PARTE SEGUNDA:

MEDITACIÓN

 

ESCALANDO LAS ALTAS CUMBRES

Me encanta profundizar

en el fin de mi existencia,

pasar por la vida así,

sin prenderme a nada de ella.

 

No juzgo temeridad

aspirar a tal pureza,

formada como lo estoy

del polvillo de la tierra.

 

Soy materia corruptible

cuanto a la parte animal,

mas un espíritu vive en mí

que es del todo celestial.

 

Y aunque el estímulo, carne,

me sugiera hacer el mal,

la prontitud del espíritu

muralla fuerte me hará.

 

Con denuedo lucharé,

superaré los obstáculos,

ayudada por Aquel

que confortó siempre a Pablo.

 

¡Oh, sí!, me basta la gracia

para salir victoriosa;

por ello la cuidaré

cual la joya más preciosa.

 

¡Si comprendiesen los hombres

qué es el don de la gracia,

todo lo renunciarían

a trueque de conservarla!

 

A todas las cosas amo,

pues obra son de mi Dios,

mas este corazón mío

sólo lo llena el Creador.

 

Cual águila gigantesca

me remontaré a la altura

para poder ver a Dios

en desnudez de criaturas.

 

En aquella soledad

que sólo llena el Eterno

contemplaré anonadada

la inmensidad del misterio.

 

En esos raptos del alma

en que se priva el sentido,

arcanos de luz divina

me descubre el Infinito.

 

Para que Dios nos revele

estos sublimes misterios

hay que vaciarse de sí,

habituarse al gran silencio.

 

Que todo calle en nosotros,

lo exterior y lo interior,

es programa que se exige

al que quiera oír a Dios.

 

Y cuando el alma no tiene

más gusto ya que el de Dios,

entonces Él le revela

los designios de su amor.

 

¡Qué mundo tan prodigioso

es nuestro mundo interior!

Las maravillas más grandes

en él las obra el Señor.

 

No contravenir quiero

sus sapientísimos planes,

pero si es tu voluntad

¡sácame ya de esta cárcel!

 

Rompe, Señor, las cadenas

de este largo cautiverio,

que el no llegar a tu abrazo

es el martirio más fiero.

 

Que no se interponga nada

y me estorbe mi camino,

tengo prisa por llegar

donde mora el Infinito.

 

Sumergida en el misterio

de la Augusta Trinidad,

esta su pequeña imagen

se fundirá en la Unidad.

(1966)

 

EMULANDO A LA VIOLETA

Violeta, tu fragancia me sedujo,

me sedujo tu fragancia,

subió de punto el aroma

cuando te hollaron mis plantas.

 

Tu sencillez y humildad

cautivaron mis sentidos.

Comprendí estar llamada

a compartir tu destino.

 

Dime, ¿cómo se puede vivir

sin ser notada por nadie?,

¿qué misterio te sostiene

entre tu verde follaje?

 

¡Qué alegría hacer felices

a los que intentan pisarte,

cuando en retorno a la ofensa

el perfume tú exhales!

 

Enseguida intuí

de tu función en la tierra:

regalar tu suave olor,

aunque oculta permanezcas.

 

En la esconditez del claustro

así quiero hacerlo yo,

difundir olor de Cristo

por mi constante oblación.

 

¿Dónde sacaré la fuerza

para cumplir mi misión?

De la Palabra divina,

de la continua oración.

 

REFLEXIONANDO

Era un sábado nublado

y de fecha dos de abril.

Mientras limpiaba la celda,

curiosa miré al jardín.

 

Mas no fue curiosidad,

sino permisión de Dios,

pues a ella fue unida

una muy sabia lección.

 

Hay cuatro árboles de adorno

en el jardín del convento,

que hará como unos tres años

fueron plantados a un tiempo.

 

Y aunque mil veces los veo,

nunca jamás reparé en ello:

uno entre todos destaca

por su feliz crecimiento.

 

Otros dos corren parejos,

pero su desarrollo es más lento;

el otro es un fracaso:

está raquítico, macilento.

 

Entonces reflexioné

y me pregunté a mí misma:

¿correremos igual suerte

las almas aquí reunidas?

 

Entre las almas, Señor,

que Tú trasladaste al convento,

¿existirá esta diferencia

allá en lo oculto y secreto?

 

¿Será mi vida, Dios mío,

un verdadero fracaso,

un simulacro de monja,

una burla, un engaño?

 

Y reflexioné sobre ello

y volví a reflexionar,

pues la conciencia me acusa

de mucha inutilidad.

 

Me llena de espanto pensar

que mi vida religiosa

quede sin frutos y méritos

con relación a las otras.

