PREGÓN  DE  SAN ANTONIO DE PADUA

EN LAS ALMONTARAS

 

10 DE JUNIO DE 2005

 Gregorio Martínez Punzano,

profesor de Matemáticas y director del IES "La Sagra" de Huéscar (Granada)

  

Chaveros  y chaveras  de nación, de vocación, de corazón y de adopción. Jóvenes  y menos jóvenes, personas todas que me escucháis. Salud y buen humor os deseo en estas fiestas.

          Hace una  semana me llamó “nuestro alcalde” (sí, he dicho “nuestro alcalde”, porque  yo me sigo considerando chavero como vosotros), para decirme que me iban a incluir en el programa de fiestas como pregonero oficial.

          Al principio me quedé un poco sorprendido, porque yo no soy poeta ni escritor, y, como dice el refrán, “nadie es  profeta en su propia tierra”. Por eso os agradezco que hayáis hecho trizas este tópico, y para demostrar mi sincera gratitud, aquí me tenéis.

Muchos jóvenes se preguntarán el por qué  he empezado llamándoos “chaveros“ y no “almontareños”, que sería lo correcto; y cuál es la razón de que indistintamente se pueda decir Los Chavos  o Las Almontaras.

         La cuestión  es bastante sencilla: el nombre vulgar de Los Chavos procede de que la primera familia que habitó este lugar era la del tío Chavo. De hecho existen todavía los pinchos del tío Chavo, que están en el camino que va hacia el Cerro de la  Carriona.

         Por otra parte, el nombre oficial de Las Almontaras se debe  a los dos montículos (de unos 1.100 metros de altitud) que hay al final de la Cañá del Perro. El de la izquierda mirando a Levante es el más alto.

         Hay que decir también que, antiguamente, esta altiplanicie que es el Campo del Rey y todos sus alrededores eran bosques profundos con una  abundante vegetación. Lo primero que hacían sus primitivos pobladores era buscar un sitio para resguardarse,  y por eso en el Barranco de Belerda, y en los otros barrancos también, aprovechando el desnivel del terreno, hacían  sus cuevas. Así, con el tiempo, fue creciendo hasta convertirse  en lo que es en la actualidad.

         Pero el objeto de este Pregón es el de honrar la memoria y evocar el recuerdo de nuestro patrón, que es San Antonio de Padua (1195-1231). San Antonio nació  en Portugal, pero el apellido por el que lo conoce el mundo lo adquirió de la ciudad italiana de Padua, donde murió  y donde todavía se veneran sus reliquias. Se le ha llamado el “Santo de todo el mundo”  porque su imagen y devoción se encuentran por todas partes.

         Según uno de sus biógrafos, “era poderoso en obras y en palabras. Su cuerpo habitaba esta tierra, pero su alma vivía en el cielo”.

         Es el patrón de las mujeres estériles, de los pobres, viajeros, albañiles, panaderos y pasteleros. Se le invoca por los objetos perdidos y para pedir por un buen esposo/a o por un buen novio/a. Es verdaderamente extraordinaria su intercesión.

         Sin darme cuenta he mencionado una serie de nombres como la Cañá del Perro, el Cerrro de la Carriona, Belerda, San Antonio..., y automáticamente mi subconsciente me ha trasladado a los días de mi niñez, una etapa en la que fui  inmensamente feliz. Me trae recuerdos de personas, unas que ya no existen, otras que tuvieron que emigrar a lugares lejanos; a algunas de ellas las he vuelto a ver, a otras desgraciadamente no.

         Cuando vengo por aquí y veo a la gente joven, o cuando van alumnos al Instituto donde trabajo, observo sus rostros y quiero ver en ellos a aquel chaval que fui, con sus pantalones cortos, sus orejas llenas de sabañones  y curtidas por el frío de haber guardado ovejas por esos cerros (como el del Rey y otros) o  barrancos (como la Rambla del Yeso, el barranco Pocico...).

         También recuerdo con añoranza cuando llevábamos las reatas de bestias a darles agua a la Canalilla. Aquello era una fiesta. La bajada al río era otra historia, ya que en verano la aprovechábamos  para bañarnos.

         El verano, para nosotros, era la mejor época, ya que la mayoría de los jóvenes dormíamos sobre las “parvas” de las eras, disfrutando del frescor de la noche y de la inmensidad del firmamento. Aquello era verdaderamente maravilloso. Se puede decir que era una vida bellamente salvaje.

