Fragmentos de historia oscense

 

LOS FRANCISCANOS EN HUÉSCAR (GRANADA) (I)

Gonzalo Pulido Castillo

 

INTRODUCCIÓN

El mismo año 1488, en que Huéscar pasó definitivamente a formar parte del reino de Castilla y del mundo occidental, el Cardenal Mendoza mandó consagrar el edificio de su mezquita musulmana como iglesia cristiana. Pocos años después, derribada ésta, se construyó en su solar un templo, el actual de Santiago, y posteriormente se iniciaron las obras de la espléndida Colegiata de Santa María. En pocos años, los cristianos oscenses, los viejos y los nuevos, tuvieron lugares donde elevar plegarias a Dios.

La efervescencia religiosa de la época hizo posible que en 1544 se constituyera en Huéscar la Hermandad del Santísimo Sacramento, la más antigua de toda la provincia, y que en 1547 llegaran a la ciudad los Padres Dominicos a fin de fundar un convento (1) que, con el nombre de Santo Domingo, se elevaría al final de la calle Mayor, en el extremo norte de la ciudad.

En 1570 se habla ya de levantar un convento femenino en Huéscar: el de la Madre de Dios de religiosas dominicas. Aunque hasta 1612 no pudieron iniciarse las obras, costeadas por la magnanimidad de Dª María Chinchilla, viuda de un caballerizo del emperador Carlos V.

Pero antes de esa última fecha se estaba fundando el que es objeto de nuestro trabajo: el convento de religiosos franciscanos descalzos.

FUNDACIÓN DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

Según nos cuentan los religiosos fray Antonio Panes (2) y fray Tomás Montalvo (3), había en la ciudad de Huéscar un gran deseo de que los frailes franciscanos fundasen en ella un convento. El Ayuntamiento, la Parroquia, muchas personas principales e incluso el pueblo en su conjunto solicitaron insistentemente a fray Jerónimo Planes, Provincial de la de San Juan Bautista (Valencia y Murcia), (4) que se realizara la fundación con la mayor rapidez posible.

Una carta que el Ayuntamiento y la Parroquia oscenses dirigieron al dicho Provincial nos ha sido transmitida por Panes:

"Muchos años ha que esta Ciudad de Huéscar y sus vecinos desean con piadosísima y fervorosa aflicción que haya en ella una casa y convento de San Francisco, porque, aunque hay el de Santo Domingo, todavía dura y crece el deseo y devoción de tener el del glorioso y seráfico Padre, y así, acudiendo los dos Cabildos, eclesiástico y secular, a la voluntad y devoción del pueblo, han tratado muchas veces de traer a los padres de la Observancia, y parece que nuestro Señor no ha sido servido que se efectuase por falta de unión y concordia de las voluntades; y ahora, habiendo el pueblo insistido en este santo intento, ha habido una milagrosa conformidad en que el convento y religiosos se admitan con grande aplauso y gusto de todos, como sean Descalzos de la Provincia de San Juan Bautista, y porque esta Ciudad cree y entiende que los dichos Padres Descalzos, por su humildad y ejemplo, son los que más convienen para el bien de ella, ha acordado ayudar con todas sus fuerzas a que este deseo se consiga y se traigan a ella los dichos padres, y se les haga y sustente casa y convento al modo y según la orden de su instituto, que confía en Dios esta Ciudad será muy buena y aventajada respecto de la gran devoción con que el pueblo lo pide. Y porque el fin de este deseo y la ejecución de él (estando la Ciudad y vecinos dispuestos, conformes los Cabildos, y particulares y todos en una voluntad) depende de la de Vuestra Paternidad Reverendísima, que con su gran santidad y valor es justo ayude y dé la mano a obra tan santa y del servicio de Nuestro Señor, y que se entiende es en orden a la salvación de muchas almas y remedio y presidio (sic) de esta Ciudad, y consuelo de los devotos, no ha podido esta Ciudad dejar de acudir a la voluntad de los vecinos, en cuyo nombre y por sí suplica con todo encarecimiento a Vuestra Paternidad Reverendísima se sirva de concederle esta gracia y merced y licencia bastante para que se haga dicho convento, y mandar luego sin dilación que se venga a ver y reconocer el sitio, y los padres que a ello vinieren experimentarán los ánimos y voluntad con que se desea esta santa Religión; y la Ciudad ofrece con grande afecto todo lo que tocare al amparo de la santa casa con aventajada demostración, para que en ella se conserve y aumente el servicio de Nuestro Señor."

El año 1602 fue época de fundaciones franciscanas. En julio se tomó posesión del convento de Carcagente y el 26 de septiembre del de San Buenaventura de Totana. De allí se pasó a Huéscar. (5)

Obtenidas las licencias del Arzobispo de Toledo, D. Bernardo de Rojas y Sandoval, y del Duque de Alba, el día 6 de octubre de 1602 se llevó a cabo la fundación del convento de San Francisco en Huéscar. Mientras no tuviesen edificio propio, la comunidad quedaba establecida en la ermita de San Sebastián (hoy de la Soledad), entonces en las afueras del pueblo, por el camino que llevaba a Castilléjar y Baza. Realizaron la toma de posesión fray Francisco Veneciano, primer Guardián (6) o Padre Superior, fray Juan de Robles (natural de Huéscar), fray Cristóbal Vela y fray Andrés López (ambos de la Puebla), y de parte del Provincial fray Jerónimo de Planes estuvo en el acto fray Diego Mendiola, quien celebrí allí la primera misa el 9 de noviembre. Fueron acompañados por el vicario de Huéscar y su partido D. Fernando González de Laguna. El convento fue puesto bajo la advocación de San Francisco.

El día 31 del mismo mes fue otorgada escritura de venta por Juan Nieto y Francisca Ruiz, su mujer, de una casa y huerta en la llamada Atarazana, en el camino de Castril, a favor de D. Fernando Bravo de Rojas, síndico de los franciscanos, por un importe de 220 ducados. 

