ALGUNOS DATOS ANTIGUOS SOBRE

LA SEMANA SANTA EN SALOBREÑA

 

Gonzalo Pulido Castillo

Profesor del IES "La Sagra", de Huéscar.

Miembro del Instituto de Estudios Históricos "Pedro Suárez", de Guadix.


Para este primer número de "Salobreña cofrade", publicación a la que deseo una larga y fecunda vida, he pensado que no estaría mal presentar unos ligeros apuntes sobre la Semana Santa en Salobreña en la segunda mitad del siglo XVIII y primeros años del XIX.

La actividad cofradiera en nuestra zona tuvo su origen a lo largo del siglo XVII, especialmente en las poblaciones que, como Motril, contaban con comunidades religiosas; tuvo su época dorada en el siglo XVIII y su decadencia a comienzos del XIX, causada ésta, en primer lugar, por la invasión francesa y sus secuelas de miseria y pobreza, y luego por la desamortización, que derribó las bases económicas y sociales sobre las que se asentaba la influencia popular de hermandades y parroquias.

En Salobreña, la cofradía organizadora de actos de devoción y desfiles procesionales era la del Santísimo Sacramento y San Sebastián, de la que ignoramos su fecha de fundación. Esta cofradía se hacía cargo de la procesión del Jueves Santo, y, desde 1762, de las tres procesiones: Jueves Santo por la noche, Viernes Santo al atardecer y procesión de Soledad, que acababa en la madrugada del entonces conocido como Sábado de Gloria.

En 1761 se fundó la hermandad de Jesús de la Humildad y Caridad del Silencio, que sacaba el paso del Señor amarrado a la Columna. Pero su vida fue bastante breve y problemática: ya en la Visita Pastoral de 1764 se amonestó a sus cofrades por la costumbre que tenían de asistir al cumplimiento pascual con sus túnicas de crudo, los capuces echados y los rostros cubiertos. Se les recordó que debían entrar, permanecer y salir de la iglesia a cara descubierta. Y según la Visita de 1775 ya no existía rastro de la hermandad, disuelta o suprimida.

Las celebraciones de Semana Santa empezaban en la mañana del Jueves Santo. Había comunión general del pueblo cristiano. Entre la noche del Jueves y la madrugada del Viernes salían a la calle las tres procesiones y se pronunciaban tres sermones, casi siempre a cargo de los religiosos mínimos del convento de la Victoria de Motril (hoy de agustinos recoletos). Encabezaba los desfiles procesionales, tras la Vera Cruz, adornada con un sudario, el estandarte de la cofradía del Santísimo. Se hizo un estandarte nuevo en 1791 de terciopelo carmesí traído de Valencia. Al año siguiente se le colocó un escudo de plata dorado a fuego, de 18 onzas de peso, que costó 586 reales. El estandarte debió de ser de categoría, porque entre las telas, los adornos y el trabajo de hacerlo costó un dineral: 1.701 reales. Lo acompañaban hacheros charolados. El sonido de un clarín (al menos desde 1789) rompía el devoto silencio nocturno.

En las procesiones participaba un muchacho en figura de ángel, ataviado con vestido de tafetán carmesí, alas, peluca rizada, corona de flores, y bonitos zapatos especiales para la ocasión. En 1769 se le compró ropa nueva, que importó 228 reales y 8 maravedíes. Una de las funciones del ángel era portar en sus manos, sobre un cojín, la corona de la Virgen en la procesión de Soledad.

Los hermanos cofrades acompañaban a las imágenes con grandes velas que proporcionaba la hermandad, previo pago de un donativo que ayudaba a sufragar los numerosos gastos que ocasionaban los desfiles y otras actividades. Téngase en cuenta que la cofradía del Santísimo no sólo tenía a su cargo la Semana Santa, sino también las fiestas del Corpus y de San Sebastián, la ermita de este santo, la comida a los pobres en Navidad, etc.

Era costumbre que participaran en las procesiones de Semana Santa unos penitentes que se azotaban las espaldas a lo largo del recorrido, los llamados hermanos "de azote". Se lo tomaban tan en serio que, tras la procesión, había que curarles las heridas con papel de estraza, polvos, arrayán, aparte de brindarles vino y aguardiente para que se entonaran un poco. La cantidad de vino oscilaba, según los años, entre una y dos arrobas. Todo con cargo al presupuesto de la hermandad, a lo que había que añadir rosquillas, dulces y mistela que se ofrecían a los miembros del clero parroquial, al padre predicador y a los horquilleros que procesionaban las imágenes. En 1773, por ejemplo, se emplearon sólo en las rosquillas una fanega de trigo, una arroba de azúcar, otra de aceite, y el vino necesario, lo que ascendió a un total de 157 reales. Hasta garbanzos se dieron un año. El final de estos dispendios llegó en 1780 con un mandato general que prohibió refrescos, meriendas y cenas en días en los que era preceptivo el ayuno.

