PARTE CUARTA:

PRESENTES EN EL RECUERDO
 


ESTAMPANDO UNA MEMORIA

Noviembre y ochenta y ocho,

ladrones de una riqueza,

fue la mañana del trece

la que obrara la tragedia.

 

Herrero Galdón, Don Luis,

tu memoria es ya bendita;

fuiste padre de los pobres,

también de las Dominicas.

 

Tu mano, tendida a todos,

inmortaliza tu nombre;

el bien que hiciste perdura,

capitán de bienhechores.

 

Desde la Santa Morada

no te olvides de la tierra;

a los tuyos míranos,

lloramos siempre tu ausencia.

 

Nuestra oración en común

a Dios ferviente se eleva,

es la plegaria retorno

por el bien que nos hicieras.

 

Como a siervo bueno y fiel

Cristo te dijo muy quedo:

¡entra en el gozo del Padre,

en la paz y abrazo eterno!

(14-noviembre-1988)

 

SIEMPRE REMEMORANDO

El camposanto de Huéscar

se ha trocado en alegría,

porque mora en su recinto

el cura Carrasco Díaz.

 

Sin salir de mi convento

lo contemplo hora a hora:

eso no es un cementerio,

es un pedazo de gloria.

 

Orgullosos los cipreses,

a erguirse van a la altura,

felices de ser vigías

del que duerme en su espesura.

 

El sol inclina sus rayos

hasta encontrar su reflejo:

así sucedió el prodigio.

¡Don Juan, el sol de aquel cielo!

 

¡Cómo me extasío mirando

aquel lugar de silencio!

Es la mansión de la espera...

¡¡Resucitaréis, hermanos,

y volveremos a vernos!!

(20-marzo-1988)

 

A M. MARÍA ARRÉS, DE SANTA MEMORIA

Se consumió hasta el final

la pequeña lamparilla,

ardió por Cristo y la Iglesia

en oblación escondida.

 

Amó al Señor con locura,

a la Virgen con delirio,

el rosario entre sus dedos

siempre lo tuvo prendido.

 

Carisma dominicano

el corazón rebosaba,

un fuego la consumía:

la salvación de las almas.

 

En sencillo magisterio

dominicas tú formabas,

tu virtud nos seducía

y ella sola transformaba.

 

¡Tuve la suerte de ser

del grupo de aquellas siete!

Hubo santas entre ellas,

corona ya de tus sienes.

 

Homenaje de cariño

te tributa esta monjilla.

Siempre estará en mi memoria

tu testimonio de vida.

 

A LA MEMORIA DE UN AMIGO (D. Juan Carrasco Díaz)

Hubo un sacerdote santo,

Juan Carrasco se llamó,

honor y gloria de Huéscar,

de Galera do nació.

 

Mensaje de caridad,

de prudencia y simpatía,

es lo que diste a raudales

en tu paso por la vida.

 

Cuando el ejemplo precede,

elocuente es la palabra;

el Evangelio en tus labios

a las almas cautivaba.

 

Tu recuerdo para siempre

esculpido quedará,

nuestro corazón y mente

tu memoria ocupará.

 

En Año Santo Mariano

se transformó tu existencia.

No te olvides de los pobres

que comieron a tu mesa.

(26-febrero-1988)

 

RAMILLETE DE RECUERDOS (A D. Juan Carrasco Díaz)

A tu marcha, buen amigo,

las sombras todo oscurecen,

un gran vacío se nota,

la alegría ya es ausente.

 

¿Por qué te fuiste, hermano,

y nos dejaste tan tristes?

Tu voz timbrada no se oye,

tu rostro amable escondiste.

 

Siempre tuve gran estima

del sacerdote Carrasco,

digno ministro de Cristo,

de simpatía desbordando.

 

¡Cuántos recuerdos dejaste

en este nuestro convento!

Eucaristías compartidas

en intimidad de cielo.

 

Impresionante silencio

de noches de Navidad,

¡qué bien se vivía así

el misterio sin igual!

 

Vigilia Pascual solemne

como nunca las habrá.

Esa gracia sólo tuya,

¿quién volverá a verla ya?

 

Fiesta de Juan el Bautista,

cuyo nombre tú llevabas;

nuestro recuerdo más vivo

y la ferviente plegaria.

 

Felicidad deseamos

en la vida que no acaba.

En retorno suplicamos:

no nos niegues tu mirada.

