HUÉSCAR Y SUS PARROQUIAS

Gonzalo Pulido Castillo

 En julio de 1488, las tropas cristianas del rey Fernando el Católico entraron en Huéscar para hacer efectiva la entrega de la población, tal como las autoridades musulmanas habían acordado para su rendición. Pocos días después fueron firmadas en Murcia las capitulaciones correspondientes, en las que se reconocía a los moriscos el derecho a mantener sus costumbres y su religión.

Por ese mismo tiempo, la mezquita principal fue consagrada como iglesia cristiana, en nombre del Cardenal Mendoza, Arzobispo de Toledo, bajo la advocación de Santa María de la Encarnación. El edificio, pequeño y ruinoso, fue demolido poco después y, en 1494 (el domingo 17 de junio), fue bendecida una nueva construcción alzada en su solar, también en nombre del Cardenal Mendoza, por el primer obispo de Guadix tras la Reconquista, Fray Gaspar de Quijada.

Este templo fue levantado gracias a la generosa ayuda del conde de Lerín y de su piadosa esposa, Dª Leonor de Aragón, hermana del rey Fernando. Fue de patronato de los condes de Lerín y luego de los duques de Alba. En 1504, el accitano obispo Quijada lo dedicó a Santiago Apóstol, patrón de Huéscar, y lo erigió como nueva parroquia, ya que en 1501 se habían iniciado las obras de otra iglesia parroquial, levantada en las afueras de la población: Santa María “la Mayor”.

Santiago fue parroquia hasta 1902. Según el “Responsorio de los curas propios de Huéscar”, solicitado por el Arzobispo de Toledo en 1782, “esta iglesia es muy reducida y su construcción regular; tiene cuatro beneficiados, un cura y cuatro capellanes, éstos con la precisa obligación de vestirse de diácono y subdiácono los domingos y días festivos; tiene también un sochantre y un organista para oficiar la misa y entonar las vísperas”.

A lo largo del siglo XVI fueron edificándose las principales ermitas en lugares extramuros de la primitiva población: en los primeros años del siglo se levantaron la de las Santas, a iniciativa del Conde de Lerín, y la de la Paz (hoy dedicada a discoteca);  luego lo fueron la de la Aurora, la de San Sebastián (hoy de la Soledad), la del Ángel, la del Calvario, la de San Bartolomé, la de Santa Quiteria (estas dos desaparecidas) y la de la Virgen de la Victoria, que se alzó para conmemorar la victoria cristiana sobre los moriscos sublevados de esta zona en noviembre de 1569 y que hoy es una ruina a la espera de su destrucción definitiva. Por último, en la segunda mitad del siglo XVII se levantó una ermita dedicada a la Virgen de la Cabeza, costeada en principio por ganaderos oscenses de origen navarro, en la cima del macizo de Marmolance. Pocos años después, en la segunda década del XVIII, se estaba construyendo una segunda ermita dedicada a la misma advocación, pero ya en la falda de la sierra. La de arriba estaba arruinada; aún hoy pueden verse sus restos.

El convento y la iglesia de los Padres Dominicos empezaron a construirse en 1547; los frailes franciscanos llegaron a Huéscar en 1602 y en marzo del año siguiente ya habían puesto las primeras piedras de su iglesia y convento, éste siempre repleto de vocaciones. Ambos conjuntos religiosos fueron desmantelados por las desamortizaciones del siglo XIX y sufren una prolongada agonía que, en el caso de San Francisco, no parece tener ninguna solución. El convento de la Madre de Dios, de religiosas dominicas, fue comenzado en 1612. El beaterio de Santa Ana, cuya fachada daba a la calle de las Tiendas, desapareció en el siglo XVIII.

Aunque algunas cofradías habían empezado su andadura a lo largo del siglo XVI, la siguiente centuria fue determinante en la fundación de nuevas hermandades, algunas de las cuales no sobreviven la actalidad.

El templo de Santa María la Mayor fue iniciado en estilo gótico bajo la dirección de Enrique Egas y Jacobo Florentín. Los cardenales toledanos Mendoza y Cisneros apoyaron decididamente su construcción. A la muerte de éste último, en 1517, las obras se detuvieron por más de 10 años. Sólo se habían concluido el ábside, el crucero y la extraordinaria portada de la Sacristía Vieja (hoy Museo parroquial), joya del último gótico o estilo Isabel.

Entre 1530 y 1536, Alonso de Covarrubias y Diego de Siloé tomaron la dirección del proyecto y lo fueron transformando de gótico en plateresco, estilo propio del primer Renacimiento. Se encargó de las obras Andrés de Vandelvira. En estos años se llevó a cabo la bóveda de la Sacristía Vieja.

Hasta aproximadamente 1580 se fueron realizando las obras que cambiaron definitivamente el primitivo proyecto gótico en otro plenamente renacentista. Para ello se rebajó la altura del interior mediante la colocación de bóvedas que dejaron sin utilidad las primeras ventanas. Sobre el ábside mayor se construyó una concha acasetonada, propia del gusto de Siloé. El templo se fue convirtiendo en una iglesia de salón con tres naves de la misma altura, separadas por dos hileras de tres columnas corintias. Otras dos columnas empotradas sostienen el arco triunfal que abre la capilla mayor.

La arquitectura barroca, entre 1625 y 1765, culminó la obra de la iglesia. Abandonada por falta de recursos económicos la primera idea de levantar una torre a la izquierda de la fachada principal, se edificó entre 1625 y 1635 otra de ladrillo siguiendo el exacto perímetro de la capilla mayor. Por los mismos años se construyó un magnífico retablo para el Altar mayor (destruido en agosto de 1936), al que siguieron otros más, entre los que destacó el de la Virgen Dolorosa (también destruido). La capilla de San Antón, con interesantes yeserías, se llevó a cabo hacia 1680 (aunque la reja que la cierra es de 1898). El coro, creado por el oscense Jerónimo Caballero, fue acabado en 1728, como atestigua una inscripción sobre el sitial que lo preside. La construcción del órgano corrió a cargo de Matías Salanova, célebre organero valenciano, que lo finalizó en 1777.

Y ya parecía ultimada la obra comenzada en 1501. Por desgracia, la incultura y el resentimiento acabaron con el patrimonio artístico que la fe de los siglos había acumulado: en agosto de 1936 fue destruido o robado casi todo lo que contenía el templo parroquial. Quedó en pie el edificio y, tras la guerra, muy lentamente, la parroquia volvió a vivir. Igual ocurrió con hermandades y cofradías, que se vieron obligadas a renacer casi desde las cenizas.

Hoy la parroquia de Santa María es una comunidad viva e ilusionada que, cuajada de tradiciones centenarias, se abre al futuro con entusiasmo.

(Publicado en el catálogo "Huéscar. Ut quid perditio haec" de la Exposición de Arte Sacro del Arciprestazgo de Huéscar-La Sagra. 2005)


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