PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE CASTRIL

4 de abril de 2004

José Mª Álvarez Romero,

profesor de Lengua Castellana y Literatura y director del IES "Francisco Ayala" de Granada

"Nadie es profeta en su tierra".

Estas palabras que pronunció Jesús, recogiéndolas de un dicho, ya popular en su tiempo, fueron las primeras que se me vinieron a la mente cuando, hace unos días, recibí una llamada telefónica invitándome a pronunciar este año el pregón de la Semana Santa de mi pueblo.

Junto a estas palabras experimenté sentimientos contradictorios: Por una parte, una mezcla de sorpresa, de orgullo y de enorme agradecimiento a las Hermandades de Semana Santa por haberse acordado de mí, el último en incorporarse a la más antigua de las hermandades, la del Santísimo, para que pregonara este año la Semana Santa de Castril.

Y, por otra parte, sentí, al mismo tiempo, un gran respeto por los que me han precedido en esta tarea, especialmente por el primer pregonero, ese gran sacerdote y ese gran hombre que fue nuestro muy querido y recordado párroco, D. Andrés, al que dedico un emocionado recuerdo y que estoy seguro que desde arriba, desde el cielo, nos contempla ahora reunidos en la que fue su parroquia.

Me encontraba inquieto porque no sabía si yo iba a ser capaz de acertar con la misión que se me encomendaba. Pero en seguida confié en que nuestros patronos, el Cristo del Consuelo, ese Cristo clavado en el madero que es, precisamente, el eje central de la Semana Santa, y su Madre, la Virgen, iluminarían mi mente y me dictarían las palabras que os debía decir.

Por ello todas estas sensaciones se transformaron, en seguida, en una gran ilusión por hacer este pregón de la Semana Santa de mi pueblo, un pueblo pequeño, quizás perdido en muchos mapas, quizás escondido como los grandes tesoros, pero al que Dios mimó con todo esmero en su creación y nos lo regaló a los castrileños, como una joya, para que lo admiráramos y disfrutáramos de la grandeza de su sierra, de la pureza de su río o de la majestuosidad de su peña.

Me ilusionaba, también, ser el pregonero de una Semana Santa sencilla, sin los lujos y el despilfarro de grandiosos tronos de plata, de innumerables bandas de música, de costosos adornos florales, de los desfiles procesionales de otras ciudades, que convierten a la Semana Santa y a los misterios que en ella celebramos más en un lujoso espectáculo para ser contemplado que en una serie de vivencias profundamente religiosas.

Porque en nuestra Semana Santa los castrileños no somos meros espectadores, sino que la vivimos, la sentimos, nos integramos y participamos, acompañando todos, como una piña, a Jesús y a su Madre, en su dolor, en su sufrimiento, en su agonía, en su muerte, en su soledad y, después, en el triunfo de su resurrección.

Y, como se trataba de pregonar la Semana Santa, en seguida, junto con estos sentimientos, brotó en mi memoria un recuerdo de mi infancia en las calles de Castril: la figura de un hombre delgado y pequeño, el único pregonero que yo he conocido, Adolfo Latorre, "Triguitos", aquella figura entrañable de mi infancia que recorría las calles, seguido de una multitud de chiquillos, parándose en cada esquina para anunciar el pescado o la fruta que acababan de traer al pueblo o avisando de cualquier novedad que quisiera hacer pública el alcalde correspondiente.

Pensé que eso era lo que se me pedía que hiciera yo: que avisara a mis paisanos que nos disponemos a comenzar la semana más importante para los cristianos, la semana en que conmemoramos la muerte y resurrección de Jesús, que anunciara a todos que nos tenemos que preparar para recordar, celebrar y vivir la liberación que Cristo nos trajo con su muerte y resurrección.

Y pensé que para ello nada mejor que abrir mi corazón y dejar que fluyeran mis recuerdos y mis sentimientos porque así mis palabras, si no bonitas, resultarán, al menos, sinceras.

Y con el recuerdo de aquel pregonero de mi niñez se fueron enlazando otros recuerdos de mi infancia, mis vivencias infantiles y juveniles de tantas semanas santas en Castril.

Evoqué el pórtico que siempre ha tenido la Semana Santa castrileña: el viernes, el Viernes de Dolores, el viernes del dolor.