 

¡Señor!, no permitas sea mi suerte

la de ese enfermizo árbol,

y si hasta ahora lo ha sido,

propongo firme enmendarla.

 

Reflexionar sobre ello

será mi constante obsesión,

pues con ello lograré

una gran meditación.

 

Si tengo sangre en mis venas

y amor en el corazón,

no me puedo permitir

tan deplorable abyección.

 

Ayúdame, Virgen santa,

a ser buena religiosa,

a ser fecunda en virtudes,

tanto como lo son las otras.

(1966)

 

DIME POR QUÉ ME PERSIGUES

¡Oh tú, a quien llamamos dolor,

tribulación o tortura!,

¿por qué te ensañas en mí,

obrando mi desventura?

 

Ya de día, ya de noche,

siempre me vas persiguiendo;

te has propuesto exterminarme

con martirio a fuego lento.

 

Con qué tiranía tan vil

estás logrando tu empresa.

Gózate, pues, en tu víctima,

que para mí no hay defensa.

 

Mátame ya de una vez

o pon fin a mi suplicio,

¿o piensas tenerme así

en perpetuo sacrificio?

 

Dime por qué me persigues

y qué fines te propones,

si es que soy reo de condena

puedes hacerme jirones.

 

¡Qué tristísima es la vida

en continua inmolación,

sin encontrar un remedio

para mi acerbo dolor!

 

¡Oh!, si en mi senda de martirio

encontrase algún consuelo,

este mi largo calvario

se me haría más ligero.

 

Mas aún debo esperar

contra la esperanza misma,

pues presiento no lejana

la aurora de un claro día.

 

¡Ay, sí!, que una voz queda

musita dentro del alma;

callaré, no haré ruido,

por si pudiese captarla.

 

¡Oh, qué secretos me revela

esta misteriosa voz,

me habla de lo sublime

que es padecer por amor!

 

El misterio de la Cruz,

vivido bien por las almas,

realiza grandes prodigios

en el orden de la gracia.

 

Como el oro en el crisol

se depura y aquilata,

igual opera el dolor

con relación a las almas.

 

Cuando sabemos sufrir

como Cristo en el madero,

nos hacemos sacrificio,

redención de muchos pueblos.

 

¿No son los miembros pacientes

los que en la Iglesia completan

lo que faltó a la Pasión

que sufrió nuestra cabeza?

 

Pues si tal es el valor

del sufrimiento ofrecido,

perdona, pues, el pasado

que tan mal he recibido.

 

En adelante seré

avara del sufrimiento

para fecundar con él

el divino ministerio.

 

¡Oh!, y cómo ha cambiado mi vida

con mi nuevo apostolado,

sufrir mucho, sufrir siempre

por la unión de los hermanos.

 

Cuando el dolor me visite

un fiat pronunciaré,

es por mi madre la Iglesia

por quien quiero padecer.

 

Y a ti, dolor venturoso,

que ideas tan altos fines,

¡gracias!, pues me has revelado

el porqué de perseguirme.

 

DE ALTURA A MÁS ALTURA

Me encanta el amanecer

contemplado en pura sierra,

pues me siento toda en Dios

y me olvido de la tierra.

 

¡Qué bien se respira el aire

en la cima de la sierra,

ese aire que da vida,

ese fresco que renueva...!

 

¡Qué bien simboliza el sol

cuando rompe las tinieblas

lo que realiza la gracia

en millones de conciencias!

 

¡Cómo habla el universo

de su supremo Hacedor!

Ese hablar se hará silencio

ante la obra de Dios.

 

Y mucho reflexioné

cuando el mundo Dios creara,

con cuánto amor lo hizo todo

para que el hombre gozara.

 

Mas este insensato hombre

quiso igualarse a su Dios,

dialogó con la serpiente

y su ponzoña bebió.

 

Y la humanidad caída

maldición terrible oyó,

desheredada de todo,

sólo gemirá en dolor.

 

Mas nuestro gran Padre Dios,

en ese su amor infinito,

¿no rescataría al hombre

de su monstruoso delito?

 

Sí, el Consejo Trinitario,

en sapientísimo acuerdo,

decretó la Encarnación

de su amadísimo Verbo.

 

Y las plantas que predijo

que aplastarían al dragón

serán los pies de la Virgen,

la Madre del Redentor.

 

Y fue en la plenitud de los tiempos

cuando vino el Salvador,

quedando cumplido todo

lo que el profeta anunció.

 

Y nació el Libertador

en gran pobreza y silencio,

pues llamó a su propia casa

mas los suyos no le abrieron.

 

En misérrimo portal,

indigno de todo humano,

nació el Cordero de Dios,

el que limpia los pecados.