El 21 de diciembre del mismo año fue trasladado en unas andas de plata el Santísimo Sacramento por el licenciado González de Laguna, desde la iglesia de Santa María hasta la ermita de San Sebastián. Fue acompañado por los miembros del Ayuntamiento, los religiosos dominicos, las cofradías de la ciudad y la capilla musical.

Se apresuró la construcción de los nuevos edificios, y así, el día 19 de marzo de 1603, festividad de San José, señalado ya el recinto donde se levantaría la iglesia, el señor Vicario bendijo unas piedras labradas que iban a depositarse en los cimientos. La primera piedra fue colocada por González de Laguna, ayudado por los albañiles Damián Pérez y Gonzalo López, otra por el licenciado Luis Vela Muñoz, gobernador de Huéscar, otra por Juan Martínez Carrasco, alcalde y regidor, otra por el administrador de Hacienda Real, y otras más por otras autoridades de la ciudad.

El 5 de septiembre D. Melchor de Vera y Soria (7), Obispo titular de Troya y Visitador General del Arzobispado de Toledo, que había venido a Huéscar para las confirmaciones, bendijo el sitio señalado para la nueva iglesia, lo que también se realizó con mucha solemnidad y con bastante acompañamiento.

El 4 de diciembre del mismo año, D. Juan de Maza y el Ayuntamiento concedieron su permiso para que la acequia de la Noguera pasase por dentro de la huerta del convento, y también por las propiedades del citado D. Juan de Maza.

Un año después, en la tarde del día 30 de septiembre de 1604, "con gran música, solemnidad y concurso del pueblo", y con asistencia de las autoridades civiles y religiosas, se realizó el traslado en procesión del Santísimo Sacramento desde la iglesia Mayor de Santa María al nuevo templo de San Francisco, donde quedó instalado. Así iniciaba su andadura en Huéscar la comunidad de franciscanos descalzos, que tanto bien espiritual y cultural proporcionaría durante más de dos siglos.

Sin embargo, ni el convento ni la iglesia se habían concluido en su totalidad. A lo largo de algunos años más siguieron las obras de ambos edificios, dependiendo de las limosnas que la generosidad oscense hacía llegar a la austera administración de los padres de la Orden Seráfica. Las personas pudientes del pueblo prestaban dinero a los frailes, los cuales iban devolviéndolo según sus posibilidades, aunque a veces la penuria económica impedía hacerlo, según podemos saber por el siguiente documento del Archivo Municipal de Huéscar:

"En esta ciudad de Vuestra Excelencia vamos edificando de limosna un convento de la descalcez de Nuestro Padre San Francisco, a cuya obra han acudido los vecinos con mucha voluntad y caridad, aunque los años que han ocurrido, tan necesitados y estériles, no les han ayudado a su buen deseo, y como esta casa de Vuestra Excelencia no estaba con comodidad para que sus religiosos la pudiésemos habitar, personas devotas nos fueron prestando para que la casa se acabase, hasta en cantidad de dos mil y quinientos reales, los cuales no les podemos satisfacer por nuestra pobreza, y tienen mucha necesidad de que los volvamos; y como por la necesidad que se padece no se recogen limosnas y tenemos por acabar la iglesia, que es la parte más necesaria para nuestra quietud y beneficio de esta ciudad, hemos acudido al cabildo para que de propios nos hagan limosna y nos ayuden a pagar la dicha deuda; y, aunque estos caballeros regidores muestran muy grande voluntad, no se atreven a hacerlo, porque Vuestra Excelencia ha mandado por su provisión no lo hagan, este pobre convento, y yo en su nombre, suplicamos a Vuestra Excelencia nos haga limosna de dar licencia a estos señores para que de propios nos socorran con lo que pudiesen, pues le consta a Vuestra Excelencia que mediante su amparo hemos de poder pasar en esta ciudad para continuamente suplicar a Nuestro Señor dé a Vuestra Excelencia muchos años de vida con mi Señora la Duquesa y mi Señor don Fernando. De este convento de San Francisco y enero 12, 1608.

Fray Silvestre Sanz, Guardián

Capellán de Vuestra Excelencia"

Pocos meses después (el 25 de mayo del mismo año) el Duque de Alba comunicaba al gobernador y al cabildo municipal que tenían su permiso para "dar la limosna que pareciere justa" al convento, a cuenta de los propios de la ciudad, porque "ésta es mi voluntad y lo que conviene al servicio de Dios Nuestro Señor".

ALGUNOS HECHOS PRODIGIOSOS

La misma tarde en que se abrió al culto público la iglesia de San Francisco, tras la fiesta de inauguración, cuando todo el lugar había quedado sumido en solitario silencio, mientras caía el lento crepúsculo otoñal sobre el recién estrenado edificio, fray Cristóbal López, hombre virtuoso y muy devoto de Nuestra Señora, se retiró a la tranquila huerta conventual para rezar el rosario.

Su ferviente oración fue interrumpida por una extraordinaria visión: sobre el tejado de la iglesia, por la parte de la entrada, recortado en el azul ya oscuro del cielo, se alzaba el Santísimo Sacramento, rodeado de ángeles y luces resplandecientes. Dos veces más tuvo fray Cristóbal el privilegio de contemplar tan fantástica aparición: en medio del tejado y a la parte de la cabecera, sobre la capilla mayor. Quedó asombrado nuestro buen fraile. Arrodillado y traspuesto por la emoción, oró con todo el fervor de que era capaz, maravillado por el prodigio. Aquella misma noche, "estando en oración le fue revelado por luz divina que Nuestro Señor se había agradado y servido mucho de que se hubiese traído su Santísimo Cuerpo Sacramentado con tanta honra y solemnidad a aquella nueva iglesia; y, así mismo, que la fundación del convento había sido muy de su gusto"..

Otro hecho asombroso, y que dejó recuerdo durante muchos años entre los habitantes de Huéscar (8) fue el siguiente: habían solicitado los padres franciscanos a la ciudad que se les permitiera cortar de los montes de propios la madera necesaria para la obra del convento. Se les concedió lo solicitado y dos regidores del Ayuntamiento fueron a la zona conocida como "El Jorro", cerca de Sierra Seca, como a tres leguas de la ciudad, y señalaron los pinos que debían cortarse.