Al atardecer de ese día, terminado ya el mercado, la campana de la iglesia nos anunciaba las ceremonias religiosas que se iban a celebrar en honor de la Virgen dolorosa. Veo, al terminar la celebración eucarística, como en una imagen lejana, a mi madre con su escapulario y con su vela encendida, junto con otras muchas mujeres que formaban la Hermandad de la Virgen de los Dolores, acompañando en dos largas filas, con la solemnidad y seriedad que se reflejaba, incluso, en sus vestidos oscuros, a la imagen de la Virgen dolorosa, por las calles de nuestro pueblo. Y detrás, apiñados, pugnado por relevarse para llevar sobre sus hombros a la Madre dolorida, o simplemente acompañándola en este paseo por nuestras calles, una masa con todos los hombres del pueblo.

Recuerdo el silencio y la solemnidad severa de esta procesión y el cariño y la devoción a la Virgen de los Dolores que inculcó en los castrileños un anciano y venerable sacerdote, D. Antonio, que, aunque no había nacido en el pueblo, ha sido uno de los más auténticos y más queridos castrileños.

Mis recuerdos dan un salto de dos días y me veo, con otros muchos niños, en una mañana luminosa de domingo, muy contentos porque estrenábamos las primeras ropas primaverales que con tanto mimo nuestras madres nos habían preparado para ese día.

Y estábamos también felices y con mucha curiosidad porque ese día en la iglesia se celebraban unos ritos especiales. Veíamos a nuestros padres, a los hombres, con sus palmas, exóticas en estas tierras, en dos filas en la procesión, mientras que toda la chiquillería caminábamos delante satisfechos, alborotando, con nuestras ramas de los olivos recién talados. Y casi veíamos también, en nuestra imaginación, a Jesús a lomos de una de aquellas borriquillas que acostumbrábamos a ver pasar por las calles del pueblo. Caminábamos contentos por esa nueva Jerusalén en que se había convertido Castril aclamando a Jesús, que entraba triunfante, como al Hijo de David, al que venía en nombre del Señor. Y todo el pueblo, los árboles en flor, los campos verdes, las casas recién blanqueadas, hasta la peña, parecía que se habían engalanado, con la belleza de la primavera recién estrenada, para ser el gran escenario en que recibíamos triunfalmente a nuestro Maestro.

Y la alegría de la mañana continuaba todo el día, y las gentes paseaban felices en la tarde primaveral por la carretera mientras se entretenían en hacer con las hojas de las palmas piñas, caballitos, lagartos y mil figuras.

Durante los tres días siguientes todo volvía a la normalidad excepto por las charlas cuaresmales, impartidas por algún sacerdote venido de fuera, o por las colas ante los confesionarios para recibir el sacramento del perdón.

Pero la noche del miércoles era, de nuevo, una noche mágica en Castril porque sus calles se transformaban nuevamente en una Jerusalén, esta vez dolorida, mientras todo el pueblo rodeaba a su Cristo clavado en la cruz, que inclinado, tendido, como si con ese gesto se le quisiera aliviar un poco el dolor de las manos y los pies taladrados, era portado con exquisito cuidado, con mimo y con cariño sobre los hombros de los castrileños. Silencio impresionante en el que sólo se escuchaba el rastrear de los cientos de pies de un multitud que, apiñada, subía, bajaba cuestas, se estiraba o se ensanchaba para adaptarse a la variada y rica orografía de nuestras calles. Silencio solo interrumpido de vez en cuando por una voz que, desde algún balcón recitaba una estación del Vía Crucis. Y terminado el rezo de la estación se reanudaba el lento caminar mientras que desde todas las gargantas brotaba un canto de arrepentimiento, de petición de clemencia: "Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo, Señor".

El Jueves Santo sí que era ya un día distinto. Desde las primeras horas nuestras madres se apresuraban en la cocina en los últimos preparativos. Comíamos algo más temprano de lo habitual y nos esmerábamos en arreglarnos para acudir a los oficios.

Los oficios del Jueves Santo tenían para nuestros ojos infantiles el halo de lo diferente, de lo novedoso, de lo extraño. No era como la misa de todos los domingos. En el centro de la iglesia se habían colocado atravesados unos bancos . Me viene a la memoria, como un retrato antiguo, en blanco y negro, algo borroso, la figura de mi padre sentado en uno de esos bancos junto con otros hermanos del Santísimo, la hermandad que desde hace casi cinco siglos venera en Castril, antes que en ninguna de las parroquias de nuestra diócesis, a Jesús sacramentado.

