PARTE PRIMERA:

A LA SOMBRA DE DIOS

 

Y ME LLENÓ DE SUS DONES

Me cautivaste, Señor,

cuando a mi vera te vi.

Fijaste en mí tu mirada

y tímida pregunté:

- ¿Qué quieres, Jesús, de mí?

 

Y me dijiste muy quedo:

- Sígueme sin condiciones.

Te quiero para mí sólo.

En adelante serás

la esposa de mis amores.

 

- No es posible, mi Señor,

-respondí anonadada-,

indigna me siento yo,

cúmulo soy de miserias

y el alma tengo manchada.

 

Y tú me hablaste, Señor:

- No me importa ese pasado.

Si quieres seguirme a mí,

adelante, sé valiente,

mi sangre todo ha limpiado.

 

¡Oh, te bendigo, Señor,

por este don de tu gracia!

Predilección sin igual

la que has tenido conmigo

al complacerte en tu esclava.

 

Y POR ELLOS YO ME INMOLO

Al Sacerdote Supremo,

mi dilección, Jesucristo,

un holocausto le haré

en favor de los Ungidos.

 

Toma mi vida, Señor,

y consuma el sacrificio.

No es bien que yo me conserve

mientras peligran tus Cristos.

 

No lo difieras, Señor,

es una sed que me abrasa,

que tus Ungidos sean santos,

como lo exigen las almas.

 

¿Es que no te complace

mi paupérrimo holocausto?

Verdad es que soy miseria

y de pecados un cúmulo.

 

Pero Tú, que bien sondeas

el más oculto escondrijo,

sabes que arrepentida yo estoy

de pasado tan indigno.

 

Si estoy humillada así

y el corazón tengo contrito,

valor me diste al decir

que esto es grato sacrificio.

 

Dame sacerdotes santos

como el divino modelo,

de los que bien se confunden

con el dulce Nazareno.

 

No te pido que los saques

de este mundo de pecado,

sólo quiero que los libres

de su seductor contagio.

 

Que con locura divina

sólo piensen en amarte,

operando Tú en ellos

con tu gracia transformante.

 

Que rindan fidelidad

a la moción del Paráclito,

también al Vicario de Cristo

como al pastor diocesano.

 

Antorchas lucientes sean

para un mundo de tinieblas,

para siglos corruptibles

sal de verdad de la tierra.

 

Dignos ministros de Dios,

dispensadores de gracias,

intermediarios expertos

entre Yavé y las almas.

 

Que María Inmaculada,

como tierna y dulce madre,

les esquive los peligros

que pudieran acecharles.

 

Para que sean de verdad

lo que ambos deseamos

no vaciles en clavarme

ese misterioso dardo.

 

Exprime bien el racimo

de mi vida religiosa,

quiero ser vino de Misa,

desbordamiento de copa.

 

¡Dale a la rueda, Señor,

y muele pronto este trigo,

harina pura he de ser,

la oblata del Sacrificio!

 

¡Oh cuán feliz me siento

en mi entrega victimal!

Son satisfechos anhelos

de mi amor sacerdotal.

(1966)

 

YO SOY TODA DE LA IGLESIA

Siento una sed que me abrasa

y no acierto a discernir:

¿será el amor a la Iglesia

el que me consume así?

 

¡Oh mi santa Madre Iglesia!,

¿qué es lo que pides de mí?

Dime pronto lo que quieres,

que así no puedo vivir.

 

A este tu pequeño miembro

exígele cuanto quieras:

estoy dispuesta a sufrir

hasta perder la existencia.

 

Sé que esperas mi respuesta

de total afirmación.

Si es una madre quien pide,

¿cómo le diré que no?

 

Te quedé tan obligada

desde mi santo Bautismo

que sólo quiero gastarme

en tu maternal servicio.

 

¡Oh sí! Es el celo por las almas

el que así me va abrasando,

el deseo más vehemente

de la unión de los cristianos.

