EL SECRETO DE LA CRIPTA


Gonzalo Pulido Castillo


Hace muchos años, con ocasión de unas obras de remodelación en la ermita de la Soledad, que antiguamente se llamaba de san Sebastián, apareció bajo la solería del altar mayor una losa con dos argollas, indicio de la entrada de una cripta o enterramiento de otros tiempos. Comunicado el hecho al párroco de Santa María, éste dio permiso para levantar la losa y acceder al recinto.

No son extrañas en Huéscar las sepulturas en iglesias y conventos. Por ejemplo, parece ser que bajo la capilla de san Pedro, en la iglesia de Santa María, yacen los restos mortales de doña Francisca María de la Jara, muerta en el siglo XVIII con fama de santa y enterrada primeramente en la iglesia de san Francisco; la iglesia de Santiago guarda, bajo el presbiterio, los despojos de la madre Constanza, religiosa venerada, el eco de cuyos portentos traspasó las fronteras de nuestra comarca; y así bastantes casos más que no se mencionan por no alargar el asunto que nos ocupa.

Volviendo a nuestro tema, el rumor del hallazgo encendió la morbosa curiosidad de las gentes, que se acercaban en tropel a las inmediaciones de la ermita para enterarse los primeros, y luego, exagerando un poco, contarlo a los vecinos. Pero las autoridades, enemigas de la publicidad, se las ingeniaron para realizar la investigación sin que nadie lo advirtiera. Y eligieron una noche de domingo para bajar sin muchos testigos a lo que parecía una cripta.

Levantada la pesada losa, apareció una escalera que descendía a la oscuridad más profunda y absoluta. El insoportable hedor a humedad y descomposición hacía irrespirable el ambiente. La luz de las linternas disipaba sólo en parte la densa cortina de sombra que protegía desde tiempo inmemorial aquel recinto fúnebre.

El macabro espectáculo que podía vislumbrarse entre las tinieblas era horripilante: una habitación de regulares dimensiones con poyos adosados a las paredes, y sobre ellos numerosos féretros de madera descolorida y deformada por la humedad. No había menos de treinta ataúdes, colocados unos sobre otros en desordenada mezcolanza. Algunos tenían rotos los tableros laterales y dejaban ver trozos de vestiduras y pelados huesos. Uno estaba sin tapa, mostrando un cadáver acartonado y pálido, la calavera un poco levantada, apoyada en un cojín, las manos extendidas y cruzadas sobre lo que antaño fue vientre, entre jirones de una sotana grisácea y cubierta de polvo.

Las arañas, en lenta labor de años, habían cruzado repetidamente de una esquina a otra de la habitación la espesa urdimbre de sus telas, como tules de olvido sobre aquellos restos que un día lejano fueron seres felices bajo la luz del sol.

Pero lo que más llamó la atención de quienes bajaban por la empinada escalera fue un esqueleto, cuyas ropas señalaban como de mujer, que se hallaba tendido sobre los últimos peldaños. Estaba boca abajo, los brazos bajo la frente, los puños cerrados, como en gesto de súplica o desesperación.

Para poder bajar hasta el fondo de la habitación hubo que apartarlo. El más atrevido lo empujó con el pie. El esqueleto cayó al suelo con un lúgubre ruido que sonó a lamento, a gemido, y se deshizo. La calavera rodó hasta que se detuvo contra la pared. Allí quedó inmóvil.

Entre los huesos desparramados se encontró una pulsera de oro con un nombre grabado. El sacristán la recogió del suelo. Y como ya no había nada más que ver, salieron apresuradamente de aquel lugar donde era tan evidente el poder de la muerte. La losa se colocó en su sitio y la tiniebla más profunda volvió a reinar en la cripta. Las obras de restauración de la ermita ocultaron otra vez la entrada con una nueva solería de terrazo, y poco a poco el recuerdo de aquel descubrimiento se fue perdiendo en la memoria de la gente. Veinte años después nadie daba razón de la cripta ni de lo que había en ella. El único testimonio de su existencia, la pulsera de oro grabada con un nombre, se fundió para hacerle una medalla a la Virgen.