Una vez hecha la corta, y amontonados los troncos para ser trasladados, se levantó de improviso un torbellino tempestuoso tan violento que en poco tiempo arrancó y destrozó numerosos pinos, carrascas y otros árboles del llano. El huracán arrojó los despojos de aquel bosque a los barrancos más profundos, algunos bastante alejados de allí. Fueron tantos los árboles que rompió el pavoroso torbellino que durante tres años no tuvieron que realizar más cortas los leñadores de Huéscar, tanta era la madera amontonada en aquel lugar.

Tan sólo sobrevivió a la furia del terrible vendaval una carrasca, a causa de tener en su tronco una cruz que había sido grabada por un joven pastor. Pero lo más portentoso del hecho fue que, según aseguraron los que estaban junto a los troncos cortados, donde se originó el torbellino, entre las ráfagas de viento se oyeron chillidos espantosos, alaridos que ponían el vello de punta y gritos de demonios que, indignados y rabiosos, decían: "Este Francisquillo por nuestro mal ha venido a Huéscar, que nos ha quitado mucho provecho". Los testigos del prodigio lo contaron por toda la ciudad y desde entonces se llamó a aquel lugar, una zona de más de seiscientos pasos de largo y doscientos de ancho, "la tala del diablo".

También fue muy conocido, y llenó de admiración a quienes lo supieron, el caso ocurrido al licenciado Bartolomé Ferrer, cura y beneficiado de Galera, gran devoto de San Francisco y de la Purísima Concepción de Nuestra Señora. Tenía este sacerdote, a medias con el capitán Andrés Bernabé, en tierras galerinas, un molino de pólvora. Como signo de devoción y patronazgo colocó en la habitación central del molino, donde estaban los morteros, un lienzo en el que había hecho pintar al óleo una imagen de la Inmaculada y, a ambos lados de ella, a San Antonio Abad y a San Antonio de Padua. Este lienzo había sido fijado con sesenta tachuelas en un bastidor de madera.

En la dicha habitación había tres arrobas de pólvora fina, ya seca, otra en una talega, justo debajo de la sagrada imagen, y tres arrobas más en los morteros. Sin saber cómo, se prendió fuego y la pólvora explotó. De la habitación y de lo que contenía sólo quedó un montón de ruinas. El licenciado Ferrer había salido a la puerta del molino a rezar el breviario, como tenía por costumbre, y al oír la tremenda explosión corrió hacia allá y vio cómo todo había quedado destruido.

Pero encima del montón de cascotes y fragmentos humeantes se hallaba el lienzo que representaba a la Virgen y a los dos santos enrollado hacia dentro, sin haber sufrido daño alguno y, lo que impresionó más al buen sacerdote, sin señales de los agujeros de las tachuelas con las que fue fijado al marco de madera, que había saltado roto en varios pedazos.

Esto ocurrió el día 10 de octubre de 1636, víspera de la octava de la festividad de San Francisco. El padre Guardián del convento oscense, fray Francisco Veneciano, al enterarse del prodigio, pidió a D. Bartolomé Ferrer la pintura de San Antonio de Padua, que fue colocada en una pared lateral del convento, donde fue muy venerada. La Purísima y San Antonio Abad fueron llevados a la iglesia de Galera.

Vivía en Huéscar un regidor que no sentía mucha simpatía por los padres franciscanos, porque pensaba que no era verdad que se levantasen a medianoche a rezar maitines y dejasen la comodidad de sus camas. A tanto llegó su suspicacia que decidió rondar algunas noches por los alrededores del convento para comprobarlo. Una noche, a las doce, rodeado de soledad y de silencio, se acercó a las puertas del convento. Oyó a los frailes rezar y, lleno de asombro, observó que sobre el tejado de la iglesia, en la parte que correspondía al coro, brillaban con gran resplandor doce luces inmóviles, y allí estuvieron durante las tres horas que duraron los maitines. Repitió la visita la noche siguiente y vio once luces en el mismo lugar y de la misma forma que la víspera. A la tercera noche las luces sólo fueron diez.

Extrañado y asustado, se sinceró con el Padre Guardián del convento y le contó sus dudas y lo que había visto en esas tres noches. El religioso le dio la solución, y era que la primera noche estuvo la Comunidad al completo, que eran doce frailes; a la noche siguiente sólo hubo once, porque uno estaba enfermo y no pudo levantarse; y la tercera noche faltó otro religioso más, que también cayó enfermo, por lo que sólo rezaron los maitines diez frailes, el mismo número de luces que vio sobre el tejado de la iglesia.

El desconfiado regidor se quedó satisfecho con lo que había visto y oído, y cambió en amistad cordial la antigua antipatía que sentía por los religiosos.

Por último, entre otros prodigios, destaca el caso de una premonición sucedida al Padre fray Antonio Jiménez, que había venido al convento de Huéscar para estudiar Teología Escolástica. Una noche, estando rezando maitines con el resto de la comunidad, se sintió indispuesto y pidió permiso para regresar a su celda y descansar. Mientras caminaba por el pasillo oyó ruido de pasos que lo seguían y se le vino a la imaginación su hermano, también franciscano, que estaba enfermo en el convento de Villacarrillo. Sintió un gran miedo, aunque procuró quitarse de la cabeza aquel triste pensamiento.

Se acostó en la camilla y cruzó los brazos dentro de las mangas, como es costumbre de religiosos. Al momento sintió un peso sobre sus manos, como de una persona que se hallase sobre él. Una voz profunda y suave lo llamó por su nombre. Notó sobre su cara el aire de una respiración. Preguntó: "¿Quién me llama?". Y la voz, que reconoció como la de su hermano, respondió: "Yo soy, que me voy". "¿Dónde vas?", inquirió fray Antonio. "Con Dios me voy. Rézame dos padrenuestros, dos avemarías y una salve", contesto la voz de ultratumba. Y al momento se vio libre del peso que lo oprimía y del miedo que había sentido. Pocos días después llegó desde Villacarrillo la noticia de haber muerto el hermano de fray Antonio el mismo día y a la misma hora del hecho relatado, que fue el 5 de septiembre de 1677, a la una de la mañana. El religioso difunto llevaba sólo dos meses de profeso y dejó un buen recuerdo de paciencia y resignación.

