LA NOCHE TRISTE

Gonzalo Pulido Castillo

Todas las personas medianamente cultas conocen el origen de ciertas obras maestras de la música o de la literatura que han encantado a las generaciones pasadas y lo harán a las venideras. Se ha repetido en cien ocasiones el relato de las circunstancias en que nacieron composiciones tan famosas como el Requiem escrito por la divina inspiración de Mozart cuando ya la muerte abrazaba su corazón, o la sonata "Il trillo del diavolo", del italiano Tartini. Sin embargo nadie, que yo sepa, ha contado aún cómo vino al mundo el villancico "La noche triste", asunto tan verdadero y real como el de las obras citadas. Y si bien nuestro villancico no tiene la calidad de la misa mozartiana ni de la sonata de Tartini, no es menos cierto que los ilustrados espíritus oscenses lo tienen en mucho más aprecio.

El distinguido progenitor del tantas veces citado villancico, don Juan María Guerrero de la Plaza, rondaba en la época de nuestro relato los cuarenta y pocos años. Su sensible corazón de poeta se había enamorado muchas veces en los tiempos de su juventud, pero unas veces por una causa y otras veces por otra, todavía seguía célibe. Realmente esto no le producía ningún trauma a nuestro personaje, ya que la soltería le permitía una libertad impensable para un hombre casado. Repartía sus horas entre la iglesia, donde era maestro de capilla y organista, la composición de poemas y partituras, y las tardes de paseo o de juego en las casas de sus amigos burgueses, según ordenase la circunstancia climatológica. Años después pasaría a ocupar intermitentemente, según el partido que gobernase en cada ocasión, el cargo de secretario del ayuntamiento oscense. Pero eso fue después, ahora vamos al asunto que nos ocupa.

Pues fue que, en la misma calle donde él vivía, moraba también una muchacha, linda como un sueño de juventud, hermosa de llamar la atención, y con unos ojos de fuego que derretían los corazones más duros y más fríos. Y el corazón de nuestro Juan María era más bien blando y tibio. Con lo que la bella vecina era la inspiración callada del espiritual compositor.

Pero aquella beldad no era libre. El dueño de sus pensamientos y de su amor era un ser de lo más prosaico y vulgar. Grandón y con voz de trueno, a su paso retemblaban los mosaicos del pavimento. Pero ella lo amaba, y ante eso no valen argumentos filosóficos como preguntarse qué había visto ella en individuo semejante.

Nuestro poeta, con esa crueldad tan propia de la gente sensible y educada, le llamaba "el ateo", porque imaginaba, o más bien deseaba, que el rústico poseedor de aquella diosa de porcelana debía ser un hombre incapaz de sentimientos y de moral, algo así como un salvaje que por azar del destino encuentra un tesoro inmerecido.

Y pasó que aquel hombre tuvo que marcharse lejos de Huéscar una larga temporada. Juan María, tras los visillos de su sala de estar, veía cómo se despedían, con qué apasionamiento cogía ella con sus manos delicadas el rostro de su novio y lo besaba entre lágrimas. Parecía que nunca más iba a volver a verlo. Y a Juan María se le ensanchaba el pecho sólo de pensar que así fuese.

Fueron transcurriendo los días tranquilamente, monótonamente, aburridamente. La iglesia, con sus largas ceremonias llenas de incienso y latines, y los ratos de conversación con los amigos en el casino eran la única distracción del compositor. Veía a su vecina salir de casa muy de tarde en tarde, y siempre acompañada de su madre o de sus hermanas. Hubiera querido decirle algo, pero no se atrevía. Sólo de noche, después de los ensayos con la capilla parroquial, cuando los ruidos de la casa se apagaban y todo dormía, la musa de los amores se le acercaba a la oreja y le dictaba versos de pálida belleza que a la mañana siguiente rompía con irritación. ¡Las palabras nunca pueden reflejar la realidad de los sentimientos!

Y un día, llegado ya el otoño oscense, tan hermosamente triste, el pueblo se estremeció en cuchicheos sotto voce. ¡Que la hija de Fulana ha tenido un zagal! ¡Claro, si se veía venir...! ¡Si la madre también...! ¡La gente baja, ya se sabe! Si no son nadie, si el novio entraba cuando quería, si esto, si lo otro, si lo de más allá... Total, una madre soltera más en Huéscar, y un hijo sin padre más en el mundo.

A Juan María Guerrero, aquel público tropiezo de su deseada vecina no le desencuadernó sus arraigados principios morales y religiosos. Al contrario, pensó, absurdamente quizás, que ahora la tenía más cerca que antes. Ahora podía recoger del barro aquella flor caída sin que nadie la reclamase para sí. ¿Quién iba a disputarle el amor de aquella mujer, despreciada no sólo por la buena sociedad oscense, sino también, curiosamente, por borrachos y pelanduscas cuya vida era cien veces más pecadora?

El llanto del recién nacido, que en otras circunstancias hubiera desequilibrado sus exquisitos nervios de esteta, le sirvió de inspiración para componer una de sus mejores piezas, aquella con la que pensaba enamorar a la madre. Mezclando sentimientos humanos con arrebatos casi místicos le iban naciendo los fáciles versos, hermosos frutos de su fértil pluma y de su privilegiada sensibilidad.

Duerme, feliz criatura,

duerme en los brazos

de tu Creador,

que Él en la noche oscura

los fuertes lazos

da de su amor.