 

Para un miembro de la Iglesia

es un enorme tormento

querer salvar a los hombres

y no encontrar el remedio.

 

Quisiera poder sufrir

una pasión redentora

y atraer así a tu seno

la humanidad pecadora.

 

A Jesucristo, cabeza

de este tu místico Cuerpo,

dile que plasme en mi alma

estos fervientes deseos.

 

Que me lleve a aquel martirio

realizado a fuego lento,

en que no se vierte sangre,

pero que cala hasta dentro.

 

Ese martirio del alma,

que tortura y no da muerte,

gozosa lo sufriré

para poder complacerte.

 

Quisiera ser un apóstol

como fue Pablo de Tarso,

y anunciar el Evangelio

a las masas de paganos.

 

Mas nuestro Jefe Supremo

me ha legado otra misión:

ser savia para la Iglesia

por la constante oración.

 

Y para que sólo haya

un rebaño y un Pastor,

oración y sacrificio

será mi campo de acción.

 

Por la Iglesia y el Papado,

a quien amo con locura,

alegre me inmolaré

en mi vida de clausura.

 

Para agradecer de veras

el ser hija de la Iglesia,

incesante cantaré

la misericordia eterna.

 

Por la recitación ferviente

de la oración oficial

reverente alabaré

a los Tres en la Unidad.

 

Mi mayor felicidad

es ser hija de la Iglesia,

por eso quiero vivir

solamente para Ella.

(1966)

 

AL QUE ES VIDA DE MI VIDA

A Jesús Eucaristía,

el manjar por excelencia,

mi alma reconocida

contar quiere su grandeza.

 

La grandeza de tu amor,

que te llevó hasta el extremo

de quedarte acá en la tierra

para ser nuestro alimento.

 

¿Es que no hiciste bastante

por la humanidad caída?,

¿te pareció poca cosa

por nosotros dar la vida?

 

De Getsemaní al Calvario

vertiste toda tu sangre

y clavado en un madero

obraste nuestro rescate.

 

¿Qué locura de amor es ésta

que te llevó hasta el exceso

de quedarte con nosotros

para siempre prisionero?

 

Lo supremo del amor

¿no es morir por los amigos?

¿Dime, pues, que te movió

a quedarte aquí cautivo?

 

¡Ah, el amor que en ti ardía

por los hijos de los hombres

te constituyó alimento

de tus hermanos menores!

 

¡¡Gracias, mi dulce Jesús!!

Ya no me arredra el ser débil,

pues dejaré ya de serlo

comiendo el pan de los fuertes.

 

Cual cervatilla sedienta

que corre hacia el manantial,

así mi alma se llega

a la mesa del altar.

 

Saciada con plenitud

con este pan que es tu Cuerpo,

en Ti se transforma el alma

en virtud del sacramento.

 

¡Y qué hora tan dichosa

la de tan feliz encuentro!,

Cuando el alma se sumerge

en la sangre del Cordero.

 

Yo ya no tengo más vida

que la que vives Tú en mí,

por eso, si me abandonas,

¡ay!, ¿qué será de mí?

 

Un excesivo temor

a las veces se interpone,

dime: ¿es la repulsa que sientes

por la miseria que soy?

 

Aleja de mí el temor

que a Ti me impide llegar,

¿no ves que para el amor

esto es herida mortal?

 

Purifica mi conciencia

con la efusión de tu sangre,

así pura quedaré,

así te seré aceptable.

 

Calma pronto los ardores

de quien tu amor tiene herida,

no demores el unirte

a quien vive de tu Vida.

(1966)

 

FLORES Y MÁS FLORES A LA MADRE

A la Virgen Nazarena,

Inmaculada María,

decirle, pues, yo quisiera

lo que siente el alma mía.

 

Eres aurora radiante,

lucero de la mañana,

sol que calienta y alumbra,

luna, placidez y calma.

 

Tu frente serena y pura

ideales ennoblece.

El que en Ti piensa, María,

error no existe en su mente.

