Fragmentos de historia oscense

 

UN MANUSCRITO DE 1882 SOBRE EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO DE HUÉSCAR: LOS APUNTES DE DON ANTOLÍN NAVARRO, SACRISTÁN DE SANTA MARÍA.


Gonzalo Pulido Castillo

RESUMEN

Los padres franciscanos fundaron su convento en Huéscar en 1602. Hasta que la política desamortizadora les arrebató sus edificios, participaron activa y eficazmente tanto en el fomento de la religiosidad popular como en el desarrollo cultural de la sociedad oscense. Medio siglo después de la Desamortización, el entonces sacristán de la parroquia de Santa María, D. Antolín Navarro, conoció un libro de acuerdos, hoy desaparecido, de la comunidad franciscana y lo resumió en un cuaderno que ha llegado hasta nosotros.


PRESENTACIÓN

Nacido en Huéscar en 1813 (1), Antolín Navarro Casanova era hijo de Tomás Navarro Fernández, de oficio sirviente (2) y, desde 1831, sacristán de la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, y de Juana Casanova Poveda, casados en la misma parroquia en 1804. Cursó estudios eclesiásticos y llegó a recibir la tonsura. No alcanzó el estado sacerdotal, pero dedicó el resto de su vida al servicio de la iglesia de Santa María como sacristán, cargo en el que sucedió a su padre (3). Alcanzó el grado de sacristán mayor. Vivió siempre soltero, en la casa de la calle Campanas que había sido el hogar paterno. Los estudios realizados le hicieron ser un hombre culto y preocupado por los temas históricos y religiosos, como tantos eruditos locales que han dedicado tiempo y esfuerzo a recoger para nosotros noticias, resúmenes de hechos y anécdotas que conforman lo que se conoce como "pequeña historia", más importante de lo que parece..

Tras una dilatada vida dedicada por entero a la iglesia (el entonces párroco D. Victoriano Vera y Carrillo escribió de él que murió "tras setenta años de buenos servicios") D. Antolín Navarro entregó a su alma a Dios el 23 de junio de 1898, ya octogenario, a consecuencia de una gripe primaveral (4). Se le hizo entierro solemne de segunda clase y fue inhumado en el cementerio de la Victoria, camposanto que pocos años más tarde, entrado ya el siglo XX, fue clausurado (5). Se dijeron por su alma cincuenta misas rezadas, como había dejado señaladas en su testamento.

En 1882, cuando contaba ya con cerca de 70 años, Navarro leyó un libro de acuerdos escrito por los frailes franciscanos con los anales de su convento desde su fundación hasta los años anteriores a la Desamortización, cuando la comunidad renacía de sus cenizas tras la invasión francesa. Anotó lo que le llamó la atención, anécdotas y hechos sucedidos a los largo de los siglos XVII y XVIII, y formó con ello un cuaderno de 46 páginas en formato 11 x 16 cm. (título en la 1ª, en blanco la 2ª, reseña y firma en la 45ª y en blanco la última).

La letra del documento (6) es generalmente legible, pequeña, con algunas abreviaturas, con enmiendas, tachaduras y aclaraciones entre líneas, como si se tratara de un borrador que luego no se pasó a limpio. En algunos casos no resume el texto que tiene delante, sino que lo copia directamente, como en la página 43, en donde dice: "fray Miguel y yo, fray Francisco Torralbo, hicimos una cuestación..."; y más adelante dice que "conseguimos todo lo que deseábamos...". Ya sea copia o extracto, debemos a la curiosidad intelectual del sacristán de Santa María un documento importante para el conocimiento de la trayectoria de los religiosos franciscanos en Huéscar durante gran parte de la historia moderna de la ciudad.

Noticias referentes a la fundación del convento de N. P. S. Franco de esta ciudad de Huéscar, sacadas de un libro de acuerdos de dho combento.

En 31 de octubre de 1602 años se otorgó escritura de venta por Juan Nieto y Francisca Ruiz, su mujer, de una casa y huerta llamada de la Tarazana (Atarazana), a favor de D. Fernando Brabo de Rojas, síndico de los padres franciscanos, en 220 ducados, para levantar el convento e iglesia que habían de habitar Fray Francisco Veneciano, guardián, y demás compañeros.

En la tarde del 6 de octubre, domingo, de 1602 (7) tomaron posesión los padres fray Francisco Veneciano (8), guardián, fray Juan de Robles, natural de Huéscar, fray Cristóbal Vela, natural de la Puebla, y fray Andrés López, de la misma, acompañándoles el Sr. Vicario D. Fernando González de la Laguna, de la iglesia de San Sebastián (hoy Nuestra Señora de la Soledad), que les había de servir de convento hasta la construcción del que se estaba para edificar.

En 31 de octubre de 1602, los antedichos padres tomaron posesión de la casa y huerta de la Tarazana para principiar la obra del convento e iglesia.

En 1º de noviembre de idem pusieron la campana de San Juan (9) e hicieron el altar donde se quemó la pólvora que tenían preparada para solemnizar la fiesta.

