ROSA DE AMOR

Gonzalo Pulido Castillo

Uno de los más hermosos rincones de Huéscar es su parque. Su amplio perímetro encierra bosques y jardines, éstos rebosantes de flores de todas clases que crecen bajo el beso del sol rutilante, aquéllos envueltos en una dulce penumbra rota sólo por los tímidos rayos del sol que se filtran temblorosos entre las tupidas copas de los elevados y frondosos árboles.

Allí, en ese lugar privilegiado, entre setos recortados y pérgolas que sostienen techos vegetales, se cruzan la blanda voz de la brisa olorosa y el suave murmullo de las fuentes que lloran su nostalgia. Allí crecen las rosas, orgullosamente alzadas sobre sus tallos con espinas, alegrando con sus colores la profunda melancolía de los dorados atardeceres.

Y allí nacen muchos amores juveniles. Como las flores, unos cuajan y otros no. La vida tiene sus tormentas, sus noches heladas, sus horas de estío, y el amor es tierno y frágil, se quiebra fácilmente. Algunos amores, los que no han echado raíces hondas en el corazón, sucumben y se duermen a la sombra del olvido.

No era así el amor de Carmen y Rafael. Desde que eran así de pequeños ya se querían. Vivían en el mismo barrio y habían compartido juegos, fiestas y enfermedades. Cuando tenía no más de cinco años, algunos de su familia preguntaban a Rafael:

- Rafa, ¿qué quieres ser de mayor?

Y el zagalillo, con su graciosa media lengua, respondía:

- Bovio e Camencita.

Y se extrañaba al observar las estentóreas carcajadas de quienes lo rodeaban. ¡Novio de Carmencita! ¡Qué cosas! Pero a él le parecía de lo más natural del mundo.

Años más tarde, hicieron la Primera Comunión juntos. Ella con su vestido de blanco tul y su rosario de oro regalado por su abuela. Él con sus primeros pantalones y su primera chaqueta, azul y con galones dorados. Cuando el órgano llenaba con sus melodías la amplitud de la iglesia, la imaginación, como una paloma desorientada, volaba por entre las nubes de incienso y los sueños que el sonrosado mañana prometía. Rafael miraba de vez en cuando a Carmencita, y sonreía. Ella sonreía también, pero bajaba la cabeza, incapaz de mantener fija su mirada en aquellos ojos que le hablaban sin palabras, en aquellos ojos que allí, delante de Dios y del mundo, le estaban expresando una promesa de amor eterno.

Y cuando comulgaron juntos, no eran sólo dos niños que recibían el divino Cuerpo de Jesús, eran además, y sobre todo, un novio y una novia que se juraban fidelidad en la emoción del sacramento. Ambos, sin cruzar una gesto, pensaban lo mismo, sentían lo mismo, unidos para siempre por un amor imposible de romper, un amor más grande que la vida y que la muerte.

Fueron pasando los meses y los años con la monotonía propia de los pueblos. Cada día era igual al anterior y al siguiente, los mismos trabajos, los mismos quehaceres, las mismas escasas distracciones. Sólo el amor de aquellos dos chiquillos era cada día distinto, cada día más poderoso y más arraigado.

Sin casi darse cuenta se habían convertido en un hombre y una mujer. Ella, morena, de hermosos y brillantes ojos negros, de estilizado y elegante cuerpo, de abundante cabellera que caía en oscura cascada sobre sus hombros adorables, llamaba la atención de quienes la veían pasar. Conservaba aún de su infancia la capacidad del rubor: cuando alguien la piropeaba o alababa sus cualidades, la vergüenza teñía sus mejillas de un intenso color rojo que añadía una nueva belleza a su aspecto. Era el "pavo", como le decía su novio riendo y burlándose cariñosamente de ella.

Él pasaba ya de los dieciocho años. Había crecido con rapidez, aunque no demasiado. Era fuerte, avispado y decidido, pero noble y sencillo, con un alma llena de buenas intenciones y de afecto por todo el mundo. Su pelo tiraba a rubio. Sus ojos grises tenían algo de soñadores, de melancólicos, pero se llenaban de alegría cuando sonreía, con una sonrisa ancha, abierta, confiada. Las transformaciones físicas de la adolescencia no habían alterado el aspecto infantil y agradable de su rostro. En el fondo seguía siendo un niño.