Las imágenes que salían en procesión eran: San Juan Evangelista, el Señor de la Humildad (amarrado a la Columna), Nuestro Padre Jesús Nazareno, el Señor Crucificado y Nuestra Señora de los Dolores (que luego salía como Virgen de la Soledad).

San Juan Evangelista salía la noche del Jueves Santo, junto con el Señor de la Humildad y Nuestro Padre Jesús. Llevaba túnica morada y capa verde (aunque en ocasiones se dice al revés), ambas de damasco. Le precedía una banderola de damasco verde con su escudo. En 1808 se pintó su capilla, a la vez que la del Crucificado y la de la Virgen, lo que importó en total 700 reales. En 1809 se restauró la imagen y en 1826 se compraron unas andas nuevas.

Del Señor de la Humildad, tras la desaparición de su hermandad, pasó a hacerse cargo la del Santísimo. No tenía altar en la iglesia, simplemente estaba, como San Juan, colocado en una hornacina. Posteriormente, entre 1803 y 1806, le fue construida una capilla por los maestros Rejano y Manuel Castellanos, alias "Rosales", que importó 2.372 reales. Al año siguiente se pintó dicha capilla color piedra con golpes de dorado por un total de 800 reales. Las andas y la peana habían sido realizadas en 1789-90.

La imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno estaba vestida con camisa de bretaña (lienzo fino) con encajes y túnica de terciopelo morado, franjeada de galón de oro. Llevaba corona de espinas, de plata, y cabellera de pelo natural, que se cambiaba de cuando en cuando: en 1764, en 1794, en 1804... Estrenó cruz de madera dorada con pequeños espejos en la Semana Santa de 1762. Se usaba otra cruz corta, de madera basta, cuando estaba en su altar, tal y como ocurre hoy día. A dicho altar se le agregó en 1776 un retablo de madera, dorado por el maestro Pedro Pérez, que cobró por ello 200 reales. En 1799, el maestro carpintero Eusebio Pérez le construyó unas andas.

El Señor Crucificado, el mismo que ahora conocemos, usaba, tanto en su altar como en procesión, un tonelete, especie de falda corta, de tela de holanda con encajes, comprado en 1764. En 1787 se arregló ese tonelete y se adquirieron dos más: uno de bretaña y otro de seda con punta fina. La imagen llevaba corona de plata. En 1799 se arreglaron sus andas (ya habían sido restauradas en 1756), seguramente por mano del citado carpintero Eusebio Pérez; y en 1824 se construyeron unas nuevas.

La imagen de la Virgen de los Dolores estaba adornada con toca de cambray, camisa, pañuelo, peto de plata y corona, también de plata, que fue restaurada en 1779, al mismo tiempo que las andas. En 1794, un tallista realizó algunos retoques a la imagen. No serían de mucha importancia, porque su trabajo sólo costó 30 reales. Su capilla fue pintada en 1808-9 y arreglada en 1812. En 1802 estrenó un manto en el que se emplearon 15 varas de terciopelo negro, 2 y media de tafetán, 6 y media de ruán (tela de algodón estampada en colores), 12 de punta de plata y 233 estrellas de plata engarzadas en el terciopelo, lo que ascendió a un total de 1.667´5 reales.

En 1819, la Semana Mayor de Salobreña se enriqueció con una nueva imagen para procesionar el Viernes: el Santo Sepulcro. Fue adquirido en Granada por un total de 7.749 reales (incluyendo el traslado por ocho hombres). A partir del año siguiente, y durante muchos más, la hermandad del Santísimo pedía donativos "para el entierro de Cristo".

Y aquí concluyo este breve e incompleto recorrido por este apasionante tema del pasado de nuestra Semana Santa. Esperemos que la de hoy y la de mañana sea digna heredera del esplendor antiguo y de la profunda fe de nuestros antepasados.


BIBLIOGRAFÍA:

Libro de Mandatos generales (1724-1928) y Libros de cuentas de la cofradía del Santísimo Sacramento y San Sebastián (1747-1796 y 1796-1841), en el Archivo Parroquial de Salobreña..

(Publicado en el primer número de la revista "Salobreña Cofrade", Salobreña 2001)

 


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