BREVE DESCRIPCIÓN DEL TEMPLO Y DEL CONVENTO

El templo franciscano es de una sola nave con capillas laterales y coro a los pies. En el altar mayor hay una hornacina donde se hallaría la imagen central de un retablo, del que no sabemos nada. Cedamos la palabra a un entendido en arte, José Manuel Gómez-Moreno Calera: "El templo... es de modesta fábrica pero original estructura. Consta de una corta y ancha nave con capillas laterales de las que las extremas de la cabecera son menos profundas... Su organización, hacia el altar mayor, va decreciendo con una triangulación invertida, al contrario del habitual desarrollo de las cabeceras barrocas. La nave porta en los laterales apilastrado toscano de gran resalte y capiteles integrados en la cornisa que recorre el interior. Los cinco tramos de que consta se cubren con bóvedas baídas entre fajones, con adornos de toscos encintados en los intradoses y guirnaldas florales en las bóvedas". Los arcos de las capillas están adornados con yeserías de angelotes y motivos vegetales y algunas pinturas dieciochescas de temas florales vistosos y coloreados.

El coro, de arco deprimido, está también adornado en su bóveda. En la parte izquierda del arco se lee la inscripción, posiblemente incompleta, AÑO DE 1632 ESTA CIUDAD, con letras grandes. La larga viga tallada de hojarasca que sostiene la parte delantera del coro dice el citado Gómez-Moreno Calera que "se añadió seguramente en el siglo XVIII (y) lo extraño es que penetra hasta el fondo en las capillas laterales". El coro recibe luz de una ventana rectangular sobre él, abierta a la fachada de la iglesia.

Una capilla estaba dedicada a San Pascual Bailón (9), cuyo titular llegó a contar con una hermandad desde mediados del siglo XVII. Esta capilla había sido construida a expensas del capitán y alcaide (desde 1619 hasta 1634) Juan García de Villanueva (10) y su esposa Dª Eugenia Orzáez, primeros patronos de ella. Posteriormente, por vía matrimonial, pasó a pertenecer a la familia Rato (11), gran benefactora del convento, y en ella disponían sus miembros de enterramiento propio. (12)

En otra de las capillas se encontraba la imagen del Niño Jesús llamado "el Rey de los Frutos", honrado en toda la comarca, especialmente entre los agricultores. El promotor de la devoción a la venerada talla había sido fray Diego Villalba, que la encontró entre otros objetos en la sacristía del convento. Pronto se extendió por la comarca la fama de la milagrosa imagen, protectora de los campos y de las huertas, que incluso, en ocasión de una terrible plaga de fiebres tercianas, salvó a los moradores de Huéscar de una segura mortandad.

Las plagas de langosta de los años 1707, 1708 y 1709 amenazaron gravemente la agricultura oscense. La gente del campo pidió que el Niño Jesús saliera en procesión. Se organizó ésta hasta la ermita del Ángel con toda la comunidad de frailes. Desde allí siguió con seis religiosos hasta San Clemente, donde permanecieron durante tres días, recorriendo los campos próximos. Al regresar la comitiva a la ciudad, y en vista del éxito obtenido, los labradores pidieron un novenario como rogativa, pero al sexto día se dejó caer una nube de langosta que cubrió totalmente los bancales, cuando estaban los frutos ya sazonados y a punto de recolectarse. Salió otra vez en procesión la imagen y en el plazo de una hora desapareció por completo la terrible plaga, sin haber causado casi ningún daño. Desde entonces empezó a llamarse a aquella talla del Niño Jesús "el Rey de los Frutos", porque los había librado de la destrucción.

En junio de 1709 se llevó la imagen a Orce, donde fue recibida con entusiasmo por el pueblo, que padecía los rigores de la acostumbrada langosta. Se celebró un novenario en su honor y la plaga remitió. Se le regaló al Niño un traje de seda en señal de gratitud. El regreso a Huéscar fue apoteósico: acompañaban al Rey de los Frutos tres banderas y muchos orcenses que disparaban sus escopetas durante todo el recorrido hasta que entraron en la ciudad a las siete de la mañana, mientras repicaban las campanas y se organizaba un rosario de la aurora. Los vecinos de Orce, agradecidos a la protección divina, regalaron a los franciscanos 30 fanegas de trigo. Al año siguiente donaron para el uso del Niño otro traje más valioso aún que el anterior.

Entre otros prodigios atribuidos a este Niño Jesús, Rey de los Frutos, destaca el caso siguiente: los fieles, agradecidos por sus innumerables favores, costearon la capilla donde se albergó la sagrada imagen. Terminada la construcción de ésta, mientras quitaban los andamios, un grueso tronco, de seis varas de largo, se desprendió y cayó sobre el joven religioso fray Francisco López, que ayudaba a retirar los escombros. El tronco le dio en el cuello y lo derribó en tierra sin sentido. Llevado a una celda, los médicos que lo atendieron no conseguían volverlo en sí. Los religiosos, ya sin esperanzas humanas de que se recuperara, llevaron a su lado la imagen del Rey de los Frutos y rezaron pidiendo su curación. Dos horas después, el herido lanzó un suspiro diciendo: "¡Ay Jesús mío!", y, viendo a su lado la imagen, se lanzó de un salto desde la cama, completamente sano, como si nada le hubiese ocurrido.

La capilla del Rey de los Frutos se terminó el día 15 de octubre de 1696, y en ella fue colocada la milagrosa imagen con gran pompa y asistencia del pueblo.

En 1746, gracias a las limosnas de los fieles, se hizo la capilla del Santo Cristo. En 19 de marzo de 1730 se había colocado en la iglesia una imagen de San José, tallada en Granada, costeada por el Administrador de Rentas D. Martín de Aguirre y Peralta, el mismo que diez años después donaría la de la Purísima.