 

La diadema que circunda

tus sienes con gran primor

son estrellas plateadas

hechas por el mismo Dios.

 

Ojos bellos cual espejos

donde se miró el Señor,

donde se miran las almas

que tu hermosura hechizó.

 

Panal de miel es tu boca

que elaborara el Eterno,

dulzuras para amarguras

que nos legara el Averno.

 

Ese clavel carmesí

que en tu pecho va prendido

es el Amor hecho Hombre

en tu vientre concebido.

 

Una aureola celeste

adorna tu ser entero,

gloria del Sí que Tú diste

a la embajada del Cielo.

 

Ruega, Señora, por nos,

Madre de amor y de gracia,

oye el clamor de tus hijos

que buscan la nueva Patria.

 

CAMPANAS QUE SIEMPRE TOCAN A GLORIA

Fue un diecisiete de enero

que jamás olvidaré,

cuando estas dos campanitas

se encontraron otra vez.

 

¡Oh!, qué felices y dichosas

en su viejo monasterio

se sentían las campanitas

en sus vuelos hacia el cielo.

 

En su repicar constante

no tenían otro anhelo

que pregonar el amor

que las condujo al Convento.

 

Pero llegó otro día,

ya en su nuevo monasterio,

el veintitrés fue de octubre,

bien presente que lo tengo.

 

Una de estas campanitas,

por voluntad del Dios bueno,

hubo de ser trasladada

a lejano monasterio.

 

Separación triste,

una de ellas repetía,

mas la otra con valor

sin cesar le respondía.

 

Es Dios el que así lo quiere,

y aunque el corazón se rompa

nunca debemos negarnos

a lo que pida su gloria.

 

Y entre sollozos y lágrimas

se hizo la despedida.

Yo vine para Aracena,

porque así mi Dios quería.

 

Volveremos a encontrarnos

cuando cumpla mi misión,

para continuar la obra

que nos confiara el Señor.

 

Mientras tanto, repiquemos,

repiquemos sin cesar,

que todo el mundo conozca

nuestra gran felicidad.

 

La felicidad, hermanita,

que nos reporta la gracia,

la que nos hace gozar

la respuesta a la llamada.

Aracena, 10-noviembre-1966

 

DIOS SE MIRA EN MÍ

Di qué es lo que en mí te cautiva

que así, Señor, persigue tu celo.

¿Es el amor, por ventura, mi cielo,

por quien tu corazón así suspira?

 

Tu huella imprimiste en mi vida,

de tu gloria y luz soy el reflejo;

mi alma de tu faz es el espejo

y mis ojos lumbre son de tu pupila.

 

¿Cómo no he de cautivarte, Bien mío,

si en mí tu imagen reconoces,

esta obra que formaste del vacío?

 

Mi vida en retorno por tus dones,

fidelidad te he jurado sin desvío

y abrasada morir en tus amores.

 

AL CAUTIVO DE AMORES

Delante de la Hostia los ojos míos

absortos quedan ante el misterio

que a Dios pusiera en cautiverio,

recibiendo de los suyos mil desvíos.

 

¿Por qué, Señor, ideaste tal locura,

si los hombres ingratos no te pagan,

en olvido de Ti sus días pasan,

obrando contra sí su desventura?

 

¡Oh Pan de vida, yo te bendigo!

Yo te adoro, tu gloria ensalzo,

que eres mi dicha siempre te digo.

 

Manjar que bajaste de lo más alto

para hacernos uno contigo,

reconocida en amores ardo.

 

AL QUE OBRARÁ MI RESCATE

¿Quién te puso en esa cruz infame

tu cuerpo desnudo, llagado, Señor,

manos y pies clavados cual malhechor,

indefenso, en horrendo ultraje?

 

Tu corazón herido, palpitante

y abierto para todos al perdón,

los labios entreabiertos por el dolor

al cielo claman a cada instante.

 

¿Y aún permaneceré insensible

viendo a mi Hacedor padeciendo

por mí el tormento más terrible?