Pero el misterio de aquella mujer muerta en la escalera de la cripta tenía que resolverse. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿Cuál había sido la causa de su muerte? El tenebroso enigma me torturaba, me perseguía sin descanso, me asaltaba en mis noches de insomnio. Y empecé a investigar.

El único superviviente de cuantos bajaron aquella noche a aquel lugar de horror era, cuando yo lo conocí, un anciano casi decrépito. Inmovilizado en su lecho de paralítico veía pasar monótonos los últimos días de su existencia. Se aburría. Y gozaba relatando historias verdaderas o falsas de otros tiempos, aventuras en las que él era protagonista. Sus nietos ya no lo escuchaban. Se sabían de memoria sus anécdotas y sus invenciones.

Le pregunté por el asunto de la cripta y fingió no recordar. Seguí insistiendo con disimulo durante días, y semanas, y meses, hasta que conseguí que me contara algo. Sus descripciones temblorosas no repetían sino detalles macabros. Pero la duda persistía. ¿Quién era aquella mujer? Y una tarde me reveló que el nombre grabado en la pulsera era el de Mariana.

Después todo fue muy fácil. En polvorientos archivos, desconocidos para la mayor parte de los oscenses, seguí el rastro de aquella mujer misteriosa cuyo trágico final permanecía oculto durante tanto tiempo. Y poco a poco se fue haciendo la luz.

A principios del siglo XIX, por la época de la invasión napoleónica, había un cura en la iglesia de Santiago que se llamaba don Clemente José Ortuño. Diariamente celebraba don Clemente su misa matutina ante el impresionante retablo barroco que llenaba el altar mayor.

Vivía desde 1804 en Huéscar, en una casa de dos plantas que se alzaba en el Paseo, con su hermana doña Josefa y su sobrina Mariana. Era ésta una joven morena, de no más de diecisiete años, de finos rasgos, semblante risueño, labios rojos y carnosos, el pelo recogido en la nuca y los negros ojos chispeantes, como carbones encendidos.

Andaba la muchacha medio enamorada de un galán de bastante apostura, de blanca piel y pelo casi rubio, que contrastaba con el de ella, de buena posición y grandes prendas personales. Andrés, que así se llamaba el muchacho, no había cumplido aún los veinte años. Y correspondía con sincera pasión al amor de Mariana.

Hasta aquí nada resultaba extraño. Una pareja, como tantas otras de cualquier época, lugar y posición social. Y, al igual que otros muchos novios, hubiesen podido ser felices si no se hubiera interpuesto entre ellos el dramático conflicto que voy a relatar a continuación.

España, en aquellos entonces, estaba invadida, como ya sabemos, por las tropas de Napoleón, el ambicioso emperador francés que quería dominar el continente europeo. Y aunque el honrado pueblo español luchaba denodadamente contra los crueles invasores por campos y ciudades, había una minoría de compatriotas que no veían con malos ojos la actuación de Napoleón, porque pensaban que traería la modernización de España. Eran los afrancesados. Y entre los afrancesados de Huéscar se hallaba la familia de Andrés.

Don Clemente no quería ni oír hablar de que su sobrina anduviera en relaciones con "ese traidorzuelo, amigo de los franceses", que para el bueno del cura eran como herejes, más aún, como demonios, que expoliaban ayuntamientos, parroquias y casas particulares.

- ¿Dónde vas? - gruñía doña Josefa a su hija, al verla compuesta con la ropa nueva, la que le compró en la última feria.

- Voy a Santa María, a la novena de las Santas, - respondía con fingida mansedumbre la enamorada Mariana. Pero el brillo de sus hermosos ojos la traicionaba.