En 9 de noviembre de idem, sábado, por la mañana, se bendijo la iglesia (10) y se celebró la primera misa por fray Diego Mendiola (11), siendo nombrado su primer presidente. En 21 de noviembre de 1602 se reunieron el clero de Santa María, la comunidad de Santo Domingo, la de San Francisco y el Ilustre Ayuntamiento de la misma ciudad con todas las cofradías, llevando sus estandartes, y gremios, y poniendo a Su Divina Majestad en andas de plata trasladaron en solemnísima procesión al Santísimo Sacramento, acompañando la música; y luego que finalizó dicha procesión fue colocado por el Sr. Vicario el Santísimo Sacramento en el sagrario que estaba ya preparado.

En 19 de marzo de 1603, día de San José, se reunieron el clero y frailes franciscos con el gobernador y Ayuntamiento; fueron en procesión al sitio que fue de Diego Arnaute Navarro, en donde estaba demarcado el local que había de ocupar la iglesia y convento de San Francisco e improvisado un altar en donde estaban colocadas las primeras piedras labradas que habían de ser colocadas en el cimiento, las que bendijo el Sr. Vicario antedicho, según costumbre, y tomando la primera y, entrando por la abertura que se había hecho en el cimiento, la colocó, ayudándole los albañiles llamados Damián Pérez y Gonzalo López, y después dio otra piedra al licenciado Luis Vela Muñoz, gobernador de Huéscar; después, otra (a) Juan Martínez Carrasco, alcalde y regidor; después, otra a Pedro Desbuso (?), administrador de Hacienda Real; y después, otros varios colocaron otras piedras; y finalizado el acto, se volvieron a la parroquia.

En 5 de septiembre de 1603, fue invitado el Ilmo. Sr. D. Melchor de Vera y Soria, obispo de Troya, que había venido a hacer confirmaciones, para que bendijese todo el ámbito que había de ocupar la iglesia y convento de San Francisco, lo que se efectuó con solemnidad pontifical y mucho acompañamiento (12).

En 4 de diciembre de 1603 se concedió por el Ayuntamiento y D. Juan de Maza que la acequia de la Noguera entrase por dentro de la huerta de San Francisco y por las propiedades de dicho D. Juan de Maza. En 1671 concedió la ciudad de Huéscar 400 pinos para la construcción de la librería, aula y algunas celdas.

El Sr. Duque de Alba, para el mismo objeto, concedió 500 pinos. En 1677 se colocó en el patio de San Francisco la cruz de mármol (13), siendo Guardián fray Manuel Rodríguez.

El padre fray Gregorio Romero, confesor de la hermana Francisca María de la Jara, fue electo Guardián para el convento de Huéscar en el Capítulo General que se celebró en convento de Santa Cruz de Loja en el año de 1681 (14).

En 1682, en 25 de abril, se trajeron a sepultar los restos mortales de la venerable hermana Francisca María de la Jara (15), porque estaba determinado por la parroquia que su entierro se había de hacer en Santa María y, sin esperarlo, se condujo al cadáver al convento, sin saber quién lo había dispuesto y sin oposición del clero (16).

En 1687, Pedro de Sola Navarro dio para seguir la obra del convento seis mil reales, con cuyos fondos se hizo el refectorio De profundis y cocina, que eran muy pequeños.

En 1707 y 708 hubo langosta, y continuó el 1709, por lo que mandó el gobernador mucha gente para destruir y quemarla, y además pidieron los labradores que se hiciese una solemne procesión con la imagen del Rey de los Frutos (17), lo que, consultado con los religiosos, se convino en hacerla en dicho día 22 de mayo y, formada la procesión hasta el Ángel con toda la comunidad, desde allí siguieron seis religiosos hasta San Clemente de Guardal, en cuya ermita (que entonces no era parroquia) se pernoctó, y desconfiando que la cera que llevaban durase para los 3 días que habían de estar allí, depositada la dicha y del Rey de los Frutos en dicha ermita, se presentó una labradora con un candil y un poco (de) aceite en la alcuza, y, apagadas las velas, encendieron el candil que venía preparado, el cual estuvo ardiendo más de 24 horas ante la Divina Imagen sin haberse consumido el que le pusieron la primera vez. A las 6 de la mañana salieron los religiosos en procesión por aquellos campos, confiados en que el que multiplicaba el aceite del candil también extinguiría la langosta, como así sucedió, que, alzando vuelo, desapareció sin haber causado daño alguno. A los 3 días regresaron los religiosos a la ciudad.

En vista del beneficio que se había conseguido, pidieron los labradores se le hiciera un novenario de rogativa para que nos librara de azote que por todas partes nos amenazaba, y al sexto día, rezando vísperas los religiosos, fue tal la nube de langosta que se dejó caer en toda la vega que quedaron cubiertos los bancales en tal estado que las mieses se doblaban al peso de los insectos y después aún continuaba pasando aquella nube, pero inmediatamente los religiosos pusieron en andas al Niño Rey de los Frutos y, saliendo en procesión de rogativa cantando las letanías, la que duraría una hora, en cuyo tiempo desapareció levantando vuelo, quedando la vega cuasi limpio (sic) de aquella plaga, y los pocos bichos que quedaron no se advirtió que hiciesen daño alguno, por cuyo motivo se principió a lla(mar)le al Niño "Rey de los Frutos", pues los había preservado de su exterminio.