Su mutuo amor era puro e inocente, pero profundo y total, con una intensidad que extrañaba a sus amigos y familiares. Vivían para quererse, para estar juntos, para soñarse ya casados en un futuro próximo. Para ellos amarse como se amaban era algo natural, que no necesitaba explicación ninguna. ¿No sale el sol cada mañana?, ¿no hace frío en invierno?, ¿no se come cuando se tiene hambre y se bebe cuando se tiene sed? A nadie se le ocurre preguntar el porqué de esas cosas tan sencillas, tan claras, tan evidentes. Pues lo mismo pasa con el amor. No hacen falta razones para querer a una persona. Se ama, sencillamente, sin trabajo, sin esfuerzo, sin tener que pensarlo, como canta el pájaro en la rama, como brota el agua del manantial, como ayuda Dios a sus hijos que viven en el mundo. Eso, por lo menos, era lo que pensaban nuestros jóvenes amigos.

Formaban una buena pareja, compenetrada y feliz. Cada tarde, cuando el buen tiempo se hacía cómplice del amor, paseaban lentamente, cogidos de la mano, ajenos al resto del mundo. El parque rodeaba su idilio de flores y brisas, si era primavera, o de melancólicas hojas doradas, si era otoño. Cuando estaban juntos, el tiempo era una palabra sin sentido. Las horas pasaban indiferentes, pero ellos no lo notaban. Y, caído ya el crepúsculo, envueltos en las primeras sombras de la noche, Rafael cortaba para Carmen una flor que ella recibía sonriente y enamorada, como si fuera la primera ofrenda de su amor adolescente. Cada noche una flor, como símbolo perpetuo de un cariño que nadie podría romper nunca.

Pero como todas las cosas de la vida, también aquel sentimiento sufrió un revés. Un día se le presentó a Rafael la oportunidad de trabajar en un pueblo de la costa levantina. Ganaría mucho dinero, y con él podría empezar a pagar la casa que soñaban compartir: una casa luminosa, con un jardín a la entrada, y un patio lleno de macetas donde pasar a la sombra las tardes de verano. Le costaba trabajo pensar que iba a separarse de su Carmen y los ojos se le llenaban de lágrimas, pero sería por poco tiempo, la llamaría por teléfono con frecuencia, el tiempo pasa rápido y pronto estaría de vuelta. Todas esas razones, y muchas más, se amontonaban en su cabeza queriendo convencerlo, pero su corazón seguía erre que erre, dudoso y entristecido.

El día que Rafael se marchó fue una jornada de duelo en la casa de Carmen. Parecía que se iba para no volver nunca. Y al ver a la niña llorando y suspirando sin tregua, nadie tenía valor para animarla. Al lado de un dolor tan auténtico como el suyo cualquier palabra de consuelo sonaba a hueca y a falsa. Cuando al atardecer, el coche que llevaba a Rafael dobló la esquina de la calle y se perdió entre los árboles, Carmen supo que era la última vez que lo veía.

El muchacho escribía con frecuencia, semanalmente hablaba con ella por teléfono: seguían tan unidos como siempre, tan enamorados como siempre, pero Carmen añoraba las cotidianas flores que Rafael cortaba para ella en cualquiera de los jardines que encontraban al paso cuando regresaban de aquellos inolvidables paseos por el parque y por las concurridas calles, llenas de veraniega animación. Y cada vez se sentía peor. La tristeza del espíritu se había complicado con la debilidad del cuerpo. Se sentía sin fuerzas, agotada, abrumada por un cansancio sin motivo que le hacía desear dormir una noche eterna. La sonrisa del amanecer era para ella el amargo aviso de que debía abrir los ojos, y levantarse, y salir a la calle. Cada día se veía más incapaz de vivir. ¡Y estaba Rafael tan lejos...!

Era tan evidente su malestar físico que sus padres la llevaron a un médico, al mejor de los especialistas, y éste les hizo saber el terrible mal que padecía. La cruel enfermedad que no se nombra ni perdona había invadido su frágil cuerpecito; los tentáculos de la muerte dolorosa y prematura se habían aferrado a su corazón y no querían soltar la presa.

En más de una ocasión la familia de Carmen quiso llamar a Rafael para que conociera la situación, pero ella se negaba. A través del teléfono no se veía su faz demacrada y pálida, ni se notaba el temblor de sus manos delgadas, ni se la veía tendida en el lecho, única forma de evitar sus frecuentes ahogos. Hablar unos minutos con quien tanto la quería devolvía a sus mejillas un poco del color de antaño, y a sus ojos un reflejo de aquel brillo de entonces, cuando amaba y era amada, cuando era feliz.