Otra capilla estaba dedicada a la Purísima Concepción. La sagrada imagen fue regalada por D. Martín de Aguirre (13) en 1740 y se trajo desde la casa del donante en solemne procesión, a la que asistieron los dos cabildos. Delante del carro triunfal iban muchas niñas vestidas lujosamente: unas llevaban las cintas que salían del trono y otras, dirigidas por un religioso, iban danzando. En 1739 Antonio María Rosín había regalado una imagen del Ecce-Homo (14) (Santísimo Cristo de la Humildad) con su urna, que en 1760 fue colocada en el altar de la Concepción. Este mismo año, D0. María Antonia Ruiz Tauste (15) donó para la Virgen una cruz de oro con diamantes y unas pulseras también de oro, e Isabel Pareja un collar de perlas. El 27 de agosto de 1769, en solemne función religiosa a la que acudieron las dos parroquias y la comunidad de Santo Domingo, fue colocada la imagen de la Purísima en su nuevo camarín. Se organizó una procesión como nunca había habido otra: salieron en el magno desfile San Francisco, San Miguel, la madre Eva, Moisés, David, Asuero, Ester, Judit, San Antonio, Santo Domingo, San José, un coro de ángeles, el Rey de los Frutos, la venerable madre Agreda, Escoto y, por último, la Purísima Concepción. Acompañaban las hermandades con antorchas y una soldadesca tirando tiros. Y la noche anterior hubo iluminaciones en el pueblo. Lo nunca visto (16). Tomás López Cámara, muerto en 1774, dejó un legado de tres mil reales de vellón para ayudar a dorar el camarín de la Purísima. (17)

El convento disponía de un patio, en el que se encontraba un pozo, y un claustro con dos plantas. En 1677 se colocó en el patio una cruz de mármol (18), siendo Padre Guardián fray Manuel Rodríguez. Tanto el claustro superior como el inferior estaban decorados con pinturas, algunas de las cuales se conservan, aunque cada día más deterioradas. Entre los adornos vegetales en varios colores, en su mayor parte oscuros, destacan unos grandes cartelones dibujados, que imitan inscripciones, en los que pueden leerse poemas religiosos, posiblemente del siglo XVIII. Algunos de esos poemas, legibles hasta hace poco, son los siguientes:

Ya vuelbe â la Arca la paloma hermosa

Que nos trae en su pecho alegre indicio

De aver cesado ya la rigorosa

Tempestad, y de estar ya Dios propicio:

Vuelve María al templo, y obsequiosa

Haze â Dios de su Hijo sacrificio,

Que â Dios tan grato le es, y ella tan pura,

Que â todos todo bien nos asegura.



Baja del cielo Dios con gran riqueza

A enriquecer al Pueblo su escogido,

Según que su Divina, y Real Nobleza

Antes se lo tenía prometido:

Su Pueblo no lo admite; y de torpeza

Tan rústica, y brutal, Dios ofendido,

Mientras se haz su Pueblo tan gran daño

Se pasa â enriquecer â un pueblo estraño.



Sean diez, sean veinte, sean ciento,

Mil, un millón, millares de millares;

Más que las ojas que remueve el viento,

Y la arena, que ciñe tantos mares;

Sean en fin sin número ni cuento....



Son las manos de María

Canales por donde pasan

Todas las gracias de Dios

Que vienen a nuestras almas. (19)

En 1671 concedió el Ayuntamiento licencia para cortar 400 pinos, con cuya madera se construyeron la librería (20), el aula y algunas celdas. El Duque de Alba no quiso ser menos y concedió la madera de otros 500 pinos para colaborar con la construcción del convento. En 1687 Pedro de Sola Navarro regaló 6.000 reales, que se emplearon en construir un refectorio y una cocina, porque los anteriores eran muy pequeños.

RELIGIOSOS CON FAMA DE SANTIDAD EN EL CONVENTO DE HUÉSCAR

De entre los religiosos cuyos restos descansan en la cripta del convento oscense destacamos algunos de vida virtuosa y de recuerdo perdurable.

- Fray Luis Beltrán, natural de Navarra, hijo de Domingo Beltrán y María de Altabe, sintió muy pronto la vocación religiosa. Tomó el hábito de religioso lego en el convento de Totana, desde donde, al poco tiempo, pasó a Huéscar. Era de carácter cándido y compasivo, y tan austero que nunca comió carne ni pescado, ni bebió vino, sino que se alimentaba de un pedazo de pan y algunas hierbas o legumbres. Su cama era una simple tabla o algún retazo de estera.

Siempre buscó ser el más pobre de su comunidad, vistiendo sólo para ocultar su desnudez, no por abrigo. Se disciplinaba continuamente. Su modestia era tal que no levantaba los ojos del suelo y, cuando pedía limosna por los pueblos de la comarca, nunca se sentaba a las mesas a las que lo invitaban, sino que se conformaba con un trozo de pan que compartía con los pobres que encontraba por la calle. Era tan caritativo que a veces sus superiores le regañaban para que templase su generosidad con los pobres.

Enfermó de muerte por un agudo dolor de costado, y, estando en la agonía, le entró el escrúpulo de haber gastado mucho aceite, un bien escaso, durante el tiempo en que fue cocinero del convento. Un sacerdote despejó sus dudas haciéndole ver que no era el momento de detenerse en esas imaginaciones. Pidió a sus hermanos de religión que sólo le hablasen de la vida eterna y que colocasen su cuerpo en tierra para morir sobre ella. No le hicieron caso en su petición, pero él, en un descuido, se bajó del lecho y se arrojó al suelo. Sólo a la fuerza pudieron hacerle volver a la cama.

Recibió piadosamente los últimos sacramentos, y, tras esto, tuvo la visión de San Francisco, de Santa Clara y de San Diego, que llevaba en sus manos una cruz. Tuvo con ello mucho consuelo en sus momentos finales, ya que siempre había sido muy devoto de la Cruz. Mientras contaba la visión a su confesor murió aquel joven humilde y apasionado de Dios, el último día del año 1604, a las doce de la noche.