Al año siguiente, hallándose los vecinos de la villa de Orce tan afligidos o más que los de Huéscar por la misma causa de la langosta, no pudiendo las fuerzas humanas extinguir tan horrorosa plaga, acudieron al que todo lo puede, convencidos de lo que había sucedido en Huéscar; pasó una comisión de la villa de Orce con encargo de pedir a la(s) autoridades, tanto eclesiásticas como civiles, y especialmente a los religiosos de Nuestro Padre San Francisco, licencia y concesión para llevar en rogativa al milagroso Niño Rey de los Frutos, y, conseguida la licencia, se organizó una solemne procesión, viniendo la mayor parte del pueblo de Orce a recibir al Rey de los Frutos (en primero de junio de 1709), que era conducido por los habitantes de Huéscar también en procesión. Cuál fue la alegría a la entrevista de los dos pueblos no es fácil expresarlo, pues los unos, por no desprenderse de lo que amaban, lloraban, y los de Orce, porque esperaban el alivio a su angustia, gritaban y vitoreaban frenéticamente. Despidiéndose los dos pueblos con condición que el Niño Rey de los Frutos sólo estaría en Orce tan sólo el tiempo necesario para el novenario y fiesta de acción de gracias, regresaron los de Huéscar, y los de Orce llevaron al Divino Niño para hacerle el novenario prometido, acompañándole cuatro religiosos y 30 hombres para llevarle en hombros y con hachas encendidas hasta que llegaron a la dicha villa, que llena de gozo y alegría salió toda a recibirle. Todas las tardes se hizo una procesión (durante el novenario) con el Rey de los Frutos por la vega, que estaba inundada de langosta, y fue tal el milagro que desapareció sin haber causado daño, a pesar de la multitud que había sobre las mieses y legumbres..

Por lo que, agradecidos los vecinos (concluido el novenario), le hicieron una solemnísima función y procesión de acción de gracias por todas las calles, las que fueron engalanadas con todo lo más rico que poseían todos los vecinos, habiéndole hecho un vestido de muy buena tela de seda, el cual fue regalado para la divina imagen en agradecimiento por tanto beneficio. La víspera de la despedida del Divino Niño estuvo la iglesia toda la noche abierta, que no cesaron de frecuentar los vecinos para despedirse de "aquel" de quien tantos beneficios habían recibido, y a las tres de la mañana del siguiente día se formalizó la procesión para trasladarlo al Divino Niño a esta ciudad, acompañándole un crecido número de vecinos que venían escoltando la divina imagen con 3 banderas y sus jefes disparando continuamente en todo el camino, y los demás con hachas encendidas hasta llegar a Huéscar, que fue a las siete de la mañana, habiendo salido a recibirle la ciudad y la comunidad de Nuestro Padre San Francisco; y cuando entró en Huéscar fue recibido con general repique de campanas, autoridades, parroquia y el Rosario de la Aurora; de este modo fue a hospedarse en el convento de la Encarnación y, después de descansar un rato, continuó la procesión hasta llegar a Santa María y después a San Francisco.

Los vecinos de Orce, agradecidos a tantos beneficios, nombraron un comisario para que hiciera una cuestación de entre todos sus compatriotas, reuniendo 30 fanegas de trigo que fueron entregadas al Guardián de San Francisco, que era fray Francisco Garrido. Al año siguiente, año 711 (18), reunidos los principales sujetos y los más acomodados de la villa de Orce, agradecidos a tantos beneficios como habían experimentado, reunieron una respetable suma con la que le costearon al Rey de los Frutos otro magnífico traje de mucho más valor que el del año anterior.

En el año de 1710 se declararon unas tercianas tan perniciosas en la villa de Orce, por haber sido el año muy cargado de aguas, que, corriendo por la Cañada de Vélez en abundancia, llegaron a corromperse en tal manera que causaron (sic) dicha enfermedad la muerte a más de 30 personas, llegando al extremo de no haber quien diese sepultura a los que fallecían, por lo que fue tal el terror que se apoderó de los vecinos que llegó a no auxiliarse cristianamente, por lo que, acompañando dos o tres religiosos al Guardián, condujeron secretamente al Divino Niño con la decencia y religiosidad que requería el acto, llegaron a la villa de Orce y, noticiosos los pocos que aún quedaban salvos del contagio, se improvisó una procesión de recibimiento y fue conducido a la iglesia en brazos del Guardián. Tres días estuvo en Orce el Rey de los Frutos, en cuyo tiempo no cesaron las visitas para pedirle les librara de aquellas tercianas tan perniciosas, en cuyo tiempo reconocieron alivio y consuelo.

En el año de 1718, a la una y media del día, se declaró un incendio horroroso por las puertas que dan al campo y, comunicándose a los pajares y caballerizas que estaban contiguos a la librería, fue necesario que inmediatamente de desocupase ésta, trasladando todos los volúmenes a otro lugar seguro, y noticiosa la población del siniestro que afligía a los religiosos franciscanos de esta ciudad, inmediatamente se presentaron con las autoridades eclesiásticas y civiles para auxiliar y dar disposiciones para extinguir el incendio, y, habiendo hecho todos los vecinos actos de arrojo y valor, se logró extinguir el fuego, que a no haberse cortado tan pronto (no sin exponerse muchos vecinos a caer entre las llamas), se hubiera quemado el camarín de la Purísima y resto de la iglesia. Una cosa notable se efectuó en aquel laberinto y aflicción en que se hallaron los religiosos, pues exponiéndose muchos hombres por cortar el fuego, uno de ellos se deslizó desde lo alto en que estaba y, cayendo en medio del fuego, salió ileso de entre las llamas para continuar su trabajo hasta extinguir el fuego.