 

Cristo nos rescata así muriendo,

y lloran mis ojos, porque increíble

es que el hombre a Dios siga ofendiendo.

 

A LA HUMILDE NAZARENA

A ti, hermosa flor nazaretana,

en cuyos ojos el mismo Dios se mira;

porque eres humilde y escondida

llena de gracia el ángel te proclama.

 

Vengo a que me enseñes tus virtudes,

a vivir en oscuro anonimato,

a quedarme cual huerto bien cerrado,

libre ya de terrenas servidumbres.

 

Con el pincel de tu gracia, Señora,

perfila los rasgos de mi entrega:

el darse en silencio a cada hora.

 

Porque eres limpia y toda bella

mi vida entera en ti se goza,

siendo en la noche mi fiel estrella.

 

A YAVÉ CANTARÉ SIEMPRE

¿Qué interés pude ofrecerte, Señor,

para que en mí tus ojos fijaras,

y a mi puerta mil veces llamaras

ofreciéndome benigno tu perdón?

 

Aún no sabía balbucear tu nombre

y ya osé profanar tu Ley santa,

degradada con la monstruosa mancha,

¡trágica herencia del primer hombre!

 

Por la gran misericordia de Yavé,

que los cielos y tierra planifica,

de las garras del Maligno me salvé.

 

Mi alianza con el Fuerte significa

que Él me amó y yo lo amé;

porque quiso, mi alma magnifica.

 

AL MEJOR DE LOS GUZMANES VA MI HOMENAJE FILIAL

Tierra de hidalgos y santos

eres, Castilla la Vieja.

Burgos nos lo va a decir

en alegre caminar

a su villa, Caleruega.

 

De los Guzmanes y Azas

brotó el pimpollo Domingo,

el Duero arrulla su sueño

y su brisa reverente,

en un gesto de caricia,

un beso puso en su frente,

donde una estrella nacía.

 

Grande fue España en los siglos

por sus múltiples proezas,

victorias los pueblos cantan,

hazañas cuenta por miles,

conquistas su historia llenan.

 

Si lo dicho la hace grande,

se agiganta su grandeza

con el prodigioso niño

de la rutilante estrella.

 

Caleruega no es pequeña.

Un caudillo le ha nacido

que al pueblo de Dios guiará.

Luz ha venido a traer,

al orbe va a iluminar

con la antorcha de la fe.

 

Porque su celo lo abrasa

una hoguera va a fundar,

sus llamas alcanzarán

de su siglo hasta el postrer.

Ocho centurias brillando

aquella la estrella tuya

evocando por doquier

la egregia y genial figura

que al mundo entero irradió

con destellos de carisma.

A Italia y Francia llegó

combatiendo la herejía

y disipando el error.

 

Con un salterio de rosas

esmaltaste al mundo entero,

la Virgen te lo inspiró

para salvación del hombre

de las garras del traidor.

 

Al Rosario de María

tu nombre unido estará,

sus glorias serán las tuyas,

porque supiste el amor

de nuestra Madre cantar.

 

Aquí tienes a tus hijos,

prolongación de tu celo.

Por testimoniar a Cristo

ellos viven en pobreza,

persecución y desvelos.

 

Inmortalizan tu nombre

a la Verdad difundiendo,

polarizando tu estrella

sobre líneas de Evangelio

de luz a la Iglesia llenan.

 

A ti, Domingo, mi Padre,

cantarte yo bien quisiera

los requiebros más filiales

de mi amor hecho poema;

porque el corazón me vibra

y la garganta se quiebra

al decirte que mi orgullo

sólo en ti se hace realeza,

en ti mi gozo yo tengo

y tus glorias me enajenan.

Dos luceros son tus ojos

con mensaje de misterio,

a Dios revelan al hombre

porque en ellos Él se esconde

como en regalado cielo.

 

La guirnalda virginal

circunda tu limpia frente,

porque níveo en tu pureza

nunca el polvo osó tocar

y en testamento a tus hijos

rubricando morirás.

 


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