 

¡Oh, y cómo venció las tinieblas

aquel refulgente sol,

las tinieblas de aflicciones

que te oprimían, Sión.

 

Y abismada en el misterio

que abrasa mi salvación,

¡me sentí tan confundida

que lloró mi corazón!

 

Lloré por esa locura

que sólo ideara Dios:

hacerse lo divino humano

por salvar al pecador.

 

Y sentí cómo en mi pecho

un gran fuego me abrasaba,

era el amor que agradece

la deuda ya condonada.

 

Todo esto consideraba

cuando tocó la campana;

sacrifiqué mi retiro,

pues la obediencia llamaba.

 

Mas todo lo contemplado

muy adentro se grabó,

y a las sierras de Aracena,

¡gracias por este favor!

Aracena, 7-octubre-1966

 

UNA ETAPA DE MI VIDA

Era una noche serena

y el firmamento lucía

todas las galas mejores

con que ataviarse podía.

 

Mas mi alma, sumergida

en las profundas tinieblas,

en vano clamaba al cielo

implorando su clemencia.

 

Y la tormenta arreciaba

y mi fe se conmovía;

abandonada ya estaba

y mi esperanza moría.

 

Dios me había castigado

al suplicio más horrendo:

nunca jamás amaría

al Autor del universo.

 

En medio de mi aflicción

volví los ojos al cielo

y atrevida pregunté

el porqué de mi tormento.

 

El cielo siguió insensible

a la voz de mi clamor:

¡era preciso sufrir

el abandono de Dios!

 

¿Era falsa la amistad

que nos tenía ligados?,

¿o qué culpa he cometido

que tu ausencia he motivado?

 

Camino sola y sin rumbo

por una senda escabrosa,

la que marcó el desamor

de Aquel que me tiene loca.

 

¿Dónde están aquellos goces

que en la oración yo sentía,

aquel fervor inefable

de su presencia divina?

 

Suspendida está mi alma

entre la altura y el suelo,

el desamparo de Dios

bravura tiene de infierno.

 

En vano corro y me aflijo

en busca del que me hirió,

es un enigma insondable

el que rompió nuestra unión.

 

Lloraba mi desventura

y volví la vista al cielo,

cuando estrella peregrina

en mi frente puso un beso.

 

Era la Estrella del mar,

que en la noche tenebrosa

ofrece su luz radiante

para alumbrar nuestras sombras.

 

- Es preciso que esto sufras,

-me musitó con cariño-,

son las pruebas de las almas

que las tornan como lirios.

 

- Nada manchado entrará

ante la faz del Eterno,

y porque acepta le eres

te visita el sufrimiento.

 

- Son las olas del dolor

como baños de pureza.

¡Qué limpias salen las almas

que se sumergen en ellas!

 

- No te sientas nunca sola,

acude siempre a tu Madre,

es mi función consolar

las penas de los mortales.

 

- Rema sin miedo hacia dentro

y no temas la borrasca,

que complacido te espera

el que su ausencia te mata.

26-julio-1967

 

MI VIDA EN EL CLAUSTRO

Somos parcela escogida

al servicio de Dios y la Iglesia,

nuestra vida escondida entre rejas

testimonio de Cristo ante el mundo dará.

 

Como faro radiante en noche sin luna

así el monasterio de Madre de Dios

rasgará las tinieblas de mil errores

en que los pecadores sumidos están.

 

Salmodiar a Yhavé, nuestro Dios,

en nombre de Israel, su pueblo santo,

es la dicha que en el claustro goza

la contemplativa que de la Liturgia se sabe nutrir.

 

En mi monasterio, monte de oración,

constantes plegarias se elevan a Dios;

cada religiosa, cual otro Moisés,

para el mundo impetran gracias y perdón.

 

Oración y trabajo es nuestra vida,

transmitiendo a las almas savia divina,

y aunque el mundo zahiera nuestra labor

no nos importa su incomprensión.

 

Seguir a Cristo hasta el Calvario, hasta el madero

con tal que al mundo salvar logremos,

y para ello nuestra oblación

será incesante en el silencio de esta mansión.

 

LA VIDA CONTEMPLATIVA, CORAZÓN DE LA IGLESIA

Fui aprisionada por Cristo

en pro de sublime causa:

servir a Dios y a la Iglesia

con mi puesto en la clausura.

 

Venturoso fue aquel día

en que por mar y por tierra

fui rompiendo viejas redes

para hacerme prisionera.

 

Cautiverio de amor es

este santo monasterio.

¡Oh, cuán felices se sienten

las que en sus redes cayeron!

 

¡Qué cadenas tan preciosas

las que me tienen ligada,

eslabones son de oro

los votos que me consagran!

