LA VIRGEN DE LA SIERRA


Gonzalo Pulido Castillo

A Mari Tere y Belén

Allá por el lejano año de 1666, vivía en Huéscar una familia muy humilde y llena de necesidades. El padre había muerto despeñado por entre los escarpados riscos de la sierra una helada noche de tormenta, mientras vigilaba al aterido rebaño. Aquel desgraciado accidente había sumido a la viuda y a los siete hijos en la más profunda miseria. Aunque los buenos vecinos, que algunas veces los hay, ayudaban a los pobres huérfanos, la vida era tan difícil para todo el mundo que poco podían hacer por ellos. La noche que tenían un mendrugo de pan para repartírselo entre los ocho era una noche privilegiada. El hambre, el frío y la tristeza eran los compañeros habituales de aquella familia sin fortuna.

El mayor de los hijos, que aún no había cumplido los quince años, y que respondía al nombre de Jusepe, se dedicó al viejo e ingrato oficio de pastor. El coro de un centenar de ovejas balando en el corral lo despertaba cada madrugada. Y medio dormido aún marchaba con ellas al campo, hasta que la oscuridad de la noche lo devolvía a su hogar. Poco provecho sacaba de cuidar aquellos animales, porque el sueldo que le pagaba el señor era escaso, pero al menos contribuía para que su madre y sus hermanillos no tuvieran que mendigar. Entre unas cosas y otras podían hacer una comida al día. Otros había más desgraciados y más pobres, pensaba el muchacho, y se sentía feliz de saberse el sostén familiar.

Un día del mes de mayo, como otras muchas veces, llevó su rebaño por la ladera oeste de la sierra de Marmolance y ascendió hasta la cima. Desde aquel lugar se divisaba un paisaje impresionante. El mirador rocoso y cortado a pico le hacía sentir vértigo. A su izquierda se alzaban las montañas cubiertas de bosques, hasta hacía poco cubiertas de nieve. Abajo se veían los verdes campos, las colinas cubiertas de esparto, el valle abierto hacia el frente y hacia el sur. Huéscar parecía un minúsculo grupo de casas allá en el fondo, ante la Sierra de la Encantada. ¡Era bonito el mundo desde aquella altura!

Cerca ya del mediodía sintió hambre. Y, sentado en una roca, comió el exiguo almuerzo que su madre le había preparado. Corría una agradable brisa primaveral que de vez en cuando le traía ecos de las campanas de las iglesias y de los conventos de Huéscar. Después de comer, mientras las ovejas triscaban por los alrededores, sintió sueño y se durmió, la dura roca por lecho y su zurrón por almohada.

Soñó que dormía. Veía a sus ovejas pastando cerca de él, sobre el repecho de la montaña. De pronto notó cerca unos pasos, unos pasos suaves, pero que a sus finos oídos de pastor fueron suficientes para despertarlo. Abrió los ojos. Frente a él vio a una mujer que lo miraba con ternura. Le pareció muy hermosa. No le extrañó verla sobre aquellas cumbres inhóspitas, porque la lógica de los sueños no tiene nada que ver con la de la realidad. Mientras uno está soñando no se preguntan motivos ni razones. Y el pastorcillo estaba soñando.

Vio cómo aquella mujer, cuyas refulgentes vestiduras parecían flotar en el aire de la tarde, echaba a andar lentamente sobre la cresta de la montaña. A través de su cuerpo luminoso podían verse las nubes que surcaban apacibles el intenso azul del cielo. ¡No era un ser humano! Su carne era transparente como un cristal; aunque sus pies descalzos caminaban por entre las breñas y los matorrales, no pisaba el suelo, flotaba sobre él; y las ovejas que encontraba en su camino se iban apartando reverentes y sumisas para dejarla pasar. Al llegar a unos arbustos se volvió lentamente, esbozó una leve sonrisa y desapareció.

Jusepe despertó sobresaltado. Algo húmedo y tibio rozaba su mejilla. Una oveja, más cariñosa que las demás, lamía con su lengua la cara del chiquillo. El sol brillaba aún cerca del horizonte. Apartó al afectuoso animal y se restregó los ojos, asombrado de haber dormido tan profundamente. De pronto recordó el sueño que había tenido y sonrió escéptico. Pero al mirar al rebaño se dio cuenta que las ovejas habían abierto un sendero entre ellas, como si alguien las hubiera apartado un momento antes para pasar. Y al fondo se alzaba el arbusto donde la señora había desaparecido. Como en el sueño.

Sintió miedo, ese miedo a lo desconocido, a lo sobrenatural, que nos acobarda sin que sepamos la razón. Bajó apresuradamente de Marmolance, haciendo que los perros metieran prisa al lento rebaño, y recorrió sin descansar la legua larga de camino que lo separaba del pueblo, a donde llegó bien anochecido ya, con la luna asomada a las calles desiertas.

Aquella noche no pudo dormir con la tranquilidad de otras veces. Estaba demasiado excitado como para poder conciliar el sueño que necesitaba su cuerpo fatigado. Por su mente pasaron una y otra vez, en sucesión obsesiva, los detalles que recordaba: aquella mujer etérea, su tierna mirada, su misterioso andar, su repentina desaparición. Estaba deseando regresar a Marmolance para comprobar lo que había de imaginación y de realidad en aquel asunto.

Y cuando el primer canto del gallo llegó a sus oídos, se levantó en silencio y, como cada madrugada, salió de casa sin despertar a su madre ni a sus seis hermanillos que seguían durmiendo plácidamente en sus jergones de paja.

Llegó a la cima de Marmolance. Junto a los arbustos por donde desapareció la señora manaba ahora una pequeña fuente de agua clarísima que corría hasta perderse ladera abajo. Tocó con su mano el agua cristalina: estaba muy fresca. El día anterior no existía allí ninguna fuente. Jusepe estaba seguro de ello. ¡Era un milagro! Y por primera vez se abrió en su mente la idea de que lo que le sucedió no lo había soñado, que había sido realidad. Miró al cielo suplicando una respuesta. Pero la tarde guardaba silencio. Corría una ligera brisa, la eterna brisa de las cumbres. Y las nubes, las blancas nubes, recorrían lentamente la lejanía, como ayer, como siempre.

Sus agitados pensamientos fueron interrumpidos por los ladridos de uno de sus perros. El animal estaba asustado y, con las patas clavadas en el suelo, parecía llamar a su amo para que acudiera. El joven pastor parecía atreverse con todo. Fuese lo que fuese lo que hubiera allí, quería saberlo, quería conocer hasta el final lo que estaba sucediendo.

A unos pocos pasos de la fuente la tierra estaba removida. Alguien había abierto un agujero y después lo había tapado. Poseído de una excitación febril, empezó a arañar el suelo. Imaginaba que allí había algo importante. No sabía qué podía ser. Pero el corazón le latía con tal intensidad que le parecía que su sonido retumbaba por toda la sierra y por todo el valle. El perro, envalentonado y fanfarrón ante la presencia de su amo, le ayudaba a abrir el hoyo y a lanzar fuera la tierra. Las cachazudas ovejas alzaban de vez en cuando la cabeza y lo miraban con ojos burlones.

Al fin las manos de Jusepe tocaron algo entre la tierra y las piedras. Y poco a poco, con infinito cuidado, fue apareciendo una maravillosa imagen de la Virgen Santísima que alguien había enterrado en aquel lugar solitario. Era una imagen, no muy grande, de madera. María sostenía al divino Niño en sus brazos maternales. La delicada línea del rostro encerraba una expresión amorosa inolvidable. A Jusepe le dio un vuelco el corazón. ¡Aquella expresión era la misma que había observado en la Señora de su sueño! ¡Se le había aparecido en sueños la Virgen María!

Lavó la imagen con agua de aquella fuente tan milagrosamente nacida y, loco de contento, se marchó con ella por la sierra abajo y campo adelante hasta llegar a Huéscar. Su madre le miró preocupada:

- Hijo mío, ¿por qué regresas tan temprano? ¿Te ha pasado algo?

- Nada, madre. He encontrado esta imagen de la Virgen Santísima. Mírala qué hermosa es.

Y en un santiamén relató a su madre todo tal y como había sucedido, sin omitir ni un detalle del sueño, de la aparición del manantial y del hallazgo de la imagen. Asustada la pobre mujer por si alguien denunciaba a su hijo por apropiarse de lo que no era suyo, se apresuró a contar el asunto al cura, quien, prudentemente, no se atrevió a declarar el carácter milagroso de lo acontecido sin efectuar algunas comprobaciones. Días después subió a Marmolance una comisión de eclesiásticos, regidores del Concejo y miembros de la Justicia, acompañados por un escribano que certificó que donde días antes no había más que piedras resecas y matas de esparto brotaba una fuente de aguas claras. Para aquellos hombres creyentes no hacían falta más averiguaciones: Nuestra Señora había elegido la sierra de Marmolance para que allí se le rindiera culto. Y se había valido de Jusepe, el pastorcillo, para expresar su voluntad, a la que nadie debería oponerse.

En los pueblos pequeños, y también en los grandes, las noticias corren como la pólvora. Al regresar la comisión de la sierra, el gentío se amontonaba por las cercanías del convento de san Francisco y por la puerta de la iglesia de Santa María. Reunidos los clérigos y los munícipes ante el vicario y el alcalde, manifestaron solemnemente que, según su leal saber y entender, la Reina de los cielos había favorecido a Huéscar con la milagrosa aparición de una imagen suya para que se ofreciera veneración y culto a través de los siglos y de las generaciones.

No necesitó más el devotísimo pueblo oscense para lanzarse a la construcción de una ermita en la cima misma de la sierra de Marmolance, junto a la prodigiosa fuente. Se pidieron al arzobispo de Toledo los permisos reglamentarios, que, dada la evidencia del hecho, fueron concedidos con toda celeridad. Mientras tanto, la imagen de Nuestra Señora fue colocada provisionalmente en la ermita de la Victoria, cerca del convento de los Padres Dominicos. Y cuando el edificio estuvo terminado, fue trasladada en romería, acompañada por el pueblo y las autoridades, a su nueva casa, para presidir y bendecir desde allí los campos, los valles y las montañas, y para proteger a campesinos y pastores que la invocan con suma devoción en sus oraciones.

El afortunado pastorcillo se sintió un hombre importante. Para sus vecinos ya no era "Jusepillo Egea", sino "Jusepe el de la Virgen". En su corazón adolescente daba gracias a la Madre de Dios por haberlo señalado para ser testigo de aquel prodigio memorable. Y ya sus hermanillos y su madre no pasarían más necesidades, porque los señores pudientes se desvivían en ayudar a la familia de quien la Virgen había distinguido de modo tan explícito.

Años después Jusepe se convirtió en santero de la ermita. Pasaba horas enteras contemplando el agraciado rostro de la Virgen, de su Virgen, porque era más de él que de cualquier otro. Allí, en la soledad de la cima de Marmolance, frente al dilatado paisaje oscense, tan cerca del cielo que casi podía tocarlo con los dedos, Jusepe fue feliz.

Murió joven y fue enterrado en la ermita, bajo el altar de la Virgen, que parecía mirar amorosamente la pobre sepultura sin nombre ni fecha. Años después, durante una tormenta, cayó un rayo en la espadaña y destrozó el tejado y parte de los muros. Se construyó otra ermita al pie de la sierra y aquella fue abandonada. La lluvia y el viento acabaron por derrumbar lo que quedaba en pie. Y poco a poco la antigua ermita se fue convirtiendo en un recuerdo del pasado. Pero cerca de sus ruinas aún sigue manando la fuente, para que nadie olvide nunca el milagro de la Virgen de la Sierra.


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