Y toda la liturgia de esa celebración tenía también algo de extraño, como ese momento en que el sacerdote, ya comenzada la misa se quitaba la casulla, se ataba a la cintura una toalla, cogía un jarro de agua y con la ayuda de dos monaguillos que llevaban una zafa y otra toalla iba lavando los pies a doce de esos hermanos del Santísimo. Y los niños estirábamos nuestros cuellos infantiles para no perdernos ni un detalle de ese acto que nos parecía mágico porque, de pronto, esos doce hombres a los que conocíamos de nuestro pueblo se habían transformado en los doce apóstoles de Jesús y el sacerdote, el que nos daba la catequesis y decía la misa de los domingos, se había transfigurado, también, en nuestra imaginación, en el mismo Jesús.

Al atardecer, salía la procesión con Jesús Nazareno cargado con la cruz, esa magnífica talla de Torcuato Ruiz del Peral que se venera en nuestra iglesia, en la que el artista supo plasmar magistralmente, en su rostro y en sus manos, la intensidad del sufrimiento. Y detrás, acompañándolo siempre en su martirio, su Madre, la Virgen de los Dolores, reflejando en su semblante y en sus lágrimas la serenidad de un inmenso dolor contenido. Y con todo el pueblo caminando al lado de esas dos imágenes parecía como si la gente, las calles, el río o la peña se hubieran impregnado de ese profundo dolor.

Y el Jueves Santo en Castril se fundía con otro Jueves Santo de hace casi dos mil años en Jerusalén, en que se conjuraron las autoridades religiosas, y se confabularon con las autoridades políticas, para asesinar a Jesús.

Jesús, después de cenar con sus amigos, se retira a un huerto a prepararse y a orar. Sabe que para el proceso que le espera, para poder sufrir y morir, tiene que despojarse más aún, si cabe, de su condición divina y convertirse, casi exclusivamente, en un hombre. Por eso siente el dolor y la angustia y el miedo al sufrimiento con más intensidad. Y se siente abandonado de todos, hasta de su Padre Dios "Padre, si es posible haz que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya" Y siente también la soledad y el abandono de sus amigos, que no son conscientes de su tremendo sufrimiento, porque cuando va a buscar consuelo en ellos los encuentra dormidos.

Y desde este momento se va a desencadenar toda una serie de cobardías, de traiciones, de desprecios, de injusticias y de venganzas que van a llevar como consecuencia a su muerte.

Jesús siente la traición de uno al que había tratado como amigo, que acude como guía de los criados armados que van a prenderle y que como señal utiliza un símbolo de cariño o de amistad, un beso "Amigo, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?".

Poco después siente el desamparo de todos los amigos, que lo abandonan cuando ven que empieza el peligro, y la cobardía de uno de ellos que, ante una simple pregunta sobre su relación con Jesús, se apresura a negar que lo conozca.

Y después de su detención todo vendrá rodado. Lo llevan ante las máximas autoridades religiosas, que son las que lo han tramado todo para deshacerse de este "hombre" incómodo, que les reprocha su falsedad, su hipocresía y que, según ellos, tiene, además, la desfachatez de proclamarse Hijo de Dios. Porque están tan ensoberbecidos, tan ciegos, se han fabricado un Dios tan a su medida y a su interés, que son incapaces de reconocer en este hombre sencillo, que cura a los enfermos, que busca a los más pobres y necesitados, que va haciendo el bien, al Hijo de Dios. Para el Sumo Sacerdote, para los escribas y para los magistrados, su Dios no es el Dios que se compadece, que perdona a los pecadores, que ayuda a los que sufren, sino un Dios rencoroso, vengativo, con sed de sangre. Por ello cuando le preguntan directamente a Jesús si es el Hijo de Dios y Él les responde abiertamente con la verdad, pronuncian inmediatamente su sentencia de muerte porque, según ellos, ha blasfemado.

Y como el pueblo judío estaba sometido al poder del imperio romano y no tenían autoridad para matar a nadie, estos hombres tan orgullosos y malignos tienen que humillarse y acudir a la autoridad política extranjera, al gobernador romano, Pilatos, al representante del pueblo opresor, pidiéndole, presionándolo y hasta chantajeándolo para que emita la sentencia de muerte contra este hombre incómodo, molesto, que está poniendo en evidencia su falsa religiosidad y que, para colmo, se atreve a proclamarse Hijo de Dios.

Y Pilatos, el romano, aunque no entiende muy bien las acusaciones que le traen y por ello no encuentra en Jesús delito para condenarlo a muerte, ante la presión de estas autoridades, del mismo pueblo instigado por ellos, y cediendo al chantaje de que lo acusen ante el emperador de permitir que alguien ponga en peligro su autoridad, proclamándose Rey de los judíos, entrega a Jesús para lo crucifiquen, limitándose a colgar del madero esta acusación: "Este es el rey de los judíos".