 

Sin estridencias ningunas,

en oscuro anonimato

se ejerce sobre la Iglesia

un fecundo apostolado.

 

Pudrimiento allá en el surco

de una vida en lo escondido,

resurgir de gracias es

para las almas en Cristo.

 

En el ara del altar

de mi vida religiosa

un perenne sacrificio

del cielo favor implora.

 

Apostolado sublime

en la vida de la Iglesia,

la corriente subterránea

que los ojos no contemplan.

 

Sólo la gracia divina,

el sentido de lo santo

dejará de zaherir

la labor en lo callado.

 

La incomprensión de los hombres

nada me arredra por tanto.

¿No fue el Maestro divino

el primero en alabarlo?

 

Contemplativa es el alma

de los altos ideales,

ofrecerse en holocausto

por salvar a los mortales.

 

Si el mejor apostolado

es un alma deificada,

cuanto más me abisme en Él

más vida tendrán las almas.

 

Si supieran los activos

que la gracia es la que mueve,

no se arrogarían poderes

que a la oración pertenecen.

 

Apostolados ruidosos

de aparentes esperanzas,

que la oración no informó

y que los vientos arrastran.

 

Desorbitado activismo

que al mundo quiere salvar,

no te alucines, por tanto,

a la oración vuelve ya.

 

¡Gracias, Señor, por tus dones,

por la misión confiada,

ser oblación en el monte,

ser redención de las almas!

 

Perdón, Señor, si te ofendo

al sentirme tan mimada,

mas ¿no procede de Ti

todo don y toda gracia?

 

Me entresacaste del mundo,

siendo miseria y pecado,

y me trajiste a tu casa

a salmodiar en tus atrios.

 

Porque pusiste tus ojos

en mi extrema pequeñez

mi boca no cesará

de cantarte a Ti, Yavé.

 

Dichosas somos, Señor,

las que en tu casa moramos,

porque en la paz de tu gozo

para siempre te alabamos.

 

Quiero arrancarte una gracia

en favor de los activos:

que los transformes en Ti,

si es que trabajan contigo.

 

Para las almas que en fe

viven perpetuo ofertorio,

te pido fidelidad,

darse siempre por el Todo.

 

Sigo firme mi carrera

por ver si consigo aquello

para que fui aprisionada

por el divino Hechicero.

 

QUIERO EN TU AMOR ABRASARME

Al Sumo Bien infinito,

en quien vivimos y somos,

esta obrita que Él hiciera

su cariño da en retorno.

 

Chispita de fuego soy

desprendida de la Hoguera,

fúndeme pronto en tu llama,

que sola muero en la tierra.

 

Consume la escoria mía

en la fuerza de tu incendio,

quiero un alma toda nívea,

gozo y paz en lo secreto.

 

Dame pronto un corazón

con potencia a tus ardores,

el amor no sufre espera

y el que tengo se me rompe.

 

Tú que las almas sondeas,

dime pronto, por favor,

¿son tragedias para todos

las locuras de tu amor?

 

Obsesión de mi existencia,

abismarme en el misterio,

la Trinidad en mi vida

todo mi ser invadiendo.

 

Perdida en la inmensidad

del gran Día sin ocaso,

contemplaré jubilosa

la herencia que me ha tocado.

 

Brota un canto de mis labios,

mas el alma es la que entona.

Mi misión será por siempre

ser tu alabanza de gloria.

 

EL AMOR ME ARREBATÓ

Fijaste en mí tu mirada

y en ella quedé prendida.

En las pupilas de Dios

una imagen va esculpida:

es la obrita de su amor

que su aliento puso vida.

Contemplo la creación

con llama de luz divina;

en la infinitud del ser

saltando voy por colinas;

buscarlo fuera quisiera,

mas en Él estoy metida.

Aunque el cosmos se estremezca,

nada teme esta avecilla,

dominaré los planetas,

sus satélites se inclinan;

las estrellas, juguetonas,

danzarán ante su vista.

 

Surcaré mares y ríos

sin temer a la borrasca.

El que en sus ojos me lleva

ése es señor de la calma:

él amansa el oleaje

al paso que nunca pasa.

 

Hasta el confín de la tierra

llegaré con un mensaje:

amar a Dios y a los hombres.

Mandamiento inexcusable,

se salvará quien lo cumpla,

bendito será del Padre.

 

Avecilla soñadora

con alturas no escaladas,

tus sueños se realizaron

cuando menos sospechabas,

el día en que tu Hacedor

fijar quiso su mirada.

 

En altura o en llanura,

abísmate en el misterio:

la Trinidad en tu vida

todo tu ser invadiendo,

participando ya aquí

del "Lumen Gloriae" del cielo.

 


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