También fue cosa notable que, en la confusión que hubo para trasladar la librería y demás cosas que fue necesario transportar, no se extravió ni se echó de menos lo más insignificante, tal fue el interés que se tomó la población por sus queridos religiosos, y aún es más: de los cántaros, calderos y demás cosas que trajeron para conducir agua para cortar y apagar el fuego, no se perdió tampoco nada; ni en todo el convento, que estuvo abierto por todas partes, no se echó de menos lo más mínimo. Y para probar cuál era el cariño que Huéscar profesaba a los religiosos franciscos, en el mes de septiembre inmediato ya estaba reparado todo lo que el incendio había consumido, como si no hubiese sucedido tal incendio.

En octubre de 1724, Manuel Rodríguez, vecino de Huéscar y labrador en Campofique (19), hizo una invitación al Guardián de San Francisco para que pasasen a su cortijo todos los religiosos (que eran cuarenta y dos), a los que sustentó desde el martes, que fue el día que marcharon, hasta el sábado en la noche (se exceptuaron seis coristas y el padre maestro, que no estuvieron más que un día, los restantes continuaron hasta que finó el sábado, que regresaron).

En 19 de marzo de 1730, a las 8 de la noche, con asistencia de la comunidad y la mayor parte del pueblo, se trasladó la imagen de San José, que la costeó el Administrador de Rentas D. Martín de Aguirre y Peralta (20), la que fue hecha en la ciudad de Granada; por lo que en seguida se le hizo un novenario, predicando cada noche un religioso.

En el año de 1733 concedió la ciudad de Huéscar quinientos pinos, limosna que libró para ayuda del Sagrario. En el dicho año de 33, en junio, se declaró en el convento de San Francisco una plaga de tabardillo y tercianas que duraron hasta diciembre del mismo, no bajando de 14 a 15 los que había de continuo, de manera que pocos se libraron de la contagiosa enfermedad, a pesar de ser la comunidad de cuarenta, por lo que se retrajeron de venir al convento hasta los más devotos y protectores, pero no nos abandonaron para aliviarnos con todo lo necesario hasta que se extinguió el contagio, no habiendo muertos más que tres en toda la temporada, y cuasi la mayor parte estuvieron administrados y oleados, siendo la causa de aquel contagio la estrechez (en) que vivían, por ser el número de celdas muy reducido, y muy pequeñas, y carecer de enfermería.

La librería constaba de 17 varas y media de largo y más de seis de ancho (21).

En el año de 1734 se invirtieron para mejorar el convento y adecentar celdas y demás oficinas que carecían cuatro mil reales en metálico y cuasi otro tanto en manutención para aquellas personas que conducían los materiales de limosna y los que trabajaban lo mismo como carpinteros, albañiles y peones. Para este gasto tan grande concurrieron los habitantes de esta ciudad, que ofrecieron muchas limosnas, los de la villa de Orce y demás pueblos de esta guardianía, que también ofrecieron según sus fuerzas.

Entre los que suplieron y ayudaron personalmente fue el principal D. Damián Vázquez de Quebedo, que hizo como tesorero, e interesándose como si hubiera sido obra propia. Por lo que al morir, que fue el 36, se le hicieron las exequias como a un religioso de este convento, conducido por seis de los mismos y aplicándole las misas y demás sufragios como (a) un individuo de dicha comunidad. A la muerte de D. Damián, su hijo D. Andrés, que quedó menor de edad, fue recibiendo las cantidades, y en mayo del mismo año sólo se le adeudaban 2.500 reales, según se liquidó con D. Manuel de Buendía, su tutor y curador.

En el mes de marzo de 1736 murió D. Alejo Toral, síndico que era de Nuestro Padre San Francisco y cura propio del señor Santiago. Fundó un octavario de misas cantadas con sermón a la Purísima Concepción, que se habían de celebrar en el convento de Nuestro Padre San Francisco y se pagarían de los fondos del caudal que por su muerte quedaría; y después este octavario se trasladó a la iglesia de Santa María, hasta que el año de 1809 se vendieron las fincas que estaban afectas al pago, por el Gobierno.

En el año de 1739 regaló al convento de San Francisco Antonio María Rosín la imagen del Ecce Homo con su urna.

En el año de 1740 se regaló por D. Martín de Aguirre la imagen de la Purísima Concepción, la que se trasladó de su casa, asistiendo los dos cabildos, eclesiástico y civil, las dos comunidades de San Francisco y de Santo Domingo y todo el pueblo, haciéndose una solemnísima función en la que celebró el Sr. Vicario, y por la tarde una procesión general a la que concurrieron los pueblos circunvecinos, siendo colocada la divina imagen en carro triunfal, yendo vestidas muchas niñas lujosamente, y colocada ya en el carro y llevando las cintas las que iban danzando delante dirigidas por un religioso.

En el año de 1746 se hizo la capilla del Santísimo Cristo con las limosnas de los fieles.