Algunas reliquias suyas, repartidas por Huéscar y su comarca, produjeron numerosas curaciones milagrosas, por lo que con rapidez se extendió la devoción a su memoria por nuestra tierra. Un vecino de Orce curó instantáneamente de su enfermedad al ser tocado con el hábito de fray Luis, y lo mismo le ocurrió a una mujer de Huéscar. Otra, también de Huéscar, recibidos ya los últimos sacramentos, estaba siendo asistida con las recomendaciones del alma, se encomendó a fray Luis y se restableció rápidamente. Un religioso del mismo convento oscense se vio a las puertas de la muerte por el dolor de costado y sanó en cuanto le aplicaron una reliquia del siervo de Dios.

- Fray Juan León Pérez había nacido en Huete (Cuenca), en el seno de una familia de moderada hacienda. Sus padres se llamaban Fernando Pérez y Luisa de Santa Cruz. Al llegar a la juventud se alistó en el ejército que luchaba en Flandes, pero, desengañado de la milicia, renunció a sus posibles y cercanos ascensos y volvió a España. Sin llegar a Huete, su tierra, solicitó el hábito de lego en la villa de Almenara, del reino de Valencia, y profesó en el convento de Benicarló, a los 37 años de edad, en 1581.

Su sencillez era tanta que no sólo obedecía a sus superiores, sino que aceptaba con humildad los criterios de los demás, porque pensaba que era necesario sacrificio el negarse su propia voluntad. Llevó el voto de pobreza al más riguroso extremo: no poseía más que un hábito y un rosario. Era caritativo con todos e incansable en la oración y en el trabajo. Algunas noches las pasaba en pie orando en la iglesia, y, cuando estaba fuera del convento, buscaba un lugar apartado donde meditar. Se cuenta de él que, estando en Alcantarilla (Murcia), presenció cómo dos hombres enfurecidos se disponían a batirse en duelo. Ya esgrimían las espadas, cuando el P. Juan León se arrodilló ante ellos, rezando interiormente, pero sin decirles ni una palabra. Ante aquella situación inopinada, asombrados de la actitud del fraile, los dos hombres se reconciliaron y se hicieron amigos.

A pesar de ir avanzando en edad, no dejaba, sin embargo, de mortificarse con disciplinas, ayunos y todo género de austeridades, incluso en medio de penosas enfermedades que lo debilitaban grandemente. Vivió muchos años en el convento de Murcia, dedicado a recoger limosnas por la huerta, lo mismo bajo los calores insoportables del verano que entre los rigurosos fríos del invierno.

Sucedió una vez que fue a pedir limosna de aceite a casa de una mujer que tenía por costumbre socorrerlo. Pero los tiempos habían sido malos y la pobre mujer, apesadumbrada, no le pudo dar más que una poca cantidad que le había quedado en la vasija, vacía ya la tinaja donde lo guardaba. Insistió tanto el fraile en solicitarle más aceite, que lo llevó donde estaba la tinaja para que comprobara por sí mismo la verdad. Metió confiada la mujer la mano y encontró admirada que no estaba vacía, que había suficiente aceite para la limosna y, reponiéndose de modo milagroso, para cuatro meses de gasto de la casa, y eso que cada mes consumía una arroba. Asombró este suceso a todos lo que supieron, no por boca de fray Juan León, que calló modestamente el prodigio.

Su castidad y pureza eran ejemplares. Nunca miraba a la cara a ninguna mujer, temeroso de caer en los riesgos del pecado. Un día fue a una casa donde solía descansar algunos ratos y, al entrar, se encontró con una moza a la que preguntó por sus padres. Ella le dijo que habían salido y que estaba sola. Salió el buen fraile con prisa por la escalera abajo, que era estrecha y oscura. Quiso la muchacha darle la mano para ayudarle a bajar, lo que rechazó el anciano. Molesta por lo que creyó que era un menosprecio, lo dejó bajar solo, resbaló y cayó desde lo alto de la escalera, y no solamente él, sino también una cesta de huevos que había recogido de limosna. Sorprendentemente, gracias a la divina Providencia, ni el fraile ni los huevos sufrieron daño alguno, aunque todos habían rodado de escalón en escalón.

Estando hospedado en una casa de amigos piadosos y de confianza, se retiró a descansar un rato. A la medianoche quiso levantarse para rezar y notó la respiración de otra persona que dormía en su misma cama. Extendió la mano en la oscuridad y tropezó con una cabellera de mujer. Se llevó tal susto que saltó de la cama dando gritos. Se despertaron los de casa y, trayendo luces, vieron que una muchacha, ingenuamente, se había acostado en un extremo del lecho, creyendo que no molestaría al anciano. Nunca más quiso volver a aquella casa.

Cumplidos sus 73 años pasó al convento de Huéscar, donde sólo vivió seis meses, porque el cambio de clima deterioró su salud y lo llevó a la muerte el año 1619. A los dos años se abrió su ataúd y se encontró incorrupto su cuerpo, sin más falta que una leve partícula de la nariz.

- Fray Juan de Flores, natural de Loja, era de familia bastante acomodada. Sus padres se llamaban Juan Flores de Laguna y Dª Ana Delgado. Desde los primeros años de su juventud se dedicó a gozar de la vida, llenando sus horas ociosas de placeres y de vicios. A instancias de sus padres se ordenó de diácono, pero no quiso hacerse sacerdote porque no deseaba cambiar de vida ni aceptar unas obligaciones que no pensaba cumplir. Gastaba sin miramiento la fortuna paterna en amoríos y francachelas, pero no carecía de virtudes: era capaz de quedarse sin comer si veía a algún pobre necesitado. Tal vez su generosidad alcanzó piedad del cielo cuando decidió mudar de costumbres.

De nada servían los consejos y las quejas de su padre. Él seguía su vida sin rendir cuenta a Dios ni a los hombres. Se juntó con una mujer, con la que tuvo dos hijos.

Una noche, en Loja, mientras estaba entretenido en sus deleites lujuriosos, oyó la campana que llamaba a maitines. Picado por la curiosidad, se acercó al convento cuando los frailes empezaban a rezar un salmo. Las primeras palabras que llegaron a sus oídos fueron: "Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo habéis de ser tardos de corazón? ¿Para qué amáis la vanidad y solicitáis la mentira?". Aquellos interrogantes le parecieron dirigidos a su alma por la voz de Dios. Siguió a la puerta de la iglesia hasta que los frailes acabaron los maitines. Después oyó cómo uno de los religiosos comenzaba una rigurosa disciplina azotándose la espalda. Aquello fue demasiado para él. Dio un gran golpe en la puerta y gritó llorando: "¡Basta ya, padre, basta, encomiéndeme a Su Majestad, que soy un gran pecador!".