Y clavan a Jesús en la cruz y lo alzan hasta que muera.

Los que han buscado su muerte se sienten ya satisfechos y se burlan de este hombre presuntuoso cuya insolencia había llegado al grado de proclamarse Hijo de Dios "Si eres el Hijo de Dios demuéstralo bajándote de la cruz"

Y Jesús, además del dolor físico, siente la tremenda injusticia que han cometido al condenarlo a la pena que se imponía a los delincuentes más peligrosos, se siente humillado, maltratado y abandonado de todos, incluso de su Padre "Dios mío, Díos mío, ¿por qué me has abandonado?"

Este es precisamente el Dios en el que yo creo, un Dios tan comprensivo que ha permitido y ha aceptado todo esto para liberarnos, un Dios tan próximo al hombre, que sufre, que padece, que tiene temor y que se siente casi abandonado de su Padre Dios. Este es el Dios de los cristianos, no el Dios terrible del Antiguo Testamento que entregó a Moisés las tablas de la ley entre nubes y truenos, el Dios al que no se le podía mirar el rostro, sino el Dios que con su sufrimiento y con su muerte en la cruz nos libera del mal y del pecado y nos abre de par en par las puertas de su Reino. Por ello, el instrumento de la tortura, la imagen de Jesús ajusticiado, se va a convertir en el símbolo por excelencia de los cristianos, porque precisamente en ese hombre ajusticiado está nuestra liberación y nuestra salvación.

"Todo está cumplido. E inclinando la cabeza entregó su espíritu". De esta forma tan sencilla nos describe el Evangelio el hecho y el misterio más trascendente de la historia de la humanidad: la muerte de Dios hecho hombre, para redimirnos. Es el final de la vida terrenal de Dios hecho hombre que concluye, como la vida de cualquier hombre, con la muerte. Jesús ha culminado, ha cumplido, la misión que le trajo a la tierra y que comenzó treinta y tres años antes cuando se encarnó en el vientre de María y nació, pobre, como ahora muere, en un establo de Belén

Viernes Santo en Jerusalén. Viernes Santo en Castril. Parece como si las calles y toda la rica naturaleza de nuestro pueblo se encontraran sobrecogidas, abrumadas, desoladas, por el tremendo misterio y la terrible tragedia que se conmemora, como si el aire se hubiera cargado de un espeso dolor, como si un sobrecogedor silencio se hubiera apoderado de todo. Y la gente, hombres mujeres y niños, acuden a la iglesia para conmemorar, en la solemne y sobria celebración religiosa de los oficios del Viernes Santo, la muerte de Jesús.

A la caída de la tarde, en Jerusalén algunos de sus amigos menos conocidos, después de haber obtenido el correspondiente permiso de Pilatos, se apresuraban para preparar el cuerpo de Jesús, envolverlo en el sudario y depositarlo en el sepulcro excavado en una roca allí mismo, muy cerquita de donde había muerto, porque tenían que hacerlo antes de que se pusiera el sol, según las estrictas leyes religiosas, impuestas por los mismos que no tuvieron escrúpulos en asesinar a un hombre inocente.

A esa misma hora en un pueblecito pequeño del norte de Granada un solemne y sobrio cortejo fúnebre acompaña por las calles estrechas y silenciosas del pueblo la imagen de Jesús muerto. Los hermanos del Santísimo, serios, solemnes, vestidos de luto, portan sobre sus hombros, un féretro con el cuerpo de Jesús muerto, mientras los demás lo rodean y acompañan, con cirios encendidos. Y detrás, las mujeres, las Hermanas de los Dolores, también con vestidos negros acompañan en su pena y en su dolor a una Madre triste y dolorida que ha perdido, con una muerte tan cruel, a su único Hijo. Es una procesión solemne, pero sencilla, sin lujos, sin espectáculo, en que todo el pueblo muestra, con toda sinceridad, su pena y su pesar, como cuando muere alguien muy querido de todos y le damos la última despedida y acompañamos a los familiares en el doloroso trance.

Y después, al filo de la media noche, como cuando volvemos para acompañar un rato más en su dolor a unos padres que han perdido un hijo, regresamos de nuevo a la iglesia para acompañar a la Madre, a la Madre de Jesús, a la Virgen de los Dolores transfigurada en Virgen de la Soledad. Y recorremos en procesión nuestras calles, con todo el pueblo pugnado por ir junto a la Madre, para acompañarla, para consolarla, para decirle que no está sola, en un profundo silencio, sólo roto por el canto dolorido de las saetas que brotan espontáneamente de las gargantas de los hijos y las hijas de Castril y que son, a un tiempo, palabras de dolor y de consuelo, canción y plegaria.