En el año de 1750 se hizo una procesión de rogativa con Nuestro Padre San Francisco por la falta de agua para los campos y se consiguieron como se había pedido y se remedió con los campos y sus frutos.

En 14 de enero de 1751, día en que se celebraba la festividad del Dulce Nombre de Jesús, al principiar los maitines, se encontraba el Guardián de San Francisco, D. Juan de Arroyo, tan apurado para el sostén del convento y principalmente de aceite, pues no tenía ni para el gasto de la comunidad ni para las lámparas de los sagrarios y demás que ardían de continuo, y pidiendo en los maitines con gran fervor al Divino Niño Rey de los Frutos que le sacara de aquel apuro, antes de anochecer se presentó un arriero devoto del Río de Almanzora (en cuyo término iban a predicar los religiosos) con una carga de aceite sin exigirles que le encomendasen a Dios y sin manifestar quien lo mandaba.

En 1752 se declararon en el convento de San Francisco unas tercianas malignas que desde junio hasta noviembre de idem no bajó el número de enfermos de veinte, de 40 que eran los de comunidad, no faltándoles ni medicina ni recursos costeados por este devoto pueblo, por lo que, afligida la comunidad, en una solemne procesión subieron al Niño Rey de los Frutos por el lugar donde estaban los enfermos, y tan gran visita los fortaleció de tal manera que desde aquel día se principió a reconocer mejoría.

En 1º de noviembre de 1755, al principiar la misa en el convento de Nuestro Padre San Francisco, al decir "Oramus te, Domine" el sacerdote principió el terremoto universal que se experimentó en todo el globo (22), se desprendió la imagen de San Francisco que estaba encima de la boca del camarín de la Purísima Concepción dando de cabeza sobre ara y cáliz que estaba preparado para el Sacrificio, (a)bollando éste y destrozándose la imagen cabeza y manos, sin tocar al celebrante en lo más mínimo, y después, dando un segundo vuelco, cayó en medio de cuatro coristas que ayudaban la Misa sin ofender a ninguno.

Los dos años siguientes se declaró la langosta con mucha furia y se hicieron rogativas con el Niño Rey de los Frutos para (que) cesara el contagio.

En el año de 1760, siendo Guardián fray Pascual Fernández, se colocó el Santísimo Cristo de la Humildad (o Ecce Homo) en el altar de la Purísima Concepción; donó un adorno de oro para la Purísima D. Antonio Ruiz Tauste, consistente en una cruz de oro con diamantes, unas pulseras todo de oro, y un collar de finísimas perlas regalado por Isabel Pareja.

En 27 de agosto de 1769 se celebró una solemnísima procesión con asistencia de las 2 parroquias y la comunidad de Santo Domingo por la colocación de la Purísima Concepción en su nuevo camarín; en cuya procesión se llevaron las imágenes y personajes bíblicos siguientes: San Francisco, San Miguel, la madre Eva, Moisés, David, Asuero, Ester, Judit, todos con sus trajes adecuados, San Antonio, Santo Domingo, San José, un coro de ángeles, el Rey de los Frutos, la venerable madre Ágreda y Escoto, y últimamente la Purísima Concepción; todos los hermanos con hachas y una soldadesca tirando tiros (la noche anterior hubo iluminación). Tal fue la solemnidad, que dudaban los vecinos se hubiera hecho otra procesión igual.

En el año de 1810, siendo Guardián fray Manuel Molinero, principiaron los disturbios (por esta población) que motivaba la Revolución Francesa, y reunidos los religiosos de más ancianidad y respeto determinaron que las alhajas (del convento de Nuestro Padre San Francisco) de valor se depositasen en casas de mayor importancia para su custodia, hasta que cesase la Revolución Francesa que se había apoderado de toda España, lo que se puso en práctica, siendo éstas de iglesia, sacristía y cocina. Después de haber dado estas disposiciones por la comunidad, el día 17 de julio de dicho año se presentó en este convento el Secretario provincial fray Antonio Valenzuela con orden superior para gobernarles, y habiendo tomado posesión, a los pocos días, el corregidor de ésta con un escribano se presentaron y le notificaron que por orden del Rey intruso José Bonaparte se mandaba expeler y secularizar a todos los individuos de aquella comunidad. Mandó a la vez que ningún individuo de que se componía la comunidad tenía derecho ni opción para extraviar ni llevar nada de lo que se guardaba en el convento, por lo que se haría un inventario de todos sus muebles y alhajas y cerrarían el convento y pondrían en custodia. Y puesto en ejecución lo mandado, pudo nuestro padre Valenzuela conseguir de la autoridad que le nombrasen depositario con el objeto de evitar cualquier desmán de destrucción que podía originarse, mas luego que le notificaron que se había destinado el convento para cuartel, tabicó la librería, clavó las puertas del coro e iglesia, y vestido de seglar quedó a la mira para ver si podía evitar la destrucción y desmejoramiento del convento.