Vuelto a su casa, meditó profundamente sobre su necesidad de volverse a Dios y dejar aquella vida de pecado. Comunicó sus inquietudes a un religioso de la misma ciudad de Loja y tomó al fin el hábito de penitente. Pero aún le quedaba pasar un momento difícil: hablar con la mujer que compartió sus días de vicio y convencerla para que cambiase, como él, de vida. Lo hizo y se vio recompensado, juntos hicieron penitencia y juntos se arrepintieron.

No quedó contento con esto el inquieto joven. En cuanto consiguió que su padre se hiciese cargo de sus dos hijos y de la madre de ellos para que no les faltase lo necesario, dejó en secreto su casa, su familia y su pueblo. Pasó por Granada, donde cambió su traje lujoso por los andrajos de un mendigo con el que se tropezó. Llegó hasta Valencia, donde le fue impuesto el hábito de franciscano descalzo el día 6 de mayo de 1628. Desde allí escribió cartas a sus familiares para explicar su determinación de tomar el estado religioso.

Su mortificación fue tan extremada que sólo comía unas pocas legumbres cocidas, acompañadas de agua fría, sin que le importasen su vejez ni sus constantes achaques. Se disciplinaba con mucha frecuencia, especialmente en el silencio de la noche, porque durante años se conformó con dormir sólo hora y media. Quiso apartarse tanto de las criaturas que un día escribió a su padre diciéndole que no esperase verlo ni recibir de él ninguna carta más, sino que dejase pasar lo transitorio de esta vida, que ya tendrían una eternidad para verse ante la presencia de Dios. Su madre murió, y hasta pasado un año no se enteró fray Juan del suceso. Varias veces le ofrecieron licencia sus superiores para visitar su pueblo y su familia, pero nunca consintió en ello, para no volver a ver el lugar donde había sido tan pecador.

Una vez el Padre Provincial se empeñó en que visitase a su gente, y que no aceptaba su negativa, porque había dado su palabra y no tenía más remedio que obedecer. No pudo fray Juan negarse, pero pidió que, ya que iba a volver al teatro de su vida licenciosa, le dejase llegar a Loja cubierto de cenizas y azotándose, y llamar a la puerta de su familia diciéndoles que si lo que querían era verlo, ya lo habían visto, y que, sin más conversación, se volvería al convento. Ante tan especiales condiciones, el testarudo fraile se salió con la suya y nunca más le propusieron ningún viaje a su tierra.

No solamente rehuía la compañía de los seglares, sino que, en cuanto terminaban sus obligaciones comunitarias, se encerraba en un silencio meditativo del que era difícil sacarlo. Cuando salía del convento iba siempre con un libro devoto y sólo cuando le insistían mucho hablaba con palabras medidas, fervorosas y eficaces que movían los corazones de los que lo oían. A veces llevaba debajo del manto una calavera en la que fijaba constantemente la vista.

Entre sus muchas cualidades destacaba, sobre todo, la humildad. Una vez, al pasar por una calle, vio a una mujer acongojada porque, llevando sobre la cabeza una tabla con panes para cocer, había tropezado y toda su carga había caído al suelo. El Padre Juan no sólo recogió los panes caídos, sino que cargó sobre su cabeza la tabla y la llevó al horno, sin importarle las burlas de la gente que lo observaba. Aunque por sus muchos años de religioso y por su estado sacerdotal le podía corresponder un puesto de honor en los actos de la comunidad, buscaba siempre algún motivo para colocarse en último lugar. Se complacía en recorrer las calles y las plazas de los pueblos recogiendo estiércol para el huerto del convento.

Hubo que presionarlo bastante para que aceptase el cargo de Maestro de Novicios, para lo que poseía indiscutibles cualidades. A veces le entraban dudas de que, habiendo sido tan pecador, estuviese en condiciones de celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Tuvo que intervenir el superior para obligarlo a dejar sus escrúpulos y que celebrase cada día. El manto que le dieron cuando entró en la orden, que ya estaba usado, fue el único que tuvo durante toda su vida, remendado por él mismo muchas veces. Recogía de la calle todo cuanto encontraba: trozos de lienzo y paño, alpargatas viejas, cabos de soga, etc., y, lavado todo, lo guardaba para cuando alguno de sus compañeros lo pudiese necesitar. Cuando iba a otros pueblos a pedir limosna, recogía haces de leña por el camino para llevarlos a los pobres.

Murió en Huéscar, ya anciano, el 18 de enero de 1659.

 

 

NOTAS


1.  Terminado junto con la iglesia (luego Teatro Oscense) en 1585.

2.  En su libro Crónica de la provincia de San Juan Bautista..., citado en la bibliografía.

3.  En los capítulos LXII a LXIV del libro segundo de su Crónica, cuyas fotocopias debo a la amabilidad del Padre Franciscano Fray Enrique Chacón Cabello, que las ha remitido desde Madrid. Fray Tomás Montalvo fue lector de Teología, Definidor general y Ministro Provincial de la provincia de San Pedro de Alcántara. En 1723, desde el convento de San Antonio de Padua de Granada, dio licencia para que fray Juan de Monreal publicase la vida de Francisca María de la Jara.

4.  La Provincia Franciscana Descalza de Valencia (San Juan Bautista) se dividió en 1661 y el convento oscense pasó a depender de la Provincia de Granada (llamada de San Pedro de Alcántara).

5.  Pocos años después, en 1612 (según Rubio Lapaz, 1614 según Gómez-Moreno Calera, que toma el dato de Montalvo), se fundó en Puebla de Don Fadrique el convento de franciscanos descalzos, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción. En nuestros días hemos visto, lamentablemente, su demolición. Lo mismo que ocurrirá, por desgracia, con el de Huéscar.