 

A UNA MEMORIA BENDITA

(D. José María Sánchez Arias, + 28-agosto-1969)

Al siervo prudente y fiel,

a quien Dios halló velando,

ya en la mitad de la noche,

ya en la mitad de sus años.

 

Agosto y sesenta y nueve,

ladrones de una riqueza,

¡madrugada del veintiocho,

tú fuiste la traicionera!

 

Como rosa deshojada

por el fuerte vendaval,

esparciendo por doquier

aromas de santidad.

 

Dinos antes que te alejes,

¿por qué nos dejas, hermano,

en este mar borrascoso

contra corriente remando?

 

No te olvides de nosotros,

peregrinos desterrados,

que es dura la travesía.

Tú la patria ya has logrado.

 

Desde la altura infinita

mira a tus padres y hermanos,

ellos siguen en el suelo

tu ausencia siempre llorando.

 

Ya en la patria prometida,

gozando siempre de Dios,

míranos, José María,

háblale de mí al Señor.

 

Falange de almas veo

rescatados con tu precio.

Millares son sacerdotes,

de grandes luchas vinieron.

 

Has pasado por la tierra

sin que el lodo te tocara.

¡Oh, qué santo sacerdote

inmortaliza a su patria!

 

Con tu sonrisa ocultaste

lo acerbo de tu dolor;

avaro del sufrimiento,

eres otro redentor.

 

Mil novecientos cincuenta.

Nuestras almas se encontraron.

Mi oración hacía violencia,

volverías al Seminario.

 

Fraternidad espiritual

que nunca se vio extinguida.

Te quería con delirio,

igual que a mi propia vida.

 

Que los lazos fraternales

de aquel mutuo compromiso

no los rompa, no, la muerte,

los estreche el Infinito.

 

Glorias del cincuenta y ocho,

cuando al altar tú subías

a ofrecer el sacrificio,

el primero de tu vida.

 

Aquel primer ofertorio

se hizo pronto realidad:

Cristo rubricó en tu pecho

sacrificio victimal.

 

Han transcurrido los años

y el estigma fue calando,

y tu morada terrena

en cielo se fue trocando.

 

Ante el mundo material

tu muerte será un fracaso,

mas en orden a las almas

tu día no tiene ocaso.

 

Has sido la flor serrana

con aromas de romero.

Venta Quemada sabrá

lo que a tu marcha perdieron.

 

El apóstol abnegado

que misionó en Argentina,

el que a los pies del Sagrario

pasara largas vigilias.

 

El sacerdote ideal

que el mismo Dios eligiera,

reparación apremiante

en la vida de la Iglesia.

 

Escalaste las alturas

por medio del gran dolor.

Sufrir es amar, hermano.

¡Oh qué bello galardón!

 

Bendita ya tu memoria,

cante Huéscar tu loor,

la Iglesia entera proclame

al ungido del Señor.

 

Dejaste tu vida entera

en jirones de dolor,

la corriente subterránea

de otro Cristo que murió.

 

En el dolor aprendiste

el arte de hacer prodigios,

con profusión transmitiste

a las almas beneficios.

 

Has completado en tu carne

lo que faltó a la Pasión:

agonía interminable

de las almas salvación.

 

Inclinado ante el paciente,

Cristo pudo susurrar:

"Este es mi cuerpo, comed;

por vosotros morirá".

 

En el lecho del dolor,

ara de su sacrificio,

una bandera se alza,

victoria de un elegido.

D. José María Sánchez Arias
 

POR UN DEBER DE JUSTICIA

Venerable hermana mía

Ascensión de San José,

mártir por Cristo elegida

por odio sólo a la fe.

 

Humilde, sencilla y pobre

viviste tu vida entera

y así tu cuerpo inmolaste,

con sangre rubricó la ofrenda.

 

Déjame que mi plegaria

llegue a tu santa presencia,

por tu magnífico ejemplo

quiero honrarte por tu entrega.

 

Religiosa sin laureles,

ignorante y docta a un tiempo,

pues supiste dar tu vida

en aras del sufrimiento.

 

Santificaste este claustro

con tus variadas virtudes

y te fuiste preparando

para subir a la cumbre.

 

Honor eres de la Iglesia,

de Domingo y de su Orden,

de Huéscar y tu convento

y cuantos invocan tu nombre.

 

Ruega por tu monasterio,

por tu pueblo y la parroquia,

por España y por el mundo,

pues tu muerte es bienhechora.

(Agosto de 2003)

Sor San José Sánchez, mártir de Cristo


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