Luego que principiaron las tropas a invadir el convento, es incalculable ponderar los trabajos y disgustos que sufrió el padre Valenzuela por evitar lo que era necesario esperar de una gente sin religión, que trataban a los españoles como país que se entrega en manos de forajidos. Unas veces suplicaba, otras lloraba, otras halagaba, y de este modo pudo conseguir evitar que se arruinara el convento. Así pasó la primera invasión, y conseguidas algunas esperanzas de las tropas españolas, volvió a arreglar los desperfectos que habían ocasionado las tropas y reunió a los religiosos que quedaban en la población, y, convocando una procesión, se trajeron de Santa María, donde estaban depositados, la Purísima Concepción y Nuestro Padre San Francisco, y volvió el convento a abrirse al culto público.

Pero poco duró la alegría, pues aunque el 26 de julio de 1811 se cantó una misa de acción de gracias con sermón, a los 15 días, (el) 9 de agosto, a las 8 de la noche, se echó encima una división de franceses en persecución de las tropas españolas que huían en precipitada fuga. Cuál sería la aflicción y angustia de los religiosos, que pocos días hacía habían vuelto a su convento; no se puede expresar mayor turbación, pues a aquella hora tan intempestiva tuvieron que pedir a los vecinos no tan sólo hospitalidad sino también ropa de seglares para ocultar su clase y estado. No paró el fervor del padre Valenzuela en estas aflicciones ni desamparó el convento a pesar de tanto trabajo, pero informados los franceses que era religioso el que guardaba el convento, enfurecidos contra él, a pesar de que se había ocultado en casa de D. Antonio Muñoz, de allí le sacaron y le condujeron a la cárcel pública entre una escolta de soldados, esperando que hicieran con él una tropelía, mas después de estar en ella bastantes horas sin saber quién lo había mandado, se presentó un soldado y, abriéndole las puertas, le acompañó hasta que estuvo fuera de la ciudad. Viendo que su persona no estaba segura en Huéscar, se unió en el campo con el lego fray Pedro Serrano y juntos fueron a donde se ocultaba el ganado lanar del convento y, entregado a personas de arraigo y conciencia, inmediatamente se marchó a la ciudad de Murcia a unirse con el Provincial, que estaba allí. Abandonado el convento y religiosos a la soldadesca, cada uno huyó por donde pudo y el convento se convirtió en cuartel de forajidos.

Como los infelices religiosos quedaron sin recursos, los fueron acomodando en la parroquia y hermandades para que no perecieran de hambre, y aun en varias casas particulares.

Por fin pasó más de un año, y en 7 de noviembre de 1812 se presentó en Huéscar el padre Provincial fray Diego del Río, y convocados todos los religiosos en casa del Sr. Vicario, por consentimiento de todos fue nombrado presidente del convento fray Francisco Torralbo, y luego que tomó posesión, su primer cuidado fue la reparación de iglesia y convento, que habían quedado arruinados, especialmente el convento, (del) que sólo habían quedado las paredes maestras, pues puertas, ventanas y tabiques habían desaparecido; pero como los habitantes de Huéscar, a pesar de que también habían sufrido mucho y estaban muy apurados, con todo se ofrecieron con sus personas e intereses a la reparación del convento, y en menos de tres meses que mediaron desde noviembre hasta 13 de enero, que volvió la comunidad al convento, se vio reparado decentemente.

No paró la generosidad de Huéscar en la obra del convento, se extendió al socorro del culto y manutención de los religiosos, pues cuando entraron en el convento no había más que el edificio reparado y había necesidades de la manutención de sus individuos, a los que acudieron a remediar, como lo habían hecho con el edificio.

En todas las revueltas, no fue sólo el padre Valenzuela el que estaba en defensa de los intereses del convento, pues también lo estuvo el padre fray Miguel Muñoz, el cual, viendo el infortunio que iba a caer sobre el convento, hizo que las imágenes se trasladasen a la parroquia de Santa María y las alhajas de plata las trasladó a la villa de (ininteligible) y el cobre y ornamentos fueron distribuidos en diferentes casas, y pasadas todas estas revueltas, luego que se tranquilizaron las cosas, se volvieron a su primitivo estado, sin haberse extraviado ni la menor cosa. Sólo faltaba el órgano, que, destruido por la soldadesca impía, no había medios para improvisar otro; pero, venciendo mil dificultades, por fin llegué a ajustar la construcción de otro en 16.000 reales, y tomándolo a nuestro cargo fray Miguel y yo, fray Francisco Torralbo, hicimos una cuestación por todos los pueblos de esta guardianía, que eran Huéscar, Orce, Galera, Castilléjar, Cúllar y varios pueblos del río de Almanzora, y conseguimos todo lo que deseábamos, con lo que tuvimos para costearlo.

¡Cómo me había de imaginar al tomar sobre mis pobres hombros tan pesada carga, que había de restaurar en tan poco tiempo un convento arruinado y costear un órgano sin tener ni un óbolo para ello! Cómo Dios, su Madre Santísima y Nuestro Padre San Francisco han sido los que han obrado este milagro, después de una revolución como la francesa, que dejó a la España arruinada, sin un cuarto y sin enseres.

Estos apuntes fueron tomados por A. Navarro, sacristán de Santa María, de un libro de acuerdos de dicho convento, en el año de 1882.

 

BIBLIOGRAFÍA

- Archivo Municipal de Huéscar.

- Archivo Parroquial de Santa María de Huéscar.

