EL DRAMA DE LAS SANTAS

Gonzalo Pulido Castillo

NARRADOR.-

Corría el año 851 de nuestra era. La España cristiana se hallaba en guerra permanente contra los seguidores de Mahoma. Los pueblos vivían sometidos a la ley de la espada y de la fuerza. En las regiones dominadas por los musulmanes había terminado la tolerancia religiosa: el emir Abderramán II ordenaba por estas fechas la conversión obligatoria de los cristianos muladíes a la doctrina del Corán.

Ocurrió en otoño, mientras las hojas de los árboles caían tristemente vencidas por la violencia del tiempo: dos hermanas, jóvenes y virginales como flores áureas de un jardín celestial, sucumbieron víctimas de un destino trágico y hermoso a la vez. Dios había elegido a estas niñas de apariencia delicada y frágil para dar testimonio de valentía. Sus almas estaban selladas con el signo de lo eterno y en sus corazones sólo había sitio para el amor a Cristo.

GALAF.-

Queridas niñas, os hablo en nombre de nuestro emir, que Alá guarde, y espero que podamos llegar a un acuerdo y terminar esto con bien para todos. Reconozco que sois valientes, pero vuestro heroísmo es inútil y exagerado. ¿Por qué queréis sufrir un castigo que puede ser duro? ¿A quién beneficiará vuestra tristeza? A nadie. Vuestro Dios está muy lejos. Ni os conoce, ni sabe de vuestra fe, ni necesita de vuestra defensa. Sois jóvenes y no tenéis experiencia de la vida. Hacedme caso y aceptad a Mahoma.

¿No sabéis que muchos cristianos, mejores que vosotras, renunciaron a una fe que sólo les traía problemas y hoy son gente muy importante y de prestigio? No vayáis en contra de las opiniones de vuestros vecinos, puesto que tenéis que convivir con ellos. Y, sobre todo, debéis acatar las órdenes de los que mandan. Os prometo que si os convertís al Islam volveréis a gozar de vuestros privilegios y todos olvidaremos que habéis sido cristianas.

ALODIA.-

Desde pequeñas fue nuestra alegría cumplir la ley de Cristo, y por Él dejamos la casa materna y nos fuimos a vivir con nuestra tía. Siempre seremos fieles a nuestra religión. Dios no nos abandonará en el momento de la prueba. Estamos en sus manos, y tú también, aunque no quieras saberlo, eres una criatura suya. Déjanos marchar en paz y no cargues tu conciencia con el peso de un injusto castigo.

GALAF.-

No hemos venido aquí a discutir qué es justo y qué es injusto. Ni me interesa la teología. La vida es algo muy distinto. Dios vive en el cielo, pero en la tierra mandan los príncipes y los reyes.

NUNILON.-

No siempre los reyes y los príncipes legislan de acuerdo con la verdad. A fin de cuentas sólo son hombres, aunque se sienten en tronos y a su voz se humillen los ejércitos. Ningún hombre puede compararse con Dios. Él es poderoso y eterno. Los hombres son mortales y se equivocan. ¿A quién obedeceremos?

GALAF.-

Vuestro Dios no podrá salvaros de la muerte si persistís en vuestra ceguera. Y de verdad me causaría gran pena ver abatirse de golpe vuestra juventud. Pensadlo bien. Si obráis con prudencia, la vida os sonreirá durante muchos años.

ALODIA.-

En vano te cansas. De nada valen tus razones contra nuestra fe. Si nos quitas esta vida recién amanecida, Cristo nos la devolverá más feliz y más bella. Las primaveras del mundo pasarán, la felicidad del cielo es para siempre. A cambio de un sufrimiento breve recibiremos la corona inmortal en un paraíso que no acaba. Resuelve lo que creas conveniente, pero no intentes doblegar nuestra firmeza, porque no lo conseguirás.

GALAF.-

Dura es vuestra decisión y dura deberá ser también la mía, si no cedéis a mis palabras. Convertíos y viviréis. Yo no deseo vuestra muerte. No quiero que vuestros fantasmas ensangrentados atormenten mis noches sin descanso. Renunciad a esa locura inexplicable de seguir a Cristo. ¿Qué alegría os dará un Dios que sufrió y murió en una cruz? Vuestra carne joven no puede amar la tristeza de una religión que pide renuncias y sacrificios, sino que ansiará estrujar las rosas del placer. A una palabra vuestra los jóvenes más famosos por su valor en las batallas y por su galantería en las fiestas vendrán a ofreceros su cariño. ¿No queréis pensar en las dulces horas de amor bajo la luz de la luna? ¿No soñáis con un hogar lleno de risas infantiles?

Por vuestra belleza y por vuestro linaje os corresponde algo más que una muerte prematura y una tumba olvidada incluso de vuestros parientes, que se avergonzarán de tan cerril intransigencia. Por última vez, ¿renunciáis a la religión cristiana y a su vana doctrina, obedeciendo el mandato del emir?

NUNILON.-

No insistas en pedirnos lo que no podemos hacer. ¿Cómo dejar la amistad de Dios a cambio de un puñado de cosas caducas y efímeras que en nada pueden satisfacernos? Dices que Dios es triste. No lo conoces. Con sólo pensar en Él se llenan de esperanza nuestros corazones, que no son indiferentes a los placeres del mundo, pero que saben bien dónde se encuentra la verdadera felicidad. Somos jóvenes, pero no nos importa morir. Ni nos asusta la negrura del sepulcro, porque sabemos que los brazos de Cristo nos esperan amorosos y que muy pronto nuestros ojos enamorados se mirarán en los suyos.

Que el verdugo afile pronto la espada, tenemos prisa en recorrer el camino que nos queda. Y tú quédate tranquilo, no nos haces ningún daño; nuestras últimas palabras no serán para maldecirte. Somos felices de morir por Cristo. Nuestra corta vida tendrá un final glorioso. Y tal vez en el futuro nuestros nombres permanezcan en la memoria de las gentes, y nuestro ejemplo mueva a otros jóvenes a ser valientes y a comprender que la juventud no es para quemarla en el altar vacío de los dioses de la comodidad, de la carne o del vicio, y que los labios juveniles no se hicieron para el roce pecaminoso, sino para proclamar sobre los montes más altos la grandeza de Dios.

GALAF.-

De vuestra boca ha salido vuestra propia condenación. Inocente soy de vuestra sangre. Que Alá juzgue vuestro comportamiento y el mío, y conceda a cada uno lo que merezcan sus obras.

NARRADOR.-

Así fue su testimonio. Ni los halagos, ni las amenazas, ni las seducciones, ni las promesas doblegaron su fe. Y unidas marcharon hacia el sacrificio con el semblante de quienes van de fiesta. El verdugo las hirió en el cuello, primero a la mayor, luego a la más pequeña. Sus cabezas rodaron por el suelo empapado con su sangre joven. Sus cuerpos se desplomaron estremecidos con los estertores de la agonía. El aliento de la muerte enturbió el brillo de sus ojos. Pero sus labios seguían sonriendo. Y sus almas, entre alas de ángeles adolescentes, alcanzaron la aurora inextinguible, sin tiempo y sin tristeza, donde Cristo, -amor, juventud, belleza, luz y alegría-, nos espera a todos. Amén.

Corpus Christi, 2 de junio de 1983.


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