- Sí, sí. A Santa María, - replicaba burlona y malhumorada la madre -. A ver a ese renegado de Andrés.

- No, madre. Hoy no voy a verlo. Y no es ningún renegado.

- Es algo peor. Un traidor. Y no quiero que te vean con él, te lo he dicho muchas veces. Él en su casa y tú aquí. ¡Maldita sea! Al final se reirá de ti todo el pueblo. Te criticarán. Y ya sabes como es Huéscar para la crítica. No te dejarán un pellejo sano.

La madre seguía con su retahíla de advertencias, oídas pacientemente por la muchacha, que aguardaba en silencio que pasara el chaparrón para poder marcharse en paz.

Y ya en la calle, como pájaro al que se abre la puerta de la jaula, volaba hacia las afueras del pueblo, el pecho jadeante, el paso ligero y el amor iluminándole el rostro. Andrés la esperaba fuera de los arrabales, por donde discurría el camino que llevaba a Castilléjar, desde hacía más de una hora. ¡Qué emoción al encontrarse! ¡Qué olvidarse del mundo cuando se estrechaban en abrazos tanto más sabrosos cuanto más deseados! Ni las palabras de doña Josefa, ni el temor de que alguien pudiera verlos, ni la incertidumbre de los momentos que vivían entibiaban la calentura de su pasión. El amor siempre es ciego, pero el de ellos también era sordo, porque no oían las esquilas de los rebaños que cruzaban los campos rumbo al agua de Parpacén, ni el estrépito de los carros que se dirigían a Baza cargados de alimentos requisados por los franceses en los cortijos del campo de la Puebla, ni el rítmico galope de los caballos de los correos, o de los vigilantes, o de los espías.

Al cabo de un tiempo, Mariana estaba en el punto de mira del cabecilla invasor, un sargento francés con muy pocas contemplaciones y enemigo de miramientos con aquellos "estúpidos españoles incultos", como solía decir.

Un día llegó un soldado gabacho a la casa de don Clemente. Traía orden de llevarse a Mariana para que declarara. Cosa de poca importancia, según dijo. "Alguna niñería, cosas de estos franceses, tan desconfiados", decía el cura, mientras las piernas le temblaban por debajo de la sotana. Él, mejor que nadie, sabía lo que les podía venir de aquel asunto.

Para doña Josefa, aquello fue una hecatombe, una maldición. "¡Te lo decía yo, esto es cosa de esa mala gente! ¡Andrés tiene la culpa!". Y entre llantos y suspiros dejaron ir a Mariana. Total, no era tan lejos, sólo hasta la calle Mayor, donde estaba instalado el despacho, en una casa requisada, por supuesto. Pero, ¿y la gente? ¿Qué diría la gente? ¡La sobrina del cura de Santiago yendo a declarar ante los franceses! "Algo habrá hecho", comentaron unas comadres, siempre dispuestas a pensar lo peor, e incluso a inventarlo si hacía falta.

A Mariana le preguntaron por el famoso guerrillero Villalobos, "salteador de caminos" según el sargento. Se sabía que había contraído matrimonio en agosto del año anterior con una dama de Orce y que don Clemente fue testigo de esa boda secreta. Pretendían que Mariana dijese lo que supiese para poder apresar a aquel Villalobos, que quitaba el sueño a los franceses desde Guadix a Murcia. Pero Mariana poco podía decir, porque nada sabía de aquel asunto. ¡Preguntarle cosas de la guerra a una niña enamorada que sólo vivía de sueños!

Realmente, José Miguel Villalobos, el guerrillero tan buscado por el ejército francés rondaba los alrededores de Huéscar por aquel entonces. A escondidas se había casado el día nueve de agosto del año anterior en la iglesia de Santa María. Y era verdad que el tío de Mariana había sido testigo de la boda. Pero del hecho no se encontraron los papeles, guardados como estaban en el archivo secreto de la parroquia. La flamante esposa de Villalobos, doña María Pascuala Belmonte, de la mejor familia de Orce, pasaba aquellos revueltos días en un cortijo de San Clemente, donde nacería su primer hijo.