- GARCÍA, FR. B. Oración fúnebre panegyrica predicada por el Reverendo Padre Fray Blas García... en las honras (del) Venerable Padre F. Gregorio Romero... Dedicada a Don Juan Pedro Rato García de Villanueva... Granada/Murcia, s/f ¿1724?. Archivo Histórico de Orihuela. Fondo antiguo. Sig. 10732 (2).

- MONREAL, FR. J. DE. Primoroso exemplar de la perfección christiana en la vida de la venerable virgen Doña Francisca María de la Jara. Murcia, 1724. Archivo Histórico de Orihuela. Fondo antiguo. Sig. 10732 (1).

- MONTALVO, FR. T. Crónica de la provincia de San Pedro de Alcántara de religiosos menores descalzos de la más estrecha observancia de N. P. S. Francisco en los reinos de Granada y Murcia. Granada 1708. (La parte correspondiente al convento de Huéscar está en el libro segundo, caps. LXII a LXIV, págs. 354 a 374).

- PANES, FR. A. Crónica de la provincia de San Juan Bautista de religiosos menores descalzos de la regular observancia de Nuestro Seráfico Padre San Francisco. Valencia 1665. (Lo referente a Huéscar se encuentra en los capítulos LXXIII a LXXV del libro 11)

 

1. La partida de bautismo dice así:

"En la Iglesia Parroquial de Santa María de esta ciudad de Huéscar, en tres días del mes de septiembre de mil ochocientos y trece años, yo D. Miguel Muñoz, cura teniente de dicha iglesia, bauticé solemnemente a un niño que nació el día dos de dicho mes y año, hijo de Tomás Navarro y de Juana Casanova, su mujer, legítimamente casados, vecinos de esta ciudad y mis parroquianos. Abuelos paternos: Francisco Navarro y Juana Fernández Chicote. Maternos: Pedro Casanova y Encarnación Pobea, todos naturales de esta ciudad. Púsele por nombre Antolín Esteban. Fue su padrino Marcos Martínez Ocón, de esta vecindad, a quien advertí el parentesco espiritual que contrajo y demás obligaciones. Y firmé. D. Miguel Muñoz". (Archivo Parroquial de Santa María. Libro 27 de bautismos, folio 403 vto.)

2. Eso dicen los padrones municipales de aquellos años. Hasta 1815 vivió en la calle Abades, pero cuatro años más tarde ya vivía en el número 4 de la calle Campanas, no lejos de su amigo zapatero y bajonista de la capilla musical de Santa María. Marcos Martínez Ocón, que había sido padrino de nuestro Antolín.

3. Tomás Navarro Fernández murió a la edad de 71 años el 26 de junio de 1851 de úlcera carcinomatosa, "según declaración del físico", viudo ya de su mujer. Se le hizo entierro mayor con misa de cuerpo presente a la que, por haber sido sacristán, asistió la clerecía. (Libro 9 de Defunciones de Santa María, folio 168 vuelto).

4. Su partida de defunción dice así:

"D. Antolín Navarro Casanova, clérigo tonsurado.

Como cura propio de Santa María la Mayor de esta ciudad de Huéscar, arzobispado de Toledo, provincia de Granada, el día 24 de junio de mil ochocientos noventa y ocho mandé dar sepultura eclesiástica en el camposanto de la Victoria al cadáver de D. Antolín Navarro Casanova, hijo legítimo de D. Tomás y Dª Juana, natural de esta ciudad y sacristán mayor de Santa María durante setenta años de buenos servicios, por lo que se le hizo funeral solemne de 2ª clase con vigilia y Misa de cuerpo presente y asistencia de diáconos al entierro. Recibió los Santos Sacramentos y murió a los ochenta y cuatro años a causa de gripe. Hizo testamento ante el notario D. Diego Herrera, en el que dispone se digan por su alma e intención cincuenta misas, de estipendio seis reales cada una. Y para que conste lo firmo fecha ut supra. Lic. Victoriano Vera

Al margen de la partida aparecen estas tres anotaciones:

23 de junio de 1898.

Gratis.

Cumplido el testamento. Lic. Vera

(Archivo parroquial de Santa María. Libro 14 de defunciones, folio 69 vto.)

5. Los cuerpos de los oscenses difuntos han sido enterrados a lo largo de los siglos en los siguientes lugares: cuerpo de la iglesia de Santa María y de Santiago (hasta octubre de 1787); capillas laterales y bóvedas de ambas iglesias (hasta principios del siglo XIX); criptas de las iglesias de Santo Domingo, San Francisco (ambas hasta la Desamortización) y de las religiosas Dominicas (hasta la actualidad); ermitas de la Paz y de la Aurora y hospital de San Ildefonso; cementerio de San Cristóbal (siglo XVIII), de Nuestra Señora de la Victoria (desde octubre de 1787 hasta 1914) y San José (hasta la actualidad). Posiblemente también se realizaran inhumaciones en las restantes ermitas.

6. Tengo que hacer la advertencia de que no he manejado el documento original, que perteneció hasta hace poco a D. Carlos Penalva, y del que ignoro su actual paradero. Para su transcripción he utilizado la fotocopia que me ha facilitado amablemente, como es costumbre en él, nuestro maestro en temas de investigación y buen amigo D. Vicente González Barberán, la máxima autoridad en historia de la comarca oscense.