         No puedo olvidar tampoco las Navidades, ya que  en esas fechas tan entrañables volvía mucha gente, bien de estudiar (los menos) o bien  de trabajar fuera (los más). Los bailes que había  todas las noches en el Bar de Domingo eran épicos; todas las viejas, alrededor del bar, parecían un tribunal examinador sobre qué pareja se arrimaba o se alejaba más (las pobres también tenían derecho a ver aquel espectáculo, no había otro; un recuerdo cariñoso para todas ellas). El “pick-uk” no paraba en toda la noche, dándole caña a la Campanera, Islas Canarias, Pasodobles, Farina, Pepe Pinto, etc. Puedo afirmar que no me encontré nunca a ningún chavero que no supiese bailar bien un pasodoble. El aprendizaje que tuvimos fue magnífico. 

         Por otra parte, en aquel salón  no hacía falta  ni aire acondicionado ni calefacción, al estar siempre a rebosar de calor humano, tanto que sudábamos más que los pollos de las granjas en el verano.

         También era muy esperada la Nochevieja, ya que era cuando se decían los famosos “adagios”. Un maestro para rimarlos era el tío Ramón Cruz. Tenía una inteligencia natural para estas cosas.

         Otra fiesta importante al cabo del año era, y es, la que nos ha traído  esta noche aquí, que es lógicamente San Antonio. Como había tan pocas fiestas al cabo del año, cuando venía una la aprovechábamos a tope. Lo primero que hay que decir es que su preparación era bastante trabajosa. Los Mayordomos cortaban palos, mimbres y otras ramas de árboles para hacer la verbena en un recinto cerrado donde se celebraba el baile. También eran famosas las corridas de cintas a caballo. Los jinetes se esforzaban en llevarse las cintas bordadas por las muchachas más guapas. Todo un espectáculo ecuestre. Aquí quiero mandar un cariñoso saludo a los Mayordomos de todos los años y todas las épocas, ya que sin su trabajo esta fiesta no se mantendría. Afortunadamente todo esto forma parte de la cultura y de la historia de nuestras Almontaras.

         Pero, repasando mis recuerdos,  no me puedo dejar en el tintero a una persona que marcó una etapa esencial en la vida de esta aldea, y que fue Dª. Encarnación Pellisó Sánchez. Pequeña de estatura, pero grande de espíritu,  que inspiraba firmeza, esfuerzo, trabajo y sacrificio. Hacía de cura,  juez, padre y madre de todos nosotros. Mientras ella estuvo aquí, hasta su jubilación, no había niños en la calle, ni en el bar, no se peleaban. Ella lo arreglaba todo con una vara  de pino y unas orejas de burro para el que no quería estudiar. Los frutos no se dejaron esperar.

         Como podéis observar, queridos amigos y paisanos, estos y otros muchos son los recuerdos de una infancia totalmente feliz, en donde las familias estaban  unidas, juntas, y, dentro de las limitaciones económicas de la época, se divertían y disfrutaban de sus fiestas con alegría.

         Por tanto, yo siento al hablar de vosotros y de nuestra “aldea” no ya “un cascabel sonando en la más remota esquina del corazón”, sino  toda una orquesta en el alma, elevando un himno de esperanzas en una urgente redención de estas tierras, en una ilusión de regresos, de vuelta decisiva de emigraciones de tiempos pasados, desde los tiempos del pan escaso, de retorno definitivo al calor insustituible de las raíces.

         Que  nunca más el hombre de esta tierra hermosa tenga que perder sus amigos de siempre, sus árboles de siempre, sus paisajes de siempre, arrastrando a sus ancianos hacia ciudades deshumanizadas, haciendo de sus hijos materia de destierro. Es necesario el entusiasmo de los gobernantes  y la voluntad de cada vecino; la iniciativa particular, potenciada por el amor a la tierra, sólo ésta  puede conseguir el milagro.

 Pero no nos pongamos tristes, porque hoy comienzan las fiestas. La fiesta, universal necesidad del hombre, es siempre una cita en la alegría después de sudores cumplidos en el duro trajinar, después de ese trasiego  de angustias y primaveras que da y que quita la vida.

         También la fiesta es una razón de amor, que culmina en la convivencia y se manifiesta en la alegría, una flor nacida en campos de esperanza. Es un estrechar lazos familiares, un ejercicio de amistad, un recibimiento para paisanos ausentes, el sueño de los niños, el hacerse todos  niños dentro del juego de la felicidad.

 La fiesta es el primor bordado de un refajo, la alegre espera de los frutos nuevos, el deleite de las buenas comidas, la reafirmación gozosa  en las tradiciones.

         Queridos paisanos, pidamos la intercesión de San Antonio para que nos proteja a todos. Muchas gracias.

 ¡VIVA SAN ANTONIO BENDITO!

¡FELICES FIESTAS 2005!   


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