"- No le digáis nada. Vendría corriendo a verme. Y no estoy yo para que me vea nadie, y menos, él. Cuando me cure, cuando vuelva a estar como antes, se lo contaré todo. Pero ahora, ¿para qué entristecerlo? No quiero que se preocupe. Dejadlo que trabaje contento para pagar la casa donde vamos a vivir. Esto es cuestión de pocos días. ¿No veis que tengo muchas ganas de ponerme buena? Un día, dentro de poco, aparecerá por la puerta, sonriente, guapo, feliz, con una flor en la mano. ¿No sabíais que cada noche me regalaba una? Cada noche, una flor. Sin fallar nunca. Pero que me vea curada. Eso es lo importante" -decía la pobre enferma cuando alguien insinuaba la conveniencia de contarle la verdad a Rafael.

En menos de un mes la enfermedad ganó la batalla que libraba en aquel cuerpo dolorido. No pudieron nada los cuidados, ni las medicinas, ni el ansia de vivir, ni la fuerza del amor. Como una flor tronchada por la fatalidad, Carmen, la bondadosa y enamorada Carmen, cerró sus ojos, hinchados por el llanto, mientras sus labios pronunciaban cada vez más débilmente el nombre de aquel que tanto quiso.

Aún recuerdo la tarde de su entierro. Todo el pueblo se amontonó en las calles y en la iglesia para despedirla. Los jóvenes lloraban como si, más que una mujer, hubiera desaparecido un símbolo que los representase a todos. El suave ocaso otoñal, apacible y silencioso, alargaba las sombras de quienes formábamos el cortejo fúnebre por entre las tumbas y los cipreses. No pudimos contener las lágrimas. Y pienso que derramarlas cuando desbordan el corazón no es un acto de debilidad, sino una forma auténtica de demostrar el dolor, y de decir adiós para siempre, y de alzar a Dios una oración ante la crueldad de la vida. Una pared de ladrillos sumió en eterna oscuridad aquel cuerpo consumido por la enfermedad y la apartó para siempre de nuestros ojos. Rodeado de nuestro silencio, el sepulturero dio remate a su trabajo y señaló en el yeso fresco unas iniciales y una fecha. La comitiva se disolvió.

Quedé unos minutos meditando ante el nicho recién sellado. El último rayo del sol agonizante iluminaba tibiamente las tumbas y hacía refulgir los níveos mármoles. Corría una ligera brisa, tan ligera que no movía los cipreses vecinos ni los pinos que se asomaban curiosos por encima de las tapias. Un pajarillo solitario, abandonado tal vez por sus compañeros, que ya habían emprendido el viaje hacia climas más benignos, piaba tristemente en la lejanía. Y me sentí consolado ante la paz que se respiraba en aquel lugar, bajo el cielo encendido del crepúsculo de otoño.

Cuando comunicaron a Rafael la muerte de Carmen, el dolor pareció romperle el corazón. No derramó una lágrima, pero sus ojos secos quedaron abiertos, muy abiertos, absortos ante lo que le parecía imposible. ¡Carmen ha muerto! ¡Carmen ha muerto! Y aunque esa frase retumbaba incesante en su cerebro, no le encontraba sentido. ¡Carmen ha muerto! Su cuerpo y su espíritu se habían paralizado, no hablaba, no pensaba, no sentía.

Cuando reaccionó, tomó el camino de regreso. Al entrar en Huéscar, Carmen llevaba ya un día en el cementerio. Y allí se dirigió, casi anocheciendo, para ver al menos el lugar donde descansaba su adorada Carmen y ofrecerle el contenido torrente de sus lágrimas. Por el camino cortó una rosa, quizá la última rosa que se abrió en los jardines otoñales, para ofrecérsela. Como cuando estaba viva.

A la mañana siguiente, al llegar el sepulturero al cementerio, vio abierto el nicho donde reposaba el cadáver de Carmen. La tapa del féretro estaba colocada a un lado. Podía verse la muerta. Sus manos, marmóreas, frías, inertes, apretaban una rosa. Y sus mejillas pálidas mostraban todavía señales de lágrimas recientes.

 


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