7. Obtenidas las licencias del Arzobispo de Toledo, D. Bernardo de Rojas y Sandoval, y del Duque de Alba.

8. Fray Francisco Veneciano es el nombre del primer religioso franciscano en Huéscar. Más de dos siglos después, en el ocaso de la comunidad, los nombres de los últimos son los siguientes

- Fray Juan Juárez, era natural de Nigüelas, había sido Padre Guardián. Murió en 1843, con 55 años, siendo beneficiado ecónomo de Santiago.

- Fray Francisco Jaén, natural de Lorca, murió en 1845, con 76 años de edad, siendo capellán de vestuario de la parroquia de Santiago.

- Fray Francisco Rojano, natural de Maracena, fue cura ecónomo en la parroquia de la Toscana, y murió en 1846, a los 66 años.

- Fray Pedro Mirantes era natural de Guadix. Murió en 1847, con 71 años.

- Fray Antonio Navarro, en 1848 fue cura ecónomo de la parroquia de San Clemente.

- Fray Pascual Cayuela, lector de Sagrada Teología. Fue nombrado cura ecónomo de Castilléjar en 1834. Desde noviembre de 1837 firma como "Don Pascual Cayuela, presbítero exclaustrado y cura ecónomo", hasta abril de 1846.

9. Esta campana se colocó en la ermita de san Sebastián, lo que indica que aún no tenía. Véase la nota siguiente, con algunos interrogantes sobre este tema.

10. La iglesia que se bendijo este día 9 de noviembre, donde a continuación celebró la primera misa fray Diego Mendiola, y a la que se trasladó solemnemente el Santísimo Sacramento el 21 del mismo mes, es la de san Sebastián, porque la futura de san Francisco recibiría la bendición, aún sin construir, un año más tarde. Parece ser que la ermita de san Sebastián ya existía desde principios del siglo anterior. ¿Estaba aún sin bendecir? ¿No se celebraba misa en ella? ¿Estaba un poco abandonada? ¿Fueron los padres franciscanos los iniciadores -o los restauradores- del culto en la ermita? ¿Tal vez fueron ellos los promotores de la devoción a la Virgen de la Soledad en dicha ermita, que pronto pasaría a llamarse "de la Soledad"?

11. Que representaba al Padre Provincial fray Jerónimo de Planes.

12. Con la misma solemnidad se había bendecido cuatro días antes la ermita de las Santas, ante la insistente petición del mayordomo de la hermandad de las Mártires, Martín de la Cueva.

13. Esta cruz no existe, pero sí la columna de mármol y el pedestal que la sostuvo. Se encuentra ahora en el atrio sur de la iglesia de Santa María. La inscripción de la base dice: "PÚSOSE A HONOR Y GLORIA DE DIOS Y DE SU SANTÍSIMA MADRE, A DEVOCIÓN DE LOS HERMANOS TERCEROS DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO. AÑO DE 1677".

14. Fray Gregorio Romero, tras su período en Huéscar, ocupó en 1687 el cargo de Guardián del convento de San Diego, de Cartagena. Regresó a Huéscar en 1690. Pasó a otro convento y regresó en 1703. Fue tres veces maestro en la Cátedra de Prima de Sagrada Teología, dos en la de Filosofía, una en la de Vísperas, otra en la de Teología Moral, y otra en la de Mística. Además fue Definidor habitual de la provincia de San Pedro de Alcántara. El texto de sus honras fúnebres, a cargo de fray Blas García, fue publicado en 1724.

15. La figura excepcional de Francisca María de la Jara (1654-1682) merece un detenido estudio y una biografía actualizada. He publicado un avance en la escuela de verano de la Universidad de Córdoba en 2001. Espero (Dios mediante) ampliar ese trabajo y darlo a la luz para que los oscenses de hoy conozcan su extraordinaria y atrayente personalidad.

16. Parece ser que sus restos descansan hoy en la cripta que hay bajo la capilla del Baptisterio en la iglesia de Santa María.

17. Imagen del Niño Jesús muy venerada por los agricultores de la comarca, que se encomendaban a ella en sus dificultades. Tenía capilla propia en la iglesia de San Francisco. A finales del siglo XVII, fray Diego Villalba encontró la imagen en la sacristía del convento y contagió con su devoción al resto de la comunidad y, posteriormente, a todo el pueblo, entonces agricultor y ganadero en su mayor parte.

18. En el texto, la expresión, añadida entre líneas, es "año 811", lo que, evidentemente, es un error.

19. Vecino de los religiosos, pues vivía en la calle de San Francisco (al menos en 1728, según el padrón municipal).

20. D. Martín vivía en la calle de Santa María (actual Mayor) en 1728 y en la calle Baza (actual Morote) en 1749. Procurador síndico elegido para el consistorio oscense en 1737 y 1742, aunque renunció días después de su segunda elección porque sus otros cargos no le dejaban tiempo para desempeñarlo. Era alguacil mayor de la Santa Cruzada, administrador de las rentas de su Alteza Real el Serenísimo y Rvdmo. Sr. Infante, cardenal arzobispo de Toledo.

21. Una superficie total de unos 75 metros cuadrados.

22. Terremoto de Lisboa, porque destruyó la mayor parte de la capital portuguesa. En Huéscar hubo desperfectos importantes en la iglesia de Santa María y un gran susto, sin daños, en la ermita de la Aurora.

 


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