SEMANA SANTA EN LA CALETA (AÑOS 60)

Gonzalo Pulido Castillo

La Caleta era, a finales de los años 50, una barriada pobre y carente de las infraestructuras y servicios indispensables para su desarrollo. El primitivo núcleo de pescadores se había visto incrementado paulatinamente, a lo largo de los cien años anteriores, con la gente que acudía a trabajar en la industria azucarera. Y sobre esos dos factores, fábrica y pesca, se levantaba la precaria economía de quienes se enfrentaban con valentía y con esfuerzo a las dificultades de la vida.

La Caleta es una barca

cansada de navegar

que sueña junto a las olas

volver a surcar el mar.

Mis primeros recuerdos de un lugar de culto en La Caleta son los de la capilla de la fábrica de azúcar "Nuestra Señora del Rosario", propiedad de la familia Agrela. El administrador de la fábrica abonaba un estipendio al párroco de Salobreña por celebrar allí los oficios religiosos cada domingo. En esa capilla, pequeña, casi como un oratorio privado y familiar, se encontraba un Crucificado de reducidas dimensiones y, en el altar, tras una cristalera, se podía ver una bonita imagen de la Virgen del Rosario.

La Semana Santa no se celebraba en La Caleta. Había que ir a Salobreña para participar en oficios litúrgicos o para ver procesiones.

La llegada de don Maximiliano Ferrer como primer párroco de la parroquia de La Caleta y La Guardia marcó el inicio de una necesaria y urgente modernización. Con entusiasmo digno de todo elogio levantó una iglesia amplia y luminosa, con casa parroquial, salón de reuniones y otras dependencias, un grupo escolar pionero en la comarca (que dirigió con acierto y entrega la siempre recordada Dª Felisa Brieva) y un barrio de casas confortables y económicas (al que bautizó con el nombre de su buen amigo D. Juan Camacho, entonces párroco de Órgiva y luego de San Juan de Letrán, en Granada).

Pero la tarea más importante que llevó a cabo D. Maximiliano en la Caleta fue la profunda evangelización de sus habitantes, tan llenos de auténticos valores humanos como necesitados de apoyo y comprensión. En este aspecto merecen resaltarse las reuniones de los viernes con adolescentes y jóvenes, que supusieron un hito señero en el proceso religioso de aquellos tiempos.

Y allí nació una nueva forma de vivir la Semana Santa, que es el tema que hoy nos ocupa.

No estaban aún concluidas las obras del templo cuando se llevó a cabo en su interior una representación de la Pasión de Cristo. En lo que luego sería el presbiterio se colocó una gran cruz en la que "moría" el entonces seminarista Pepe Luis González Rodríguez, entre la absorta admiración de quienes activa o pasivamente participábamos en la obra. Fue algo memorable.

Las concurridas catequesis que abarrotaban la iglesia y las dependencias anejas eran el mejor caldo de cultivo para promover no sólo la formación cristiana de niños y adolescentes, sino también entretenimientos sanos y actividades culturales. En el salón parroquial funcionó durante muchos años un Teleclub, abierto a jóvenes caleteros y salobreñeros, que no tenían a su disposición un lugar como aquél donde relacionarse con gente de su edad y pasarlo bien. Aún recuerdo el día en que Conchita Medina, Antonio Lozano y yo acompañamos a D. Maximiliano a Granada para recoger de manos del entonces ministro de Información y Turismo, D. Manuel Fraga Iribarne, en el Gobierno Civil, el televisor que se nos regaló para iniciar la andadura del Teleclub.

Recién terminadas las fiestas navideñas, cada viernes, tras la reunión parroquial, dedicábamos un rato al ensayo de los cantos para las celebraciones de la Semana Santa. Fue un verdadero acierto la incorporación al grupo escolar de una persona de las cualidades humanas de D. Antonio Peralta, verdadero artífice de la educación musical de toda una generación de caleteros.

Un año estrenamos la magnífica colección de inspiradas melodías que, sobre los textos litúrgicos, había compuesto Tomás Aragüés. Desde el Domingo de Ramos hasta la Vigilia Pascual, en la noche del Sábado Santo, un numeroso grupo de jóvenes hacíamos oír nuestras voces desde el coro.

Cristo se sometió incluso a la muerte,

y una muerte de cruz,

por eso Dios lo levantó sobre todo

y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Las únicas procesiones que tenían lugar eran las del Domingo de Ramos, por los alrededores del templo parroquial;

Las calles de La Caleta

hoy se han vestido de gala,

para que cruce por ellas

el Redentor de las almas;

y la del Viernes Santo por la tarde. El crucifijo que se hallaba en la sacristía era portado por el sacerdote mientras se rezaban las estaciones del Vía Crucis. Esta procesión no tenía itinerario fijo y cada año recorría distintos barrios, que así tenían la oportunidad de ver pasar la imagen de Cristo frente a sus casas. El recorrido ponía a prueba los pulmones de los devotos que debían subir la empinada cuesta, camino del Contino, al mismo tiempo que entonaban el "Perdona a tu pueblo, Señor". Tenía mérito no desafinar.

Un año, excepcionalmente. se sacó en procesión la extraordinaria talla del Cristo que preside el altar mayor, obra del célebre imaginero granadino Sánchez Mesa, hasta la placeta de la Ramblilla y allí se celebró un emocionante acto penitencial. Creo que fue la única vez que la imagen del Crucificado salió de su iglesia.

A este Cristo no hace falta

que le busquen costaleros,

porque va en los corazones

de todos los caleteros.

La Semana Santa de los años 60 en La Caleta tenía poco de espectáculo y mucho de devoción íntima y desnuda, era más una experiencia religiosa que una fiesta cultural. Como debe ser. Y recordarla, después de tanto tiempo, todavía despierta en los que la vivimos un eco de profunda nostalgia.

(Publicado en la revista Salobreña Cofrade nº 4, marzo de 2004)

 


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