Dos meses antes de su boda, Villalobos, con ciento veinte de los suyos a caballo había sorprendido a un destacamento francés que subía las cuestas de Galera. Ochenta cadáveres franceses se pudrían al sol en los barrancos galerinos y diecinueve soldados más fueron apresados. Meses después, ya en enero de 1811, hizo cundir el pánico en la comarca, porque lo habían visto rondar por Orce. Y en mayo tuvo una refriega en la Venta del Peral.

Era comprensible la preocupación francesa por prender a quien tantos problemas les estaba causando. Estaban rabiosos, y, desde su punto de vista, con razón. Pero Mariana no sabía nada de nada, y no la sacaron de ahí. La amenazaron con golpearla, con encerrarla, con ponerla frente a un pelotón de fusilamiento, con quemar su casa con su familia dentro. Pero después de dos horas de interrogatorio, Mariana, llorosa y asustada, fue dejada volver a su casa.

La alegría de doña Josefa y de don Clemente no es para narrarla. La madre, entre abrazos histéricos y risas desentonadas, inquiría sobre el trato que había recibido en el despacho del sargento, "a quien Dios confunda". Y para no hacerla limpia del todo, remataba sus alocados comentarios con veladas indirectas sobre Andrés, "que podía haberte librado de esto, con lo amigo que es de los franceses, digo yo; si te quisiera habría ido a defenderte".

El cura callaba, pero se percataba de lo delicado de la situación. Era amigo de Villalobos y de los demás rebeldes que luchaban contra los franceses. Y éstos no se andaban con tonterías. Si alguien lo delataba, lo pasaría mal. ¿Alguien? ¿Quién? ¡Andrés! ¡Aquel capricho de su sobrina podía llevarlo a la muerte! Y tenía miedo a morir, y sobre todo a sufrir.

Habló con ella.

- Mira, sobrina. Andrés no es de fiar. Su padre no visita la iglesia ni frecuenta los sacramentos. Y él va por el mismo camino. Recuerdo que antes era un buen zagal, un ángel. Pero el contacto con los enemigos de la Religión y de la Patria lo ha hecho cambiar. Y no quiero que tú sufras las consecuencias de una mala elección. Hay otros muchachos en Huéscar. El pueblo está lleno de ellos. Muchachos honrados, trabajadores, muchachos religiosos que te querrán siempre y serán buenos padres para tus hijos. Considéralo, Mariana, y deja ya a Andrés. No es digno de ti.

Mariana, sin embargo, no le oía. Había salido bien parada de aquel enojoso asunto con los franceses y sólo quería olvidar. ¿Y cómo mejor que entre los brazos de Andrés? Se vieron una vez más junto a los muros de la ermita de San Sebastián.

- ¿Me quieres?, - preguntó ella mirando fijamente los ojos de él.

- Con locura - susurró él apretándola amorosamente contra su pecho.

- Mi tío te teme, y mi madre nunca te ha querido.

- ¿Por qué?

- Porque dicen que eres amigo de los franceses.

- Mi padre finge que es amigo de los franceses para que no le roben la casa, ni le quemen las cosechas, ni se lo lleven preso a Baza como a tantos otros propietarios. Por eso sólo. Pero a mí ni franceses ni españoles me han dado nada, y no estoy de parte de nadie. Sólo te quiero a ti - terminó sonriendo.

- Pero tengo miedo, Andrés. Hoy me han llevado a declarar. Se ha enterado todo el pueblo. ¡Quién sabe lo que idearán mañana para intentar que les cuente lo que no sé! Y aunque lo supiera, yo nunca declararé contra mi tío. Es para mí como un padre. Prefiero que me lleves lejos, muy lejos, donde nadie nos conozca. Allí seré solamente tu mujer y tú mi marido. Ni tú serás el hijo de un hombre odiado ni yo la sobrina del cura de Santiago. ¿Qué piensas?