Y se imaginaba asomado a la cuna donde dormía aquel serafín, con el rostro pegado al de la adorada ninfa de sus ensueños en noches de insomnio. ¡Qué de poemas encendidos le dedicaría! ¡Qué de valses y polkas y romanzas escribiría pensando en ella! ¡Qué trinos, y qué arpegios, y qué contrapuntos haría surgir del majestuoso órgano de Santa María sólo para que ella los escuchase en las funciones litúrgicas! Le parecía tocar el Paraíso con la punta de los dedos.

Otras veces le nacía como un escrupuloso remordimiento de dejarse llevar por sentimientos tan humanos y se volcaba más en la vertiente religiosa del poema. Pero luego, como en un involuntario ritornello, conjugaba elementos múltiples y desahogaba encubiertamente sus reprimidos deseos.

Duerme bajo el amparo

fuerte y seguro

de su poder,

que El es luciente faro,

perenne muro,

ser de tu ser.

La composición avanzaba con paso firme y decidido. Habían pasado sólo algunas semanas y ya estaba casi acabada. Todavía le quedaba por escribir el estribillo, que era donde tenía pensado lucirse. ¡Oh el estribillo, lo mejor de la pieza! Aunque era una canción de iglesia, haría una posterior adaptación y la convertiría en profana. Y entonces podría dar rienda suelta a las más atrevidas metáforas, a los conceptos más elegantes, a la declaración de amor más exquisita que nunca se oyó. Y en cuanto a la melodía, ¡vamos!, sentimental y acompasada, tierna y susurrante, con cadencias inspiradas en la dulcísima música italiana, para que palidecieran de envidia todos los Bellini, los Allegri y los Corelli habidos y por haber. Sería su obra más popular, la más interpretada en saraos y veladas. La que inmortalizaría juntos al autor y a la musa, al genio y a la belleza, a la poesía y al amor. Y ella, ah, ella estaría muy orgullosa de haber inspirado tan hermosa canción. Se ufanaría delante de sus vecinas y de todo el pueblo, y les diría: "El gran Juan María Guerrero ha compuesto para mí esa serenata. Dentro de cien años nadie se acordará de vosotras, pero yo seré tan conocida como hoy, o tal vez más".

Nuestro compositor se entusiasmaba, su emoción crecía por instantes, los versos y las notas de música revoloteaban en su cabeza con rapidez indescriptible. El estribillo estaba a punto de nacer. Y temblando por los dolores del parto recorría a grandes zancadas la habitación, los papeles se le caían al suelo por el nerviosismo, emitía gritos y sonidos inarticulados, escribía dos renglones, los releía, escribía otros dos, hasta que, por fin, agotado, deshidratado, se sentó de golpe en un sillón y resopló satisfecho.

Cuando se pudo recobrar de la violenta excitación poética, pasó a limpio estos versos, cuya primera parte dedicaba a su enamorada, y cuya parte final, llena de ternura, iban dirigida al tierno retoño que ya consideraba casi hijo suyo:

En el fondo del alma

guardo unas flores,

guardo unas flores

para hacerte la ofrenda

de mis amores,

de mis amores.

Por ti me muero,

aunque no sepa nadie

lo que te quiero.

 

Yo pondré un angelito

sobre tu cuna,

sobre tu cuna,

para que siempre tengas

buena fortuna,

buena fortuna.

Duerme, bien mío,

que es de noche y no quiero

que pases frío.

Convocó a sus amigos para la semana siguiente a fin de preparar y ensayar con la tranquilidad necesaria la interpretación de la pieza. E hizo una copia, con delicado esmero y con encendida dedicatoria, para ofrecerla posteriormente a la mujer de sus sueños. Se la entregaría después de que, hecha pública la canción, ella y todo el mundo se enteraran de sus sentimientos. Su timidez no le permitía hacérselo saber antes.

Pero mira por donde, cuando todo estaba preparado para que la tan traída y llevada melodía se estrenase, "el ateo", enterado de que había sido padre, regresó y en cuatro días arregló los papeles, se casó con su novia y se la llevó a otras tierras, donde, según tengo entendido, fueron felices.

El pobre poeta, desengañado por aquel fracaso, pasó una temporada deprimido y malhumorado. Cambió el estribillo por otro y convirtió su canción en un villancico para la procesión del Corpus Christi, que en Huéscar es muy solemne y concurrida. Le puso por título "La noche triste" en mudo recuerdo de la que pasó cuando se derrumbó su castillo de esperanzas. Ah, y rompió en trozos muy pequeñitos la copia con la enamorada dedicatoria, para tirarlos donde nadie los viera.

El único consuelo que tenía en aquellos desdichados momentos era que nadie, ni siquiera ella, había sabido sus sentimientos. Su timidez lo había salvado. ¡Mira que si llegan a enterarse de que él..., a su edad...! Confió en el poder del olvido para curarse de aquella herida. Y lo consiguió. Nunca más escribió poesías de amor. Y vivió feliz. Pero cada vez que su maravillosa melodía sonaba en la procesión, en la luminosa primavera oscense, su corazón de poeta se ensimismaba un instante y evocaba con ternura aquel amor lejano e imposible que pudo haber transformado su vida.


ÍNDICE: Portada / Trabajos de Historia / Mis versos / Temas literarios y musicales / Otros temas / Versos ajenos / Álbum de fotografías  / Viaje de estudios / En clase de Lengua / Apuntes de Literatura / Textos de alumnos /