6.  El territorio donde posee jurisdicción el Padre Guardián de un convento se llama guardanía. La guardanía oscense se extendía, además de Huéscar, a Orce, Galera, Castilléjar, Cúllar y varios pueblos de la cuenca del río Almanzora.

7.  Días antes, el primero del mismo mes, el citado Obispo de Troya, a petición de Andrés de la Cueva, mayordomo Ade la cofradía de las gloriosas mártires Nunilona y Alodía@, con asistencia del clero y las autoridades, Afue a la ermita que de la advocación de las dichas gloriosas mártires la dicha cofradía tiene en la sierra que dicen la Sagra, al pie de ella, término y jurisdicción de la dicha ciudad de Huesca(r), y estando en ella vestido de pontifical con la solemnidad y ceremonias que manda el pontifical romano bendijo la dicha ermita, todo lo que es ámbito y cuerpo de iglesia, hasta la puerta, y luego Su Señoría, en el altar de la dicha ermita, dijo la misa de la bendición@. Según consta en documento que obra en el Archivo Municipal de Huéscar.

8.  En 1782, en el Responsorio de los sacerdotes oscenses a las preguntas del Arzobispado de Toledo sobre la ciudad, su situación y sus características, se narra con detalle este asunto, más de siglo y medio después de haber ocurrido. También lo relatan las crónicas franciscanas.

9.  San Pascual Bailón, pastorcillo aragonés, ingresó a los 20 años como hermano lego en los franciscanos descalzos. Fue gran devoto de la Eucaristía. Murió en Villarreal (Castellón) en 1392.

10. De su primera esposa, D0 Eugenia Orzáez, con quien casó en 1620, tuvo a D0 Pascuala Manuela García de Villanueva y Orzáez; y de la segunda, D0 Catalina de España, con la que contrajo matrimonio en 1638, tuvo a Juan Antonio García de Villanueva y España, escribano del cabildo en los años 1662 y siguientes.

11. La saga familiar de los Rato llena la segunda mitad del siglo XVII oscense y los primeros años del siguiente. Los hermanos D. Juan Pedro y D. Juan Bautista, hijos de Tulio Rato, naturales de Génova, señores del castillo y torre de Rati y sus tres villas, en Milán, ocuparon cargos de regidores en el cabildo de Huéscar. Casaron con mujeres de clase acomodada. D. Juan Pedro con D0 María de Buendía (en 1640). D. Juan Bautista contrajo matrimonio tres veces: en primeras nupcias con D0 Pascuala Manuela García de Villanueva y Orzáez (en 1649), hija del capitán Juan García de Villanueva y viuda de D. Baltasar de Balboa, señor de Cotillas y Casablanca; en segundas con D0 María Carrasco (en 1665), viuda de D. Juan de Villanueva; y en terceras, celebradas en la parroquia de San Pedro de Granada en 1676, con D0 Ana María de Andreo (o Andrade) Calderón, natural de Baza. Don Juan Bautista Rato fue nombrado el 10 de septiembre de 1659 familiar del Santo Oficio de la Inquisición. El hijo mayor de D. Juan Bautista, D. Juan Pedro Rato García de Villanueva, fue desde 1670 alférez mayor (al tiempo que su padre ostentaba, además del de regidor, el puesto de alcaide mayor), cargo que dejó vacante por voluntad propia en 1687. El hijo menor, D. Juan Félix, había nacido en Huéscar en 1675; fue inscrito en el registro bautismal de Santa María como hijo de padres no conocidos, y luego legitimado por el posterior matrimonio de sus padres en 1676. En 1713, los hermanos Juan Pedro y Juan Félix Rato solicitaron y alcanzaron el reconocimiento de su hidalguía.

12. En la bóveda de esta capilla fueron enterrados, entre otros, los restos de la venerada Francisca María de la Jara, muerta en olor de santidad, y de su buena amiga la beata Lorenza de San Pascual, ambas terciarias franciscanas.

13. D. Martín de Peralta y Aguirre, natural de Granada, contrajo matrimonio en 1728 con D0 Pascuala Martínez Carrasco y Acevedo. Muerta ésta, caso con D0 María Quiteria de Ortega y Tuesta, también de familia hidalga.

14. Por las trazas puede ser obra del bastetano José de Mora (1642-1724) o de alguien de su escuela.

15. D0 María Antonia Ruiz Tauste era hija de D. Andrés Ruiz Tauste y se había casado en 1758 con D. Bernabé Sánchez García, natural de Galera. Los Ruiz Tauste, que procedían de Yeste, eran vecino de Huéscar desde, al menos, 1550.

16. Este frenesí concepcionista fue muy propio de la España del Antiguo Régimen. Los cargos públicos juraban, en sus tomas de posesión, defender la Purísima Concepción de María. Por citar un ejemplo, en 1757, a D. Antonio Troyano se le dio posesión en el Cabildo Aprecediendo el juramento acostumbrado que en dicho título se manda, y con efecto habiendo entrado en este ayuntamiento el expresado don Antonio Troyano en manos de dicho señor gobernador juró por Dios Nuestro Señor y una señal de Cruz en forma de derecho defender la Purísima Concepción de María Santísima@. Sor María de Jesús de Agreda (1602-1665), la consejera y confidente del rey Felipe IV, era religiosa franciscana y tuvo revelaciones sobrenaturales. Juan Duns Escoto (c. 1265-1308), el ADoctor sutil@, sacerdote franciscano, de gran fama en la Edad Media por su oposición a la filosofía tomista.

17. Y otros mil reales al hospital de San Ildefonso.

18. Costeada por los hermanos terceros.

19. Las dos primeras estrofas son octavas reales (11A 11B 11A 11B 11A 11B 11C 11C), la tercera es otra octava real incompleta, porque sus tres últimos versos han sido raspados, y la última estrofa es una copla (8- 8a 8- 8a).

20. La librería (biblioteca) medía 17 varas y media de largo por más de 6 de ancho. Si la vara equivale, según el Diccionario de la Real Academia Española, a 835 milímetros y 9 décimas, la biblioteca conventual era una habitación de cerca de 75 metros cuadrados.

 


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