El sábado es un día extraño, un día como vacío, como el día siguiente al de haber dado el último adiós a un ser querido, cuando pasado ya el primer momento de dolor intenso, pasado ya el momento en que todos los amigos se han volcado para acompañarnos, experimentamos con más profundidad el vacío de la ausencia y nos sentimos como extraños, como perdidos, como si algo se hubiera roto para siempre en nuestro interior.

Pero ese día es, también, como cuando esperamos con mucha ilusión algún acontecimiento y los minutos transcurren tan lentos como horas, como si no fuera a llegar nunca el instante deseado.

Por eso, pronto, en las primeras horas de la madrugada, acudimos al templo para celebrar el gran acontecimiento de la resurrección de Jesús, su paso de la muerte a la vida, su triunfo sobre el mal y sobre la muerte. La riqueza de símbolos de Cristo resucitado en la Vigila Pascual (el fuego purificador, el agua que limpia, la luz que ilumina las tinieblas de la noche) llega a su culmen con el anuncio feliz de que Cristo ha resucitado; como en aquella mañana luminosa del primer día de la semana judía cuando, al amanecer, acuden al sepulcro de Jesús, María Magdalena y otras mujeres y lo encuentran abierto y vacío y se entristecen porque creen que alguien ha robado su cuerpo, hasta que, de repente, se les aparece un ángel y les pregunta: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?". Porque Jesús ha recobrado plenamente su condición de Dios, el que es, el que no muere, el que permanece, el eterno.

Y esa feliz noticia llena de alegría y satisfacción a todos porque es la demostración de que realmente Cristo nos ha redimido, nos ha liberado venciendo al dolor, al mal, a la muerte, no soslayándola, sino pasando por ella y saliendo triunfante de ella. Y si Cristo ha resucitado tiene sentido nuestra fe en Él, porque verdaderamente es el Hijo de Dios. Y si Cristo ha resucitado también nosotros resucitaremos en el último día, tal como nos prometió. Por ello la muerte no es para nosotros, como no lo fue para Él, el final, sino un tránsito hacia la vida eterna, porque nuestro Dios no es un Dios de muertos sino un Dios de vida.

Ese amanecer es el auténtico triunfo de Cristo, de su Reino, porque Jesús es realmente nuestro Rey.

Recuerdo siempre la mañana del Domingo de Resurrección como una mañana brillante y luminosa en que la naturaleza de nuestro pueblo, las calles, las plantas, el río y la peña lucían en todo su esplendor en ese estallido de vida de la primavera. Castril salía a la calle para celebrar la procesión jubilosa de Jesús resucitado. Era una procesión alegre, festiva, aunque alguien en alguna ocasión la acusó de irreverente, en la que expresábamos con espontaneidad la felicidad de esta noticia. Por ello se repetían las carreras de los jóvenes con la imagen de S. Juan desde donde se encontraba Jesús resucitado, hasta donde se encontraba la Virgen, todavía con su manto negro de luto, para llevarle la feliz noticia, hasta que eran los que portaban las imágenes de Jesús y la Virgen los que corrían para llegar al encuentro jubiloso de la Madre con el Hijo, en medio de los aplausos, los gritos de felicidad y el estallido alegre de los cohetes. Y ya felices las dos imágenes regresaban juntas a la iglesia rodeadas de todos, contentos, alegres y bulliciosos porque participaban de la alegría de la Madre por la resurrección de su Hijo.

Esta procesión era realmente el final de la Semana Santa porque el pueblo de Castril, muy sabiamente, ha sabido siempre que la pasión de Cristo no acababa con su muerte sino con el triunfo de su resurrección, que el dolor, el sufrimiento y la cruz sólo tienen sentido si sirven como purificación, como camino para llegar al triunfo de la resurrección y de la vida.

Este, creo yo, que es el anuncio que se me solicitaba que lanzara, este es el mensaje que se me pedía que transmitiera a todos mis paisanos: que Cristo ha muerto y ha resucitado y, con ello, nos ha liberado. Me siento muy satisfecho, muy orgulloso y muy agradecido por haber tenido la oportunidad de ejercer el noble oficio del pregonero que da a conocer a todos las buenas noticias y las novedades que se van a celebrar en estos días en nuestro pueblo. Y aunque quizás me exceda en lo que es estrictamente mi oficio, también me atrevo a invitaros a todos a participar activamente en todos los actos y ritos de la celebración de nuestra Semana Santa. Muchas gracias.

 


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