la Madre viendo cómo desprenden los clavos de la carne de su hijo. Allí estaba María Dolorosa recogiendo el cadáver de su Hijo. ¡Cuánto dolor!, ¡cuánto amor! Me imagino a la Santa Virgen limpiando el cuerpo de su hijo, intentando darle el cariño y el abrazo que no pudo darle antes de morir. Y al contemplar esta piadosa escena, la madre Dolorosa abrazada a su hijo muerto, me vienen a la memoria tantas madres como han dejado a sus hijos en los caminos y en los calvarios de la vida. Tantas madres a las que una noche les sorprendió el dolor y conocieron que nunca más podrían abrazar a sus hijos, porque un accidente se los llevó. Tantas madres que velan día y noche las camas de sus hijos moribundos. Tantas madres que habéis visto partir a vuestros hijos hacia la casa del Padre. A todas ellas, y a todas vosotras, que sois madres, os digo: “Mirad a María, acercaos a ella, y escondeos en su corazón traspasado y herido por el dolor. Dejad que ella os abrace como un día abrazó a su hijo, dejad que ella os llame por vuestro nombre, os conceda el bálsamo del consuelo, el vino de la esperanza y el alimento de la fe”. Ese consuelo es Cristo el Señor, el hijo muerto pero que está vivo; el vino de la esperanza es el perdón; el amor, la misericordia entrañable de nuestro Dios; el alimento de la fe es ese cuerpo que ahora la piadosa madre sostiene en sus brazos, pero que está junto a nosotros en el sagrario como alimento y viático para la vida eterna.

           Vosotras, que formáis esta hermandad de Nuestra Señora de los Dolores, cuando hagáis el altar de cultos nunca olvidéis que tras las velas y las flores se esconde el dolor de la Madre, la pasión del Hijo, el amor del Padre. Sí, hermanas, cuando el próximo Viernes se abra la puerta mayor de nuestro templo y la Virgen de los Dolores salga a nuestras calles, no olvidéis que ella sale a buscar a sus hijos, como hizo con su Hijo, sale a buscarnos en las plazas y las esquinas de nuestro pueblo. Y cuando ella salga no tengáis prisa, dejad que ella os mire, nos mire a todos, y sobre todo dejaos mirar por ella. Y cuando ella camine por nuestras calles y plazas, dejad que se pare allí donde hay un enfermo, allí donde una madre llora a su hijo perdido, donde una esposa añora la presencia del compañero de su vida que partió hacia la eterna; allí donde unos hijos miran a la Señora y la llaman Madre, porque la vida les quitó a su madre terrena. Sí, hermanas, cuando salga la Virgen Santísima de los Dolores, no lo olvidéis, en cada calle, en cada luz, en cada esquina, en cada ventana, en cada mirada hay una cruz, y al mirar la Virgen queremos que ella nos consuele. Siempre, siempre tiene que estar en nuestras calles, en nuestras casas, en nuestros corazones la Reina de los Dolores; sólo ella, que entiende de amores, podrá curar y vendar las heridas que ha producido el dolor en nuestros corazones. 

Ya el sepulcro se ha cerrado

Y sobre su losa fría

Exhala el dolor María

De su triste corazón.

En el mundo se halla sola,

en la tierra abandonada

y por eso, desolada,

no halla alivio en su aflicción.

Esta es la letra del último de dolor, la soledad de la Madre, compuesta por el maestro de Capilla. Pero siempre que la he escuchado, siempre que la he leído, he pensado que no estoy de acuerdo con ella.

Si me encontrara con el autor, le preguntaría: “¿Cómo decís que María está sola, como podéis afirmar que no tiene alivio la Dolorosa Señora?” No, Virgen de los Dolores, no, no estás sola, en el mundo hay multitud de hombres y mujeres que son tus siervos, Señora de los Dolores. Aquí, en nuestro pueblo, son más un millar las mujeres que forman tu corona. No, no estás sola, nosotros te honraremos el Viernes de Dolores y te acompañaremos el Viernes Santo. No, no estás sola, tú no puedes estar sola, siempre tendrás a tu lado el canto de tus devotos, las flores de quienes te aman, las oraciones de quienes como tú y junto a ti tienen el corazón atravesado por el dolor. No estás sola, Virgen de los Dolores, nosotros seguimos tu caminar ligero, nosotros te acompañamos, y queremos hacerte presente en medio de nuestro pueblo, queremos que tú, Señora, Soberana, Reina de Misericordia, vivas en nuestros corazones, en nuestros hogares, junto a nosotros, con nosotros.

Madre de los Dolores, Señora de Huéscar, sólo deseo que mis palabras sirvan para que el recuerdo de tus dolores exalte la belleza más profunda de tu corazón. Ese corazón de madre que siempre y en todo lugar nos acompaña. Ese corazón que, herido y roto por la espada del dolor, quedó abierto de una vez para siempre y así poder acoger nuestra súplica, nuestra oración. Quiero terminar recitando en voz alta aquella composición que cada día concluye vuestra novena y que son, en opinión de muchos, la mejor súplica a la Madre Dolorosa.

La Madre piadosa estaba

Junto a la cruz y lloraba

Mientras el Hijo pendía;

Cuya alma triste y llorosa,

Traspasada y dolorosa,

Fiero cuchillo tenía.

…..

Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio;

porque me inflame y encienda

y contigo me defienda

en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte

De Cristo, cuando en tan fuerte

Trance vida y alma estén;

Porque cuando quede en calma

El cuerpo, vaya mi alma

A su eterna gloria. Amén.

 

           Sólo me queda pediros algunos favores:

1.   No olvidéis rezar un avemaría por este cura que os habla, y por todos los curas que entre vosotros trabajan. Pedid a la Madre María, que hoy como ayer tengamos chicos y chicas que dejen todo por servir al Evangelio, por acompañar junto a María a quienes en este valle lloran y sufren.

2.   Esta noche, antes de acostaros, dad un beso a vuestra madre, pedid perdón si la habéis ofendido, besadla con vuestra oración si hacia el cielo ha partido. Pero esta noche y cada día dejad que vuestras madres sientan gozo por su hijas.

3.   Recordad siempre que lo más importante de esta novena y de la salida procesional del Viernes del Dolores no son las flores, la música, las mantillas. No. Lo más importante es que ella, la Madre, la Santísima Virgen de los Dolores, os mira y os llama y quiere que vosotras, sus hijas y hermanas, consoléis el dolor de su Hijo, de Cristo, que sigue en agonía hasta el fin del mundo. Consolad el dolor de los enfermos, de los que están solos, de los pobres, y con María, la Señora de los Dolores, la Madre de nuestro Pueblo, pedid y rogad que el Espíritu renueve nuestra parroquia, que nuestra comunidad dé testimonio cristiano y pueda suscitar la vacilante fe en el corazón de los más jóvenes.

     Al concluir mis palabras, quiero elevar mi oración por vosotras, por vuestra parroquia, por toda la Iglesia, por nuestro pueblo de Huéscar, y como le han dicho a María Virgen desde hace siglos, también hoy le digo:

     “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no deseches la súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, líbranos de todo peligro, oh Virgen Gloriosa y Bendita. Ruega por nosotros, Señora y Madre de los Dolores, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo nuestro Señor. Amén”.

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