- Que llevas razón. Hoy mismo preparo nuestra fuga. Tengo dinero y joyas, una por cierto grabada con tu nombre, que pensaba ofrecerte cuando pidiera tu mano. Mañana noche nos marchamos camino de Madrid.

La tarde primaveral caía desmayada sobre los árboles y las flores que rodeaban la ermita. La brisa perfumada hacía tintinear débilmente la campana que coronaba la espadaña. Y el crepúsculo, tan bello que daba tristeza, envolvía el tranquilo paisaje en resplandores dorados y reflejos sangrientos. Aquellos dos corazones juveniles, fundidos en un abrazo que hubieran querido eterno, creían absurdamente que en la vida hay lugar para la esperanza y para el amor. No veían cómo se levantaba en el horizonte el pájaro negro de la muerte, con las alas abiertas para oscurecer con ellas sus ilusiones recién nacidas.

Al anochecer del día siguiente, Mariana y Andrés, escapados de sus casas, protegidos por las primeras sombras, se encontraban en las cercanías de la ermita, mudo testigo de sus horas de amor. El coche de Andrés, al que había enganchado el mejor caballo de su bien nutrida cuadra, se entretenía cerca de ellos. Todo estaba dispuesto para marchar camino de una felicidad que parecía cerca, muy cerca, más cerca que nunca.

De pronto, el aire tranquilo se estremeció. Una descarga de fusilería había sonado a lo lejos. Empezó a oírse un confuso griterío que crecía por segundos. Numerosas antorchas se acercaban iluminando fantasmalmente la reciente oscuridad. Los gritos y las maldiciones se fundían con los espantados relinchos de los caballos. El gentío se aproximaba a ellos. A través de los árboles podían verse las siluetas gesticulantes y el espeso humo de las hachas encendidas.

Andrés y Mariana sintieron miedo, ese miedo producido por la ignorancia de lo que sucede, ese miedo ciego que nos impulsa a realizar actos nerviosos y atolondrados. Entraron apresuradamente en la ermita. Pero el estruendo se acercaba cada vez más, amenazante como una oscura pesadilla. ¡No debían encontrar a Mariana! Andrés reparó en la entrada de la cripta que mostraba sus argollas de hierro. Miró a la imagen de San Sebastián, acribillado a flechas, en la penumbra del altar mayor, como pidiéndole ayuda, y una idea salvadora se le vino como un relámpago a la mente. Con la sobrehumana fuerza que da la desesperación levantó la pesada losa y empujó a Mariana al interior de la cripta. La aterrorizada muchacha no pudo hacer siquiera un gesto de asco al bajar los primeros escalones de la maloliente estancia fúnebre. Sus ojos se volvieron hacia los de su amor con una de esas expresivas miradas que dicen más que cien palabras. "Espérame, volveré por ti", susurró él casi sin fuerzas mientras corría la losa. Mariana quedó sumida en sombras espesas. Apretó contra su pecho la pulsera que aquella misma noche le había regalado Andrés. Y rezando y gimoteando, acurrucada en los húmedos escalones, quedó temblorosa, inmóvil, aguardando que todo pasara pronto y Andrés, su Andrés, volviera por ella. Oyó primero un salvaje griterío que duró varias horas, luego vagos rumores intermitentes, más tarde una explosión horrible que hizo temblar los cimientos de la ermita. Por fin sobrevino el silencio, un silencio profundo, absoluto, eterno.

Andrés, después de colocar en su sitio la losa, salió a la puerta y vio al numeroso grupo de personas que se avecinaba. Eran partidarios de Villalobos que huían despavoridos ante el destacamento de franceses al que habían intentado sorprender. Los franceses, avisados por algún delator, se habían prevenido. Los patriotas habían sido acorralados, algunos habían caído muertos a tiros; otros, pisoteados por los caballos, yacían irreconocibles sobre charcos de sangre; algunos, más valerosos o más inconscientes que los demás, habían plantado cara a la muerte a pecho descubierto y se habían llevado con ellos al otro mundo a algunos de sus enemigos; pero el resto de rebeldes corría por el campo en grupos dispersos, uno de los cuales era el vislumbrado por Andrés. Pasaron frente a él sin prestarle atención.

Penetraron en la ermita, cerraron la puerta y la atrancaron con cuantos muebles encontraron a mano. Ya se creían a salvo de los franceses, pero éstos, embriagados de sangre española, no pensaban dejarlos escapar tan fácilmente. Cercaron el edificio y, tras romper las vidrieras, arrojaron dentro antorchas encendidas y piedras. El desaliento cundía entre los sitiados. El humo hacía irrespirable el ambiente. La resistencia estaba llegando al límite.

Oculto entre las sombras y protegido por un grueso tronco de árbol, Andrés esperaba ansioso que la refriega terminase para poder rescatar a Mariana. ¡Pobrecilla, sola en la oscuridad, asustada...! Pero el asedio se prolongaba. Los franceses, cuando asomaban las primeras luces de la mañana, temiendo que la partida de Villalobos acudiera en socorro de aquellos desharrapados españoles, tan testarudos, y los liberara, tomaron una determinación terrible: incendiar la ermita.

Prendieron fuego a la puerta. Las llamas se abrazaron a las castigadas maderas, llenas de agujeros causados por los repetidos disparos, y en un santiamén las consumieron. Un torbellino de fuego penetró en el interior, devorando con sus lenguas abrasadoras los doseles, los retablos, las imágenes que la devoción de los siglos había colocado allí, y alcanzó al majestuoso artesonado que cubría con su manto de maderas talladas el techo de la ermita. Se oían los desgarradores gritos de los desgraciados a quienes el fuego hacía retorcerse de dolor, con el pelo envuelto en llamas, las ropas humeantes y la piel negruzca despegándose de la carne ensangrentada. Caían al suelo estremeciéndose palpitantes entre tizones encendidos, columnas doradas y tablas de los altares.

Andrés corrió como loco, intentando entrar en aquel infierno de destrucción. No tenía más que una idea: salvar a Mariana, o morir con ella. No pudo intentarlo: una bala francesa le penetró por la espalda y le dio de lleno en el corazón. Cayó de bruces al suelo, con los brazos abiertos y el rostro contraído de dolor. Un segundo más tarde, entre los últimos estertores de su rápida agonía, oyó el espantoso crujido del artesonado que se desplomaba ardiendo sobre el pavimento y sobre los pocos españoles que aún sobrevivían. También oyó, o creyó oír, una voz lejana y llorosa que lo llamaba. Después, su conciencia se sumergió en el silencio y en la sombra.

La ermita de San Sebastián estuvo ardiendo dos días seguidos. Los muros se derrumbaron para evitar accidentes. Se convirtió en un montón de ruinas abandonadas durante varios años. Los numerosos cadáveres calcinados quedaron sepultados bajo los escombros; los que yacían desparramados por los alrededores, fueron enterrados en una fosa común. Los franceses, poco después de la acción que hemos relatado, huyeron hacia sus tierras, desengañados de los rudos españoles que no aceptaban las nobles ideas de libertad y progreso que el emperador Napoleón les brindaba. España, y con ella Huéscar, fueron recuperándose poco a poco, muy lentamente, de la tormenta histórica que habían padecido. Don Clemente José Ortuño siguió diciendo misa diariamente en su iglesia de Santiago. Él y doña Josefa creyeron hasta el fin de sus días que Mariana y Andrés habían huido a donde nadie los conociera. Nunca recibieron